El sermón del Cerro Colorado según el Evangelio de San Marcelo

Ago 25, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Y sucedió que, cuando comenzaron a sentirse los primeros vientos electorales, San Marcelo subió al Cerro Colorado para pronunciar su sermón. No fue solo. Lo siguieron ministros, secretarios, subsecretarios, asesores, candidatos que todavía no sabían que eran candidatos, candidatos que fingían no serlo, empresarios, fotógrafos y algunos escribas especializados en encontrar milagros gubernamentales incluso donde todavía no había ocurrido nada.

Aquella mañana San Juan amaneció bajo una extraña alteración de las leyes económicas. Seiscientos millones de dólares autorizados por la Legislatura sobrevolaban la provincia buscando dónde endeudarse, mientras otros doscientos cincuenta millones prometidos por Vicuña descendían lentamente desde la cordillera sin que nadie pudiera todavía tocarlos. Eran ochocientos cincuenta millones de dólares en estado de gracia. No estaban todos en las arcas, pero ya alcanzaban para construir media provincia en los discursos. Los funcionarios dijeron que aquello no era un milagro. Era planificación.

Cuando San Marcelo llegó a la cima, contempló la provincia, levantó las manos y comenzó.

—Bienaventurados los que creen en los anuncios, porque de ellos será el reino del futuro incierto.

Hubo aplausos. Los discípulos habían comprendido hacía tiempo que la fe política sanjuanina posee características particulares. Ya no consiste en creer sin ver. Consiste en ver un render y creer que uno acaba de visitar la obra.

—Bienaventurados los que contemplan una maqueta y ven un edificio terminado, porque su imaginación será recompensada.

Entonces ocurrió el primer milagro. Un ministro abrió una computadora y aparecieron rutas, escuelas, mercados, parques industriales y centros logísticos. Había árboles enormes, vehículos circulando y familias sonrientes. Una señora paseaba un perro frente a un edificio que todavía no tenía presupuesto. Todo era perfecto, salvo por el detalle de que nada existía fuera de la pantalla. Pero tampoco conviene exigir demasiado a los milagros.

San Marcelo prosiguió.

—Bienaventurados los que escuchan la palabra desarrollo y no preguntan cuánto, cuándo ni cómo, porque serán llamados ciudadanos positivos.

—Bienaventurados los que conocen un convenio por los diarios y no necesitan leerlo, porque han comprendido que la transparencia también puede ser un acto de fe.

Un hombre levantó la mano y los asesores se pusieron nerviosos.

—Señor, ¿y si queremos conocer los documentos?

Hubo un silencio incómodo. San Marcelo lo miró con misericordia.

Hombre de poca fe, ¿por qué necesitas leer aquello que ya te hemos contado?

Y ocurrió el segundo milagro. La información pública se convirtió en revelación privada. Los escribas tomaron nota, aunque algunos prefirieron no escribir demasiado.

San Marcelo continuó.

—Bienaventurados los productores vitivinícolas que esperan, porque sus uvas volverán al mundo.

Un viñatero curtido por el sol levantó la cabeza. Llevaba tantos años escuchando hablar del futuro que comenzaba a sospechar que el futuro era un funcionario.

—¿Y nosotros qué hacemos mientras tanto?

El viento dejó de soplar. Un ministro miró el horizonte, otro revisó el teléfono y un tercero descubrió repentinamente que tenía una reunión. El presente nunca había sido la parte más sólida del Evangelio.

Porque el gran descubrimiento doctrinario del orregismo fue comprender que gobernar el futuro resulta considerablemente más sencillo que administrar el presente. El futuro no protesta, no presenta pedidos de informes, no tiene persianas bajas ni pregunta por rentabilidad. Tampoco cobra salarios ni vence el día diez. El futuro es un ciudadano ejemplar.

San Marcelo, además, dominaba aquel tiempo verbal como pocos. San Juan tendrá, San Juan será, San Juan recibirá, San Juan exportará, San Juan crecerá. Cada vez que pronunciaba uno de esos verbos aparecía una obra en el horizonte. Duraba aproximadamente lo mismo que el aplauso. Abajo, mientras tanto, el presente seguía haciendo cuentas.

En un rincón, María Magdalena se retocaba el maquillaje mientras multiplicaba netbooks entre los docentes. No alcanzaban para convertir la educación en un milagro, pero alguien había descubierto que, cerca de las elecciones, toda computadora podía aspirar a convertirse en voto. Los maestros recibían las máquinas mientras los apóstoles anotaban cuidadosamente la entrega. San Marcelo observó la escena desde el cerro y sonrió. Al fin y al cabo, hasta en las Escrituras los milagros necesitaban testigos.

Entonces levantó nuevamente las manos.

—Bienaventurados los que reciben una computadora y creen haber recibido educación, porque confundir una herramienta con un resultado requiere una fe considerable.

Después miró hacia los departamentos.

