Borges frente al diccionario de Milei

Ago 25, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Ayer, 24 de agosto, se cumplieron 127 años del nacimiento de Jorge Luis Borges. Tal vez por alguna de esas ironías que tanto le gustaban, nació en un país que terminaría convirtiendo el lenguaje político en una sucesión de gritos, insultos, apodos y enemigos.

Borges desconfiaba de casi todo. De los nacionalismos, de las multitudes, de los dogmas, de los gobiernos y probablemente también de quienes necesitan levantar demasiado la voz para demostrar que tienen razón. No sé qué habría pensado de Javier Milei. Sospecho que habría observado el fenómeno con esa mezcla de curiosidad y distancia con la que examinaba los espejos, los peronistas y el infinito.

Quizás habría empezado por el lenguaje.

Porque un presidente también gobierna con palabras. Y las palabras, aunque parezcan gratuitas, terminan costando.

Milei ha construido un diccionario presidencial bastante particular. Periodistas convertidos en “ensobrados”, adversarios transformados en “kukas”, críticos degradados a “basuras”, “lacras” o “sicarios con micrófono”. No son episodios aislados. Distintos relevamientos contabilizaron más de mil insultos y descalificaciones durante los primeros catorce meses de gobierno, mientras informes posteriores registraron miles de publicaciones con expresiones insultantes, despectivas o estigmatizantes desde la cuenta presidencial en X.

La estadística resulta casi borgeana.

Un hombre puede escribir un libro. Otro puede construir una biblioteca. Milei parece empeñado en construir una enciclopedia del agravio.

El problema no consiste en que diga malas palabras. Los argentinos hemos sobrevivido perfectamente a ellas y hasta hemos contribuido generosamente al patrimonio universal de la puteada. El problema aparece cuando el insulto deja de ser una excentricidad y se transforma en método político.

En la apertura de sesiones del Congreso de este año se contabilizaron 56 insultos o descalificaciones, aproximadamente uno cada cien segundos. Uno imagina a Borges escuchando desde algún rincón de la Biblioteca Nacional, acomodándose el bastón y preguntándose si aquello era un discurso presidencial o la edición comentada de una pelea de barrio.

Hay algo todavía más curioso.

Milei se presenta como enemigo de la casta, pero en materia lingüística practica una costumbre antiquísima del poder. Reducir al adversario hasta convertirlo en una palabra.

Ya no hay alguien que piensa distinto. Hay un kuka.

Ya no existe un periodista que investiga. Hay un ensobrado.

Ya no aparece un economista que cuestiona. Hay un mandril, un ignorante o alguna criatura zoológica todavía pendiente de clasificación.

Es práctico.

Un insulto ahorra explicaciones. No necesita estadísticas, argumentos ni demostraciones. Basta arrojarlo y esperar que las redes sociales hagan el resto. La descalificación tiene además una ventaja extraordinaria para cualquier gobernante; transforma una discusión sobre sus actos en una discusión sobre quienes se atreven a discutirlos.

Borges probablemente habría apreciado la economía verbal, aunque no necesariamente el resultado.

Porque Borges sabía algo que nuestra política parece haber olvidado. Las palabras crean mundos.

Pero quizás el cuento suyo que mejor explica nuestra política sea otro.

El libro de arena.

Borges imaginó allí un volumen monstruoso cuyas páginas parecían infinitas. No tenía principio ni final. Cada vez que su propietario intentaba regresar a una página ya leída descubría que era prácticamente imposible encontrarla nuevamente. El libro desafiaba cualquier intento de orden.

A veces sospecho que Borges no había escrito solamente un cuento fantástico.

Había escrito la historia política argentina.

Nuestro libro también parece infinito. Pasamos una página y aparece Perón. Pasamos otra y encontramos a los antiperonistas. Seguimos avanzando y llegan los militares, Alfonsín, Menem, De la Rúa, los Kirchner, Macri, Alberto Fernández y finalmente Javier Milei. Cambian los personajes, las consignas, los colores y los enemigos, pero permanece esa incómoda sensación de estar leyendo variaciones de capítulos anteriores.

Cada gobierno asegura haber encontrado la página definitiva.

Nunca ocurre.

Milei prometió comenzar un libro completamente nuevo. La casta quedaría atrás, la vieja política desaparecería y Argentina entraría finalmente en otra historia. Sin embargo, existe una paradoja que Borges probablemente habría disfrutado. El hombre que llegó para terminar con las formas de la vieja política terminó recuperando una de sus tradiciones más antiguas, convertir al adversario en enemigo.

Antes fueron “gorilas”, “vendepatrias”, “oligarcas”, “cipayos”, “zurdos”, “fachos” o “destituyentes”.

Ahora tenemos “kukas”, “ensobrados”, “mandriles”, “ratas” y “basuras”.

Cambió el diccionario.

El mecanismo sobrevivió.

Y eso es bastante argentino. Cambiamos presidentes, partidos, monedas, ministerios, planes económicos, nombres de coaliciones y hasta la cantidad de ceros de los billetes. Lo que rara vez conseguimos cambiar es nuestra extraordinaria habilidad para considerar moralmente defectuoso a cualquiera que piense distinto.

Ese quizá sea nuestro verdadero Libro de arena. Cada generación política cree estar escribiendo la primera página y, sin darse cuenta, vuelve a escribir alguna de las anteriores.

En Argentina hasta la revolución suele ser una reimpresión.

Y allí aparece la contradicción más interesante del lenguaje presidencial. Milei exige excelencia económica mientras practica, demasiadas veces, indigencia lingüística. Habla de Occidente, de Hayek, Mises, Rothbard y de las grandes batallas intelectuales de la humanidad, pero con frecuencia la discusión política termina reducida a “kuka”, “ensobrado”, “rata” o “basura”.

Hay que reconocer que el viaje intelectual es extraordinario.

Uno comienza en la Escuela Austríaca y termina en una puteada de Twitter.

Es como entrar en la Biblioteca de Babel buscando un tratado de filosofía política y descubrir que alguien reemplazó todos los libros por comentarios de X.

Borges habría encontrado allí otro cuento.

Quizás imaginaría una república gobernada por un hombre que posee un diccionario infinito. Cada vez que alguien lo contradice, abre el volumen y encuentra un insulto nuevo. Al principio los ciudadanos se divierten. Después comienzan a imitarlos los ministros, los diputados, los periodistas, los militantes y finalmente los vecinos. Cada tribu inventa su vocabulario y cada palabra sirve para reconocer al enemigo.

Hasta que un día nadie recuerda cómo se argumentaba.

Entonces ocurre lo verdaderamente borgeano.

El diccionario contiene todas las palabras, excepto una.

Diálogo.

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