Hay una época del año en San Juan en la que ocurren fenómenos extraordinarios. Florecen los frutales, cambia el clima y algunos políticos descubren, casi simultáneamente, que sus departamentos poseen una ubicación geopolítica excepcional.
Suele ocurrir cerca de las elecciones. Debe ser el calendario.
De repente Jáchal quiere convertirse en zona franca minera. Pocito descubre la logística internacional. Albardón, Caucete, Iglesia y Calingasta aparecen en un nuevo mapa donde cada departamento puede convertirse en nodo logístico, centro de importación, transformación, distribución o plataforma de servicios mineros.
A este ritmo, San Juan está a dos elecciones de convertirse en Rotterdam.
Lo extraordinario no son necesariamente las ideas. Algunas pueden ser buenas, incluso necesarias. Lo sospechosamente oportuno es el momento de la revelación. Porque Jáchal no apareció ayer. Pocito tampoco. Calingasta lleva siglos al lado de Chile. Iglesia no fue trasladada recientemente hasta la cordillera y Caucete no amaneció una mañana junto a las rutas.
Todo estaba ahí. También estaban gobernadores, intendentes, ministros, secretarios, legisladores, concejales y funcionarios. Durante años.
Incluso reaparece uno que otro muerto político. No hablo de cementerios, naturalmente. La política sanjuanina posee sus propios milagros de resurrección. Dirigentes que llevaban años sin una idea reconocible recuperan súbitamente el pulso, consiguen reuniones, descubren proyectos y hasta comienzan a repartir futuros cargos que todavía no existen. Algunos prometen lugares en una eventual administración a cambio de acompañamiento, difusión y esa maravillosa forma de financiamiento electoral llamada publicidad gratuita.
Cuanto esto ocurre, el sistema tiene una ventaja extraordinaria. El cargo se paga después y la propaganda se cobra ahora.
Entonces comienza a sentirse el olor de las urnas y ocurre el milagro. Gobernadores se vuelven especialistas en inversiones internacionales. Intendentes descubren el comercio exterior. Concejales amanecen diseñando estrategias productivas. Políticos que hasta ayer negociaban candidaturas explican geopolítica comercial con una seguridad que probablemente sorprendería a Kissinger.
Y exministros reaparecen convertidos en consultores, estrategas y hasta protagonistas de cuentos de hadas. Después de años de gestión, algunos no solamente encuentran de pronto la solución para desarrollar San Juan. También encuentran al amor de su vida.
La campaña tiene esas cosas. Despierta vocaciones, recupera dirigentes, descubre mercados y, de vez en cuando, une corazones. Falta que algún convenio internacional venga con príncipe, castillo y final feliz.
Mientras tanto, casi todos parecen saber de logística, descubrieron el valor agregado, hablan de industrialización y conocen algún empresario extranjero interesado en nosotros. Esa criatura fascinante siempre quiere comprar, invertir o instalarse. Nunca sabemos exactamente cuánto dinero pondrá ni cuándo comenzará a operar. Pero está interesado y, fundamentalmente, se deja fotografiar.
También aparecen otras coincidencias. El gobierno avanza con otra enorme entrega de computadoras destinada al sistema educativo. Que estudiantes y docentes necesitan tecnología es indiscutible. La discusión no pasa por allí.
El calendario, nuevamente, resulta travieso.
Los docentes constituyen uno de los sectores laborales más numerosos, territorialmente extendidos y políticamente sensibles de San Juan. Están en cada departamento, cada localidad y prácticamente cada familia. Y justo cuando la política comienza a contar votos aparecen las computadoras y un concurso de ascenso cuestionado por su improvisación.
Puede ser coincidencia, pero el periodismo tiene la obligación de ser desconfiado.
La pregunta es por qué tantos proyectos, beneficios y anuncios adquieren una velocidad extraordinaria cuando las urnas aparecen en el horizonte. Zonas francas, centros logísticos, mercados, convenios internacionales, inversiones, computadoras y concursos. Qué extraordinaria casualidad que tantas políticas públicas maduren juntas.
El problema no consiste en rechazarlas. San Juan necesita inversión, infraestructura, comercio exterior, industrialización y minería. Precisamente por eso no debería convertirlas en utilería electoral.
Marcelo Orrego no necesita explicarnos solamente el San Juan que algún día tendremos. A esta altura debe mostrar cuánto consiguió transformar del San Juan que recibió. Un gobierno que se acerca al final de su mandato debería presentar resultados, no descubrir proyectos.
Las elecciones deberían ser el momento del balance. Cuántas empresas llegaron, cuántas exportan, cuánto crecieron realmente los parques industriales, cuántos proveedores locales se internacionalizaron y cuánto valor agregado incorporamos.
Después hablamos del futuro.
Pero hemos invertido la lógica. Cuando termina el tiempo de gobernar comienza la temporada de prometer.
Y es ahí donde conviene mirar un caso concreto. Nada de eso es abstracto, el cobre vuelve a instalarse como promesa central, y Vicuña deja de ser solamente una noticia minera para convertirse en una prueba para el discurso del desarrollo.
San Juan puede tener delante una oportunidad extraordinaria con el cobre. Por eso sería imperdonable reducirla a otro decorado electoral. No me interesa solamente cuánto cobre contiene la montaña. Quiero saber cuántas empresas sanjuaninas trabajarán alrededor de ella, cuánto software desarrollaremos, cuántos ingenieros y técnicos formaremos, cuánta metalmecánica tendremos y cuánta tecnología podremos vender.
Quiero saber si solamente sacaremos cobre o si aprenderemos algo mientras lo sacamos.
Hasta ahora abundan más los anuncios futuros que los resultados. Y ahí está justamente el problema. San Juan necesita decidir qué función productiva real puede cumplir cada departamento. Tal vez descubramos que Jáchal tiene condiciones para una zona franca comercial. Quizás Pocito, Albardón, Caucete, Iglesia o Calingasta puedan especializarse en logística, transformación, agroindustria, servicios o tecnología.
Pero eso exige una estrategia provincial, no diecinueve intendentes descubriendo diecinueve Dubái durante un año electoral.
Una promesa política ni siquiera necesita convertirse en realidad para resultar electoralmente exitosa. Necesita durar hasta que votemos. Después puede transformarse en un convenio olvidado, una fábrica que nunca llegó, un empresario que dejó de contestar llamadas, un centro logístico donde lo único que circularon fueron funcionarios o un cargo que jamás recibió quien hizo gratuitamente la campaña.
Para entonces habrá cumplido su función.
Por eso conviene mirar con atención los proyectos, beneficios, cargos, romances y anuncios que florecen demasiado cerca de una urna. Las políticas públicas serias no deberían necesitar elecciones para existir.
Y si después de años gobernando alguien necesita una campaña para descubrir qué hacer con la provincia que administra, quizá la pregunta ya no sea qué piensa hacer con nuestro futuro.
La pregunta es qué hizo con todo nuestro pasado.