—Bienaventurados los que descubrieron su destino estratégico, porque unos serán zonas francas, otros centros logísticos y todos estarán ubicados misteriosamente en el centro del mundo.

Aquello sí fue un milagro geográfico. Después de siglos permaneciendo exactamente en el mismo lugar, varios departamentos sanjuaninos descubrieron de pronto que poseían una posición geopolítica extraordinaria. Jáchal podía ser zona franca minera, Pocito descubría su vocación logística y otros serían nodos productivos, comerciales, industriales y de servicios.

Un asesor desplegó entonces un mapa. San Juan aparecía en el centro, Chile quedaba a la izquierda, Brasil a la derecha, Buenos Aires un poco más abajo y pasando Valle Fértil figuraba Shanghái.

Nadie preguntó quién había dibujado aquello. La fe también consiste en no discutir la cartografía. A este ritmo, antes de las elecciones solamente faltará anunciar un puerto de aguas profundas junto al monumento al Gaucho.

San Marcelo siguió con su sermón.

—Bienaventurados los funcionarios que llaman proceso a la demora, desafío al problema, reconversión a la crisis y transformación a la promesa, porque ellos dominan la lengua oficial del Reino.

Los ministros sonrieron. Finalmente llegaba una parte del Evangelio que conocían de memoria.

—Bienaventurados los asesores, porque cuando algo salga bien habrá sido planificación y cuando salga mal habrá sido culpa de la Nación, la herencia recibida, la oposición, la economía mundial, el cambio climático o algún periodista malintencionado.

—Bienaventurados los periodistas que jamás incomodan al poder, porque de ellos será el reino de la pauta.

Dicen que en ese preciso instante varios teléfonos comenzaron a vibrar y recibir transferencias. Fue el tercer milagro.

—Bienaventurados los que ayer criticaban al poder y hoy lo acompañan, porque han conocido el misterio de la conversión.

Algunos peronistas y kirchsneristas presentes evitaron mirarse.

—Bienaventurados los dirigentes que desaparecieron después de las últimas elecciones y regresarán antes de las próximas, porque la resurrección también existe en la política sanjuanina.

Entonces comenzaron a aparecer políticos por todos lados. Salían de oficinas, estudios jurídicos, directorios y fotografías antiguas. Algunos llevaban años sin hablar de pobreza, producción o educación, pero aquella mañana despertaron profundamente preocupados por los sanjuaninos. Los milagros electorales siempre fueron difíciles de explicar.

San Marcelo levantó nuevamente una mano.

—Bienaventurados los que prometen para 2027, 2028, 2030 y 2035, porque cuanto más distante sea la fecha, menos gente recordará quién hizo la promesa.

La multitud reía hasta que desde el fondo apareció nuevamente el hereje.

—Marcelo.

Los discípulos se inquietaron.

—¿Qué quieres?

—Preguntar por el presente.

Aquello sí era peligroso. Preguntar por el futuro estaba permitido porque para eso existían los anuncios. Preguntar por el pasado podía resolverse culpando al gobierno anterior. Pero preguntar por el presente colocaba al Evangelio frente a un problema teológico bastante serio.

El presente era responsabilidad de San Marcelo.

El hombre preguntó por la producción, las bodegas, los comercios, los salarios, las obras y los documentos. Preguntó cuánto dinero había llegado realmente y cuánto seguía viviendo en aquella comarca maravillosa donde habitan las promesas.

Nadie lo crucificó. Los tiempos habían cambiado.

Simplemente dijeron que era un kuka.

Era más barato y no requería madera.

La multitud comenzó a bajar del Cerro Colorado. Los fotógrafos seleccionaron las mejores imágenes, los asesores corrigieron los titulares y los escribas anunciaron que San Juan acababa de ingresar, por enésima vez, en una etapa histórica.

Entonces ocurrió el último milagro. Las rutas desaparecieron, los edificios regresaron a los renders, los millones volvieron a los anuncios, los mercados internacionales cerraron sus puertas imaginarias y Shanghái regresó lentamente a Asia.

Abajo seguía San Juan. El verdadero. El que trabaja, produce, vende, enseña, paga impuestos y llega a fin de mes sin departamento de Comunicación.

San Marcelo permaneció unos minutos contemplando el horizonte. Quizá entonces recordó aquello que ningún asesor había incluido en el sermón.

Toda religión necesita fe. Toda política necesita relato. Pero toda democracia necesita memoria.

Y tarde o temprano llega el Juicio Final.

En San Juan no habrá trompetas ni ángeles.

Habrá urnas.

Entonces San Marcelo ya no podrá decir:

—Crean.

Tendrá que decir:

—Esto hice.

Porque existe una última bienaventuranza que ningún gobierno consiguió todavía derogar:

Bienaventurados los pueblos que conservan la memoria, porque pueden prometerles el paraíso, pero siguen siendo ellos quienes deciden con su voto quién entra a la Casa de Gobierno.

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