En épocas electorales los políticos desarrollan una capacidad extraordinaria para descubrir problemas que llevan años viviendo al lado de ellos. También descubren soluciones. Algunas propias, otras recicladas y no pocas rescatadas de algún viejo proyecto al que basta cambiarle el nombre, agregarle dos términos comerciales y presentarlo como una idea revolucionaria.
Ahora Pocito quiere convertirse en un nodo logístico para distribuir palta chilena.
La iniciativa impulsada por la gestión de Fabián Aballay busca conectar productores de la Región de Coquimbo con importadores locales, reducir intermediarios y recibir cargamentos mínimos de 22 toneladas. La presentación tiene todas las palabras que suelen quedar bien en un comunicado oficial: integración, logística, comercio exterior, competitividad y desarrollo.
Falta una bastante importante.
Producción.
Chile produce la palta. El empresario chileno la vende. El exportador factura. El transportista cobra. El despachante cobra. El importador argentino compra. El distribuidor agrega su margen y finalmente el comerciante vuelve a agregar el suyo.
¿Y Pocito?
Pocito pone el estacionamiento.
No tengo nada contra la palta chilena. Importar aquello que otro país produce competitivamente forma parte del comercio internacional. El problema no es la importación en sí misma. El problema es presentar una operación de importación como si fuera una estrategia de desarrollo productivo local.
Un departamento no se industrializa porque descarguen allí un camión extranjero. Tampoco se transforma mágicamente en nodo logístico porque sirva como lugar de encuentro entre quienes producen afuera y quienes quieren comprar adentro.
Un verdadero nodo logístico necesita infraestructura, depósitos, cámaras de frío, tecnología, clasificación, maduración, consolidación de cargas, servicios aduaneros, transporte regional y empresas capaces de generar empleo alrededor de esas actividades.
Sobre todo necesita capturar valor.
Si Chile produce, una empresa chilena exporta, un privado argentino importa y otros privados distribuyen y venden, la pregunta es bastante sencilla.
¿Cuánto dinero queda en Pocito?
Porque una cosa es producir riqueza en Pocito y otra muy distinta que la riqueza simplemente pase por Pocito.
La discusión se vuelve todavía más interesante porque uno de los funcionarios involucrados es Andrés Díaz Cano, actual responsable de la Agencia de Desarrollo Económico Local y exministro de Producción y Desarrollo Económico de San Juan.
Y aquí la memoria importa.
Díaz Cano tuvo seis años al frente de la producción provincial. Tuvo cargo, estructura administrativa, presupuesto y tiempo. Por eso su gestión no debería juzgarse por discursos sino por resultados. Y en Pocito queda una pregunta inevitable.
¿Qué transformación estructural experimentó su Parque Industrial durante aquellos años?
En 2020 todavía se buscaba financiamiento para mejorar la infraestructura de parques industriales, incluido el de Pocito. Dos años después seguían apareciendo necesidades elementales vinculadas con iluminación, agua, riego, vigilancia y seguridad. Más tarde, ya desde el municipio, hubo que volver a intervenir sobre iluminación, cartelería, cierre perimetral, espacios comunes y abastecimiento de agua.
Ese antecedente vuelve inevitable la paradoja. Quien tuvo durante años responsabilidades sobre el desarrollo productivo provincial aparece ahora presentando como oportunidad económica la llegada de palta chilena.
No necesito llamarlo fracaso. Prefiero hacer una pregunta.
¿Dónde está el desarrollo industrial que permita demostrar lo contrario?
Porque Pocito tiene tierra, tradición agrícola, bodegas, olivicultura, horticultura y una ubicación estratégica respecto de Chile. Su discusión económica debería concentrarse en aumentar productividad, incorporar tecnología, industrializar materias primas, crear marcas propias, mejorar canales comerciales y conseguir que la producción pocitana llegue con mayor valor agregado a otros mercados.
El objetivo debería ser llenar camiones para que salgan de Pocito.
No solamente organizar dónde descargarán los que llegan.
Y entonces aparece inevitablemente la política.
Cuando se acercan las elecciones ocurre un fenómeno extraordinario. Los políticos no solamente descubren proyectos.
También aprenden palabras.
De pronto hablan de hub logístico, zona franca, competitividad, integración regional, cadena de valor, internacionalización, clúster productivo, ventajas comparativas y comercio exterior. Términos habituales entre especialistas y empresas comienzan a circular con sorprendente naturalidad por los despachos municipales.
El problema es que aprender una palabra no significa comprender un concepto.
Un nodo logístico no es un lugar donde estacionan camiones. Una cadena de valor no consiste en conseguir que alguien compre lo que otro produce. Integración comercial no significa solamente importar. Y desarrollo productivo, definitivamente, no es cambiar intermediarios para vender palta chilena en San Juan.
Pero las palabras técnicas tienen una ventaja electoral formidable.
Suenan importantes.
Una reunión con empresarios se convierte en una «mesa estratégica». Un viaje pasa a ser una «misión comercial». Un depósito puede transformarse en un «centro de distribución regional». Dos comerciantes intercambiando teléfonos constituyen una «ronda de negocios». Y si conseguimos que un camión atraviese la cordillera, siempre habrá alguien dispuesto a bautizarlo «corredor internacional».
El idioma soporta casi todo.
La economía, bastante menos.
Porque después de pronunciar hub, clúster y cadena de valor aparece una pregunta vulgar que suele arruinar cualquier conferencia de prensa.
¿Quién gana dinero y cuánto queda en Pocito?
Ahí termina la terminología y empieza el desarrollo económico.
Y ahí también conviene abandonar durante unos minutos el vocabulario aprendido para la ocasión y preguntar por números.
Señor Aballay, señor Díaz Cano: ¿cuántas empresas se instalarán? ¿Cuántos empleos se crearán? ¿Cuánto capital privado se invertirá? ¿Qué infraestructura quedará en Pocito? ¿Quién financiará las operaciones? ¿Quién asumirá los riesgos? ¿Cuánto facturarán las empresas pocitanas? ¿Qué productos locales viajarán hacia Chile?
Porque la integración con Coquimbo podría ser extraordinariamente beneficiosa si funciona en las dos direcciones.
Que entren paltas chilenas.
Perfecto.
Pero que regresen los camiones cargados de vinos, pasas, aceite de oliva, conservas, hortalizas y productos elaborados en Pocito. Que los empresarios chilenos no vengan solamente a buscar compradores sanjuaninos. Que encuentren también proveedores.
Eso sería integración.
Porque existe una diferencia enorme entre ser mercado y conquistar mercados.
El primero compra la riqueza que producen otros.
El segundo produce riqueza para que otros la compren.
Pocito necesita desarrollo comercial y necesita aprovechar su cercanía con Chile. Pero difícilmente una estrategia de desarrollo pueda descansar en vender aquello que producen los demás mientras sus propios problemas productivos e industriales continúan esperando soluciones.
Tal vez algún día Pocito sea realmente un gran nodo logístico regional.
Ojalá.
Por ahora la palta es chilena, el negocio será de quienes la compren y la vendan, y Pocito corre el riesgo de poner solamente el estacionamiento.
Porque un político puede aprenderse la expresión nodo logístico durante el viaje hasta una conferencia de prensa.
Construir uno lleva algunos años más. Y exige bastante más que una foto y un camión chileno estacionado en Pocito.














