CATA de Vinos San Juan: Sarmiento también habría levantado la copa

Ago 16, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Sarmiento probablemente habría sido un catador insoportable.

Me lo imagino frente a una copa de Syrah sanjuanino, moviéndola con impaciencia, oliendo dos veces y discutiendo después medio punto con el jurado. Si alguien le hubiese dicho que aquel vino merecía 89 puntos y él pensaba que eran 92, posiblemente habría terminado escribiendo un artículo furioso contra todos.

Era Sarmiento. Y Sarmiento tenía esa incómoda costumbre de discutir hasta aquello que todavía no existía.

Pero habría entendido perfectamente lo que ocurre detrás de esas copas.

Porque mucho antes de que existieran sommeliers, software para procesar puntuaciones o concursos nacionales de vinos, Domingo Faustino Sarmiento ya había comprendido algo elemental. San Juan no debía conformarse con producir más. Tenía que aprender a producir mejor.

En 1862, siendo gobernador, inauguró la Quinta Normal de San Juan. Allí se experimentaba, se incorporaban especies y se intentaba aplicar conocimiento a la agricultura. Sarmiento incluso se ocupó de la calidad de los vinos y promovió la introducción de variedades europeas.

Más de ciento sesenta años después, aquella vieja obsesión continúa. Solo que ahora tiene copas numeradas.

Hay que saber escuchar al vino

El Concurso Nacional CATA de Vinos San Juan llega en 2026 a su XXXVIII edición ininterrumpida. Y la palabra ininterrumpida merece detenerse un momento.

Treinta y ocho años en Argentina son casi una provocación estadística.

Pasaron gobernadores, ministros, presidentes, crisis, inflaciones, convertibilidad, devaluaciones, cosechas extraordinarias y otras que seguramente conviene olvidar. El concurso permaneció y contó durante sus distintas etapas con el acompañamiento del Gobierno de San Juan, independientemente del signo político.

Eso también construye una industria. Una vid no conoce los calendarios electorales ni sabe quién ocupa la Casa de Gobierno. Tampoco un vino extraordinario puede improvisarse durante una campaña. Ambos necesitan algo que la política suele administrar bastante mal.

Tiempo.

Pero CATA San Juan tiene otra particularidad. Nació para reconocer a quienes el consumidor normalmente no ve, al técnico y al profesional de la enología.

Cuando descubrí verdaderamente el vino sanjuanino entendí que una botella no comienza cuando alguien saca el corcho. Empieza muchísimo antes.

Alguien decidió dónde plantar. Otro eligió la variedad. Hubo que determinar cuándo cosechar, controlar temperaturas, conducir una fermentación, analizar, probar, corregir y, sobre todo, esperar. Un vino puede parecernos romántico cuando llega a la mesa. Antes fue agricultura, química, microbiología, técnica, experiencia y una sucesión extraordinaria de decisiones humanas.

Nosotros descorchamos la botella y decimos que está buena.

Detrás de esa frase puede haber años de trabajo.

CATA San Juan juzga el resultado de todo aquello. Por eso catar profesionalmente tampoco significa decidir simplemente si un vino “me gusta”. Eso podemos hacerlo cualquiera de nosotros un domingo frente al asado, y probablemente después de la tercera copa todos nos sintamos bastante capacitados.

Un concurso necesita algo más.

Necesita método.

Aproximadamente quince días antes de las degustaciones ocurre uno de los trabajos menos visibles y más importantes, la nivelación del panel sensorial. Los catadores aproximan criterios, revisan parámetros y trabajan para interpretar de manera homogénea aquello que luego deberán evaluar. Participan enólogos, licenciados y técnicos en enología, sommeliers, agrónomos, periodistas especializados y representantes del sector bodeguero.

Distintas experiencias frente a una misma copa.

La diversidad aporta miradas. El método evita que esas miradas terminen convertidas simplemente en opiniones.

Una copa no sabe quién la hizo

Existe además una precaución fundamental. El vino llega anonimizado.

El catador no debería enamorarse de una etiqueta, una bodega, una historia ni un precio. Frente a él existe una muestra. Nada más.

Entonces comienza ese pequeño interrogatorio sensorial que cualquier amante del vino reconoce. Primero los ojos, después la nariz y finalmente la boca. Vista, olfato y gusto.

La evaluación utiliza una planilla desarrollada sobre criterios y estándares de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV). En los últimos años el procedimiento fue además digitalizado mediante software para agilizar la carga, el procesamiento y la sistematización de las puntuaciones.

La tecnología ordena las cifras, pero todavía son los sentidos humanos los que deben enfrentarse al vino.

Y aquí aparece una cuestión esencial. El prestigio de una medalla depende de la exigencia necesaria para conseguirla.

