La primera vez que sospeché seriamente de la verdad no fue leyendo a un filósofo. Fue escuchando el anuncio de un convenio.
Marcelo acababa de anunciar que Vicuña aportaría hasta 250 millones de dólares a San Juan. Doscientos cincuenta millones tienen una cualidad extraordinaria. Aun cuando todavía no hayan llegado, producen entusiasmo. Alcanzan para imaginar rutas, obras, cañerías, puentes y hasta un porvenir entero antes de que aparezca el primer dólar. Las palabras ayudaban. Desarrollo, infraestructura, inversión, futuro. El futuro siempre ha sido generoso con los gobiernos porque tiene la ventaja de que todavía no ocurrió.
Había, sin embargo, un pequeño problema. Yo no conocía el convenio y tampoco encontraba demasiados datos concretos. No sabía exactamente cuándo llegaría el dinero, cómo serían los desembolsos, qué condiciones debían cumplirse, cuáles eran todas las obligaciones asumidas ni, sobre todo, qué recibía la empresa a cambio.
Entonces hice algo bastante anticuado. Pregunté. Pedí la información y esperé en Casa de Gobierno que me la entregaran.
Mientras esperaba abrí los diarios y ocurrió una de esas pequeñas maravillas que todavía consigue producir el periodismo moderno. Otros parecían saberlo todo. Los millones comenzaron a circular por los titulares mucho antes de circular por las cuentas y las obras empezaron a construirse en las palabras con una velocidad que cualquier empresa contratista habría envidiado.
Yo seguía sentado en la pequeña oficina frente a la garita de control policial, esperando la información del jefe de prensa y fue entonces cuando comprendí que quizá estaba formulando mal la pregunta. No habían llegado antes a la verdad. Habían llegado antes a la versión.
Llevo suficiente tiempo entre el periodismo y la literatura para haber descubierto una contradicción que todavía me divierte. Cuando alguien lee una novela quiere averiguar inmediatamente cuánto ocurrió de verdad. Quién fue el amante, qué personaje existió, qué traición sufrió realmente el escritor. Buscamos desesperadamente hechos dentro del único territorio que tiene permiso para inventarlos. Después abrimos un diario y hacemos exactamente lo contrario. Aceptamos el relato.
Interrogamos a la ficción como si fuera periodismo y consumimos demasiado periodismo como si fuera ficción.
La literatura posee un privilegio formidable. Puede mentir para encontrar una verdad. Borges inventó autores, libros y bibliotecas. Kafka convirtió a Gregor Samsa en un insecto sin presentar certificado médico. García Márquez consiguió que Remedios la Bella ascendiera al cielo mientras doblaba unas sábanas. Mintieron maravillosamente y dijeron verdades.
El periodista no dispone de ese privilegio.
Nunca creí demasiado en aquella objetividad absoluta de los manuales. Elegimos preguntas, fuentes, títulos y fotografías. Decidimos qué dato abre una noticia y cuál se pierde cerca del final. Miramos inevitablemente desde algún sitio. La objetividad absoluta probablemente sea otro animal fantástico de Borges. La honestidad no.
Mientras esperaba apareció una pregunta demasiado elemental para ser ignorada. ¿Qué recibe Vicuña a cambio?
Porque las mineras no regalan 250 millones de dólares y está perfectamente bien que no lo hagan. Son empresas, no sociedades de beneficencia. Si comprometen semejante cantidad existe una razón económica, jurídica o estratégica que vuelve conveniente hacerlo.
Lo conocido públicamente permite ver una parte de esa otra columna. El esquema difundido contempla reglas sobre regalías, aportes futuros y condiciones destinadas a dar previsibilidad a una explotación pensada para durar décadas. Nada de eso demuestra que San Juan haya hecho un mal negocio. Tal vez hizo uno extraordinario. Pero para saberlo necesito conocer las dos columnas de cualquier acuerdo serio, qué recibe la provincia y qué obtiene la empresa.
De la primera nos hablaron bastante. De la segunda, bastante menos. Por eso quería leer el convenio.
