Hace unos días escribí que hay que ser caradura para hablar de transparencia mientras un pedido formal de información sobre la compra de computadoras lleva cuatro meses esperando alguna respuesta.
Pensé que las netbooks nos darían un descanso.
Fui ingenuo.
Un año después de la entrega de computadoras a estudiantes que entonces cursaban sexto grado y hoy están en primero del secundario, desde Educación comenzaron a preguntar qué ocurrió con ellas.
Magnífico.
Eso es exactamente lo que debería hacer cualquier gobierno después de gastar millones: evaluar, medir, comparar, descubrir qué funcionó, qué salió mal y qué terminó convertido en una computadora guardada dentro de un placard porque nadie supo muy bien qué hacer con ella.
Solo hay un pequeño inconveniente. No están preguntando qué ocurrió. Están buscando historias felices.
El mensaje enviado a supervisores pide «casos de utilización», una «lista de ventajas», tareas que «cambiaron y mejoraron», experiencias positivas dentro y fuera de la escuela y hasta posibles emprendimientos realizados gracias a las computadoras.
Hasta que aparece la frase que convierte una evaluación educativa en algo bastante parecido a un casting. Necesitan «historias que muestren cómo la computadora entregada por el gobierno les cambió la vida».
Maravilloso.
Todavía no sabemos si les cambió la vida, pero ya salimos a buscar a quienes puedan decir que sí.
Es un método de investigación extraordinario. Primero decidimos la conclusión y después salimos a buscar las pruebas.
Imagino la escena. Necesitamos un alumno emocionado, una docente entusiasmada, una computadora abierta y, si fuera posible, una madre agradecida. Después buscamos un aula con buena luz, acomodamos las sillas, encendemos la cámara y hemos conseguido algo mucho más importante que una evaluación educativa.
Conseguimos un video.
Una evaluación seria sería bastante más aburrida. Preguntaría cuántas computadoras siguen funcionando, cuántas se utilizan regularmente, cuántas se rompieron, cuántas se perdieron o fueron revendidas, cuántos estudiantes tienen conectividad, cuántos docentes las incorporaron efectivamente a sus clases y qué diferencias medibles existen entre el antes y el después.
Incluso podría cometer una herejía y preguntar qué salió mal.
Pero esa respuesta tiene un problema comunicacional. Los fracasos son pésimos actores.
La educación pública no necesita protagonistas para un comercial. Necesita datos. Porque si preguntamos solamente por ventajas, mejoras y vidas transformadas, el resultado será inevitablemente extraordinario. Es como entrar a un restaurante, entrevistar únicamente a quienes felicitaron al cocinero y publicar al día siguiente que nadie dejó comida en el plato.
Primero seleccionamos la realidad y después felicitamos a la realidad por coincidir con nosotros.
Y al parecer, en Educación el maquillaje no se limita solo a la cara de la ministra. También llegó a la gestión. Un poco de base para las dificultades, corrector para los fracasos y bastante iluminación para los casos exitosos. Después se busca una buena historia, una cámara y listo; la política pública quedó preciosa.
Hay algo todavía más curioso.
En la primera nota preguntábamos quién vendió las computadoras, cuánto costaron y a quiénes fueron entregadas. El expediente 700-000422/2026 continúa allí, envejeciendo dignamente dentro de la administración pública mientras este periodista conserva la extravagante costumbre de esperar una respuesta.
Ahora tenemos que agregar otras preguntas. ¿Qué resultados tuvieron las computadoras? ¿Quién los midió? ¿Con qué metodología? ¿Existe una evaluación integral? ¿Se buscaron también experiencias negativas o solamente aquellas capaces de terminar en un video institucional?
Porque existe una manera bastante sofisticada de ocultar la realidad sin esconder absolutamente nada. Basta con mostrar únicamente la parte que conviene.
Gobernador, las computadoras ya fueron entregadas. No necesitamos que el Ministerio encuentre historias que demuestren que cambiaron vidas. Necesitamos saber qué ocurrió con todas; las que cambiaron vidas y las que no, las que se utilizan y las que quedaron guardadas, los éxitos y los fracasos.
Eso se llama evaluar. Lo otro tiene otro nombre.
Maquillaje. Y parece que en Educación compraron bastante.














