En política, como en el boxeo, uno puede dominar el centro del ring, tener mejor esquina, más recursos, luces apuntándole y hasta una tribuna convencida de que conoce el resultado. Después suena la campana y aparece un inconveniente bastante antiguo.
Hay que pelear.
El 26 de octubre de 2025 el orregismo subió al ring con casi todo a favor. Puso en cancha a su vicegobernador, Fabián Martín, desplegó su estructura territorial y terminó mirando las urnas con la expresión de quien acaba de recibir un golpe que no figuraba en el plan de pelea.
Cristian Andino había ganado.
No fue un nocaut ni una paliza y no hace falta convertirlo en eso para entender su importancia. Andino, al frente de Fuerza San Juan, consiguió 147.918 votos, el 33,5%, contra 133.329, el 30,2%, de Por San Juan. La Libertad Avanza quedó tercera con aproximadamente el 25,3% y más de 111.000 sufragios que ningún análisis serio debería esconder debajo de la alfombra.
Reducir aquel resultado a un simple “Andino le ganó a Orrego” resulta tentador, pero insuficiente. Andino ganó dentro de un escenario dividido en tres grandes fuerzas. Parte del electorado que eligió a La Libertad Avanza podría comportarse de otra manera en una elección provincial. También podría no hacerlo. Suponer que esos votos pertenecen naturalmente al orregismo sería tan arbitrario como incorporarlos anticipadamente al peronismo. Los votos tienen una desagradable costumbre para los dirigentes. Pertenecen a quienes votan.
Lo indiscutible es que el oficialismo perdió y, desde entonces, Andino dejó de ser solamente un dirigente opositor para convertirse en alguien que demostró que podía ganarle al aparato provincial. En términos boxísticos, ya conoce la distancia, sabe que puede conectar y, sobre todo, el rival también lo sabe.
Ahí comienza el verdadero problema.
Cuando un adversario demuestra capacidad electoral, el poder puede gobernar mejor, corregir errores y recuperar la confianza perdida, o puede intentar deteriorarlo. Si eligiera lo segundo, el procedimiento tampoco sería novedoso. Primero aparece un comentario, después un rumor, más tarde una publicación convenientemente indignada y finalmente algún medio pautado y un ejército de trolls descubren, casi al mismo tiempo, que el asunto merece convertirse en noticia porque, misteriosamente, “lo dice la gente”.
La gente suele ser extraordinariamente útil durante las campañas electorales.
El periodismo deberá observar ese mecanismo sin caer en la estupidez inversa de considerar falsa cualquier acusación contra Andino solamente porque pueda beneficiar al Gobierno. Si existen denuncias, que aparezcan las pruebas. Si existen irregularidades, que se investiguen. Andino deberá explicar lo que corresponda y el oficialismo también. Porque hay otra discusión que San Juan debería comenzar a tomarse en serio. Cuánto cuestan realmente las campañas, quién las paga y dónde termina la actividad institucional de un gobierno y comienza la utilización electoral del Estado.
Andino calificó aquella campaña como humilde y realizada con pocos recursos. Perfecto. Las rendiciones deberían permitir comprobarlo. Del otro lado también corresponde mirar publicidad oficial, contrataciones, actos, vehículos, funcionarios y recursos públicos utilizados durante los períodos electorales. No sirven las sospechas cuando existen documentos capaces de confirmarlas o descartarlas. Eso es periodismo. Lo demás es militancia con grabador.
Orrego conserva ventajas enormes. Gobierna, administra recursos, tiene funcionarios, intendentes aliados, presencia territorial y una estructura institucional capaz de producir anuncios, inauguraciones y fotografías prácticamente todos los días. No hace falta colocar un cartel que diga “campaña” para hacer campaña desde un gobierno. Andino posee algo bastante menos espectacular, pero electoralmente importante. Un antecedente.
Ya les ganó.
Pero allí aparece también su mayor peligro, creer que porque ocurrió una vez necesariamente ocurrirá nuevamente. El peronismo sanjuanino conserva una notable capacidad para complicarse solo, multiplicar internas y transformar posibilidades electorales en discusiones sobre candidaturas. Si pretende convertir aquella victoria legislativa en una alternativa provincial deberá demostrar que puede ofrecer algo más interesante que ser simplemente el lugar donde terminan los votos de quienes están enojados con Orrego.
El oficialismo tiene su propio dilema. Necesita recuperar electores sin convertirse en una imitación provincial de La Libertad Avanza y deberá decidir cuánto de su identidad está dispuesto a negociar para acercarse a esos más de 111.000 sanjuaninos que eligieron la opción libertaria.
Todavía quedan muchos rounds y sería absurdo confundir aquella victoria con el resultado de la pelea. Andino deberá demostrar que puede transformar un triunfo legislativo en una alternativa de gobierno y evitar que el peronismo termine, como tantas veces, peleándose en su propia esquina. Orrego deberá recuperar los votos que perdió y decidir si para hacerlo alcanza con castigar al adversario o necesita revisar su propia estrategia.
La Libertad Avanza seguirá allí, además, disputando una parte considerable del electorado. Nadie sabe todavía quién llegará mejor preparado a 2027, quién acusará los golpes ni quién terminará contra las cuerdas.
Lo único que ya no puede modificarse ocurrió aquella noche de octubre.
El oficialismo tenía candidato, estructura, gobierno y poder. Subió al ring convencido de que tenía la pelea controlada.
Sonó la campana.
Abrieron las urnas.
Ganó Andino.
Aquella elección no convirtió a Andino en gobernador ni condenó a Orrego a perder la próxima. Hizo algo mucho más peligroso para cualquier poder.
Demostró que podía perder.
Y en política, como en el boxeo, después de descubrir que el campeón oficialista también puede caer, la próxima pelea nunca vuelve a empezar igual.