En CATA San Juan no se decide primero quién merece un premio. Es el puntaje alcanzado por cada vino el que determina el reconocimiento. Entre 87 y 90 puntos corresponde Medalla de Plata; entre 91 y 94, Medalla de Oro; y por encima de 94, Gran Oro.

Por eso el anonimato resulta fundamental. Frente al catador no debería existir una bodega grande o pequeña, una etiqueta conocida o desconocida, un productor poderoso o alguien que recién comienza. Existe solamente un vino y aquello que es capaz de demostrar en la copa.

Porque cuando desaparece la etiqueta, el vino tiene que defenderse solo.

Cuando San Juan deja de mirarse solamente a sí mismo

Los números de 2025 permiten entender cuánto creció el concurso. Se presentaron 382 muestras pertenecientes a 91 establecimientos elaboradores. Fueron premiados 181 vinos de 69 bodegas. Hubo 74 medallas de Plata, 93 de Oro y seis medallas Gran Oro, estos últimos con 96 puntos.

Pero hay un número que me interesa bastante más.

El 46 por ciento de las bodegas participantes llegó desde fuera de San Juan.

Mendoza, La Rioja, Catamarca, Salta, Entre Ríos, Buenos Aires, Neuquén y Jujuy estuvieron representadas. Y eso modifica la naturaleza del acontecimiento. Ya no estamos simplemente ante sanjuaninos evaluando vinos sanjuaninos. Durante algunos días San Juan se convierte en territorio de evaluación del vino argentino.

No es poca cosa.

Porque una provincia vitivinícola no construye prestigio solamente exportando botellas. También lo construye generando conocimiento, formando profesionales y siendo capaz de sentar vinos de distintos lugares sobre una misma mesa para evaluarlos con seriedad.

La búsqueda de nuestro propio vino

Los tintos representaron el 75 por ciento de las muestras de 2025 y los blancos el 23 por ciento. El Malbec volvió a destacarse, el Syrah recuperó protagonismo y el Marselan produjo una de las novedades al obtener incluso un Gran Oro.

Y aquí regreso inevitablemente a San Juan.

Durante demasiado tiempo hemos cometido el error de explicar nuestro vino comparándonos con Mendoza. Mendoza tiene su historia, su escala y un extraordinario posicionamiento internacional. Bien por Mendoza.

San Juan necesita construir el suyo.

No debemos preguntarnos cómo parecernos más a ellos. La pregunta es bastante más difícil.

¿A qué sabe San Juan?

Ahí el Syrah deja de ser solamente una variedad y empieza a convertirse en una pista. También lo son nuestros valles de Pedernal, Calingasta, Zonda y Ullum, las alturas, los suelos, el clima y aquellas variedades capaces de expresarse de una manera particular en este territorio.

Sarmiento traía plantas europeas porque quería experimentar, no porque soñara con convertir San Juan en una pequeña Francia al pie de los Andes. Quería descubrir qué podía hacer esta tierra cuando se le agregaban conocimiento, técnica y curiosidad.

La pregunta continúa abierta ciento sesenta años después.

La última copa

Después de meses de organización llega finalmente la noche de los premios. Allí están propietarios, hacedores, técnicos, profesionales y representantes de las bodegas. Se anuncian nombres, llegan los certificados, los abrazos, las fotografías y, naturalmente, las copas levantadas.

Pero detrás de cada medalla existe algo que ninguna fotografía puede mostrar.

Está el viñedo bajo el sol de enero, la decisión sobre el momento exacto de cosecha, las madrugadas de vendimia, el laboratorio, la fermentación que había que controlar, la barrica, las pruebas, los errores y esa paciencia que exige trabajar durante meses para descubrir mucho después si uno tenía razón.

Y finalmente una botella.

Por eso CATA San Juan no debería ser entendida solamente como una competencia. Después de 38 ediciones se ha convertido también en una memoria técnica del vino argentino y, especialmente, en una herramienta para que San Juan descubra qué quiere ser dentro del mapa vitivinícola.

Quizás aquella noche, entre tantas copas, convendría dejar una vacía.

Para Sarmiento.

Seguramente protestaría por algún puntaje, discutiría con dos enólogos, querría modificar el reglamento y terminaría escribiendo un artículo al día siguiente explicando por qué todos estaban equivocados.

Pero antes de marcharse levantaría la copa.

Porque comprendería que aquella vieja obsesión suya continúa viva. Ya no se trata solamente de plantar más viñas ni de elaborar más vino. Se trata de algo bastante más difícil.

Hacer un vino que alguien pruebe a miles de kilómetros, cierre los ojos durante unos segundos y pueda decir, sin necesidad de mirar la etiqueta, “esto es San Juan”.

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