Hay nombramientos que se anuncian en el Boletín Oficial. Otros podrían anunciarse después de una noche romántica.
La Universidad Nacional de Cuyo se prepara para estrenar autoridades. Adriana García asumirá como rectora y ya comenzó a ordenar las piezas del nuevo gobierno universitario. Hay académicos, sindicalistas, dirigentes provenientes de distintos sectores políticos y profesionales con trayectorias respetables. Una fotografía plural, amplia, casi ecuménica. Pero entre tantos nombres hay uno que inevitablemente obliga a detenerse.
Adolfo Cueto será secretario general.
Cueto es historiador, doctor en Historia, fue durante dos períodos decano de Filosofía y Letras y en 2024 recibió el reconocimiento de profesor emérito de la UNCuyo. Además, acompañó y asesoró a García durante la campaña que terminó llevándola al Rectorado. Hasta aquí, nada particularmente extraño, salvo por un pequeño detalle administrativo, político y matrimonial.
Adolfo Cueto es su esposo.
Y entonces aparece esa palabra desagradable que suele incomodar mucho más a quienes ejercen el poder que a quienes la escribimos. Nepotismo.
La palabra viene del latín nepos, sobrino, y quedó asociada durante siglos a la costumbre de algunos papas de favorecer a familiares con cargos, privilegios y posiciones de poder. Cambiaron los siglos, desaparecieron algunos palacios, llegaron las repúblicas y las universidades modernas, pero ciertas costumbres demostraron una extraordinaria capacidad de supervivencia.
Ahora aparecerá rápidamente el argumento defensivo. Cueto está preparado. Por supuesto. Y precisamente allí comienza el problema interesante.
El nepotismo no necesita inútiles. Un familiar puede ser brillante, competente, trabajador, tener doctorados, publicaciones, premios y una biblioteca capaz de hundir el piso de su casa. La discusión ética permanece intacta, porque el problema no es solamente si alguien merece un cargo. También importa quién lo designa.
Cuando la persona que concentra la capacidad política de elegir termina colocando a su marido en una posición estratégica de su propia administración, resulta inevitable preguntarse si realmente no había nadie más.
Estamos hablando de la Universidad Nacional de Cuyo, no de un almacén familiar donde la esposa atiende la caja mientras el marido acomoda las botellas. Miles de docentes, investigadores, profesionales y graduados forman parte de esa comunidad. Personas con experiencia, carreras académicas y antecedentes suficientes para aspirar legítimamente a responsabilidades institucionales. Sin embargo, después de recorrer semejante universo intelectual, la búsqueda del secretario general terminó curiosamente en casa.
Aunque debo ser justo. Esto es Argentina.
Aquí el gobernador deja al hermano, el intendente, en el mejor de los casos, acomoda a la esposa y, en versiones menos institucionales pero bastante más pintorescas, encuentra algún despacho para la querida. Hijos, primos, cuñados, sobrinos y amigos completan después el árbol genealógico de la administración pública.
No es una anomalía del poder argentino. A fuerza de repetirse, casi se ha convertido en parte de su tradición. Cambian los gobiernos, los partidos, las consignas y las fotografías detrás del escritorio. La familia permanece.
Por eso el caso de la UNCuyo importa más de lo que parece. No porque haya inventado el nepotismo, sino porque una universidad debería ser precisamente uno de los lugares capaces de desafiar esa cultura. Mucho más una universidad pública.
Allí se enseñan ciudadanía, instituciones, transparencia, administración, derecho, filosofía y ética. Sus investigadores estudian la concentración del poder, la igualdad de oportunidades y la calidad institucional. Sus profesores explican durante horas la diferencia entre intereses particulares e interés general. Después llega la vida real y, de repente, la teoría encuentra marido.
Puede argumentarse que el nombramiento es legal. Supongamos que lo sea. La legalidad, sin embargo, es apenas el piso de una institución republicana, nunca su techo. Una autoridad pública no debería preguntarse solamente si puede hacer algo. También debería preguntarse si debe hacerlo.
Porque el verdadero triunfo del nepotismo ocurre cuando deja de parecernos escandaloso. Primero se justifica una excepción, después se encuentra una explicación razonable y finalmente nadie pregunta nada. El parentesco se vuelve paisaje, la cercanía reemplaza silenciosamente a la competencia y terminamos aceptando como natural que las oportunidades públicas circulen dentro de círculos privados. Lo preocupante ya no es solamente quién consigue el cargo, sino todos aquellos que ni siquiera tuvieron la posibilidad de competir por él.
Entonces el mérito deja de ser una virtud y comienza a funcionar como coartada.
No conozco personalmente a Adriana García ni a Adolfo Cueto. No tengo razones para cuestionar sus capacidades profesionales. Incluso puedo aceptar que Cueto podría ser un excelente secretario general. Pero hay renuncias que engrandecen más que los nombramientos.
Decir «mi esposo está perfectamente preparado, pero precisamente porque es mi esposo no voy a designarlo» habría sido una magnífica primera lección de gobierno universitario. Una demostración de que las instituciones pueden estar por encima de los afectos y de que ejercer el poder también significa saber aquello que uno puede hacer y decide no hacer.
No ocurrió.
La UNCuyo tendrá nueva rectora y su esposo será secretario general. Seguramente habrá discursos sobre excelencia académica, transparencia, pluralidad y democracia universitaria.
Y quizás algún profesor tenga que explicar este año qué significa nepotismo.
Esta vez tendrá una ventaja. No necesitará buscar ejemplo.
Le bastará señalar hacia el Rectorado.