Después llegó la Legislatura. Los diputados aprobaron el acuerdo y aparecieron discursos, manos levantadas y fotografías. La ceremonia democrática había conseguido una particular inversión del orden natural. Primero celebrábamos las consecuencias y después intentaríamos conocer todos los detalles de las causas.
El diario tituló “VAMOS A CAMBIAR LA HISTORIA”.
Tal vez. La historia ha sobrevivido a promesas bastante más ambiciosas.
Pero antes de cambiarla sería conveniente terminar de conocer el documento con el que pensamos hacerlo. Los 250 millones todavía no están y, si la información completa del convenio no está públicamente disponible para que cualquier ciudadano pueda examinarla, queda una situación curiosa. Podemos celebrar aquello que todavía no podemos controlar completamente.
Ese debería ser el comienzo del periodismo, no su final. Preguntar cuándo llegará el dinero, bajo qué condiciones, cómo se administrará y qué recibe cada parte no significa estar contra la minería. Significa preguntar, una costumbre que alguna vez estuvo estrechamente relacionada con este oficio.
El periodismo no debería certificar futuros. Debería verificar presentes.
El poder comprendió hace tiempo que tampoco necesita aquella censura antigua de funcionarios llamando a las redacciones. Ahora puede auspiciar. La pauta oficial modernizó ciertas relaciones entre política y periodismo. Ya no siempre hace falta decir qué publicar. A veces basta decidir dónde colocar el dinero. Después ocurre un pequeño milagro y algunos periodistas comienzan espontáneamente a descubrir que el gobierno hace casi todo bien.
Debe ser el Espíritu Santo de la comunicación institucional.
Pero sería demasiado cómodo responsabilizar solamente al poder. Nosotros colaboramos. Llegaron las redes sociales y empezamos a contar clics. Descubrimos que una indignación viaja más rápido que una explicación y que un titular necesita segundos mientras un expediente puede exigir semanas.
La verdad tiene un grave problema comercial. Es lenta. Hay que pedir documentos, contrastar fuentes, leer contratos y practicar una actividad casi revolucionaria en el periodismo contemporáneo, esperar.
Tiene además otro defecto. A veces contradice nuestras propias convicciones. Podemos investigar durante semanas a un funcionario esperando encontrar una irregularidad y descubrir que hizo las cosas bien. Entonces hay que escribirlo. Eso también es periodismo.
Por eso desconfío de quienes siempre encuentran exactamente aquello que salieron a buscar. Si todas nuestras investigaciones terminan confirmando nuestras ideas, quizá no estemos investigando. Tal vez simplemente hayamos construido un laberinto donde todos los caminos conducen a nosotros mismos.
Con los años adquirí otra costumbre. Cuando leo una noticia importante miro tanto lo publicado como lo ausente. Quién paga, quién cobra, qué obtiene cada parte, dónde está el documento y quién preferiría que nadie hiciera esas preguntas. Muchas veces la noticia comienza precisamente donde termina el comunicado oficial.
La literatura puede inventar hechos para encontrar una verdad. El periodismo debería buscar hechos para acercarse a ella. Parece una diferencia pequeña, pero es todo el oficio.
Llevaba ya cuatro horas esperando una respuesta sobre la información que había solicitado. Pensé que quizá, cuando finalmente llegara, descubriríamos que el acuerdo era magnífico y que aquellos titulares tenían razón. Entonces habría que escribirlo. Pero habría una diferencia.
Ellos lo supieron antes de comprobarlo.
Casi cinco horas después llegó finalmente el mensaje. No llegó el convenio. No llegaron los documentos. Llegó una respuesta.
“No podemos recibirle ni entregarle ningún documento. Gracias por interesarse. Nosotros nos comunicaremos con usted.”
Después de casi cinco horas en Casa de Gobierno salí sabiendo exactamente lo mismo que cuando había entrado.
Afuera, mientras tanto, la historia ya estaba cambiando.
La verdad tiene esa vieja manía de exigir pruebas. La versión no.
La versión ya había salido en los diarios.
Y probablemente también había cobrado la pauta.














