Ayer cometí uno de esos errores que todavía cometemos quienes conservamos alguna curiosidad periodística. Me puse a mirar las redes.
No buscaba nada extraordinario. Quería saber qué estaba ocurriendo en San Juan. Abrí Facebook, recorrí portales, volví un rato después y repetí el procedimiento. Entonces descubrí un fenómeno que, por su regularidad, merecería ser estudiado por físicos, teólogos y contadores públicos.
Cada media hora aparecía Marcelo Orrego.
Marcelo inauguraba. Marcelo anunciaba. Marcelo recorría. Marcelo recibía. Marcelo gestionaba. Marcelo sonreía. Marcelo dialogaba. Marcelo supervisaba. Marcelo proyectaba el San Juan del futuro, porque el presente, evidentemente, puede esperar.
Pensé que se trataba del algoritmo.
Después pensé que quizá el algoritmo también cobraba pauta.
Así que hice lo que corresponde cuando uno encuentra un fenómeno extraño. Me puse a investigar.
Encontré entonces un dato bastante menos espiritual. Una investigación publicada en febrero de este año, basada en resoluciones provinciales, estimó que solamente entre octubre y diciembre de 2024 el Gobierno de San Juan destinó alrededor de cinco mil millones de pesos a publicidad oficial.
Cinco mil millones.
Después comprendí que quizá estaba formulando mal la pregunta. No debía preguntarme por qué Marcelo aparecía cada treinta minutos. Debía preguntarme cuánto cuesta que desaparezca durante treinta y uno.
Fue entonces cuando imaginé la redacción de uno de esos medios fervorosamente oficialistas. Allí trabaja un hombre al que llamaré periodista por razones estrictamente narrativas. No estudió periodismo. Tampoco parece particularmente interesado en practicar el oficio y, a juzgar por cómo escribe, el oficio tampoco parece demasiado interesado en él. Pero posee una virtud mucho más apreciada en determinadas redacciones: jamás permite que una pregunta arruine una buena relación institucional.
Llega temprano. Enciende la computadora. Abre el correo. Revisa WhatsApp. Mira las novedades de prensa que el Gobierno se encarga de enviar.
Y antes de comenzar su jornada realiza una ceremonia que aprendió después de años de proximidad al poder. Se pone de pie frente a una fotografía del gobernador, inclina ligeramente la cabeza y reza.
Gobernador nuestro que estás en Casa de Gobierno,
santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu pauta.
Hágase tu voluntad en nuestra portada como en nuestras redes.
Danos hoy nuestra noticia de cada media hora.
Perdona nuestras preguntas, así como nosotros perdonamos tus silencios.
No nos dejes caer en la investigación.
Y líbranos del pedido de acceso a la información.
Amén.
Después comienza el trabajo. A las ocho llega el primer comunicado. Orrego recorrió una obra.
Publicar.
A las ocho y treinta aparece otro. Orrego destacó la importancia del desarrollo.
Publicar.
A las nueve, una fotografía. Orrego recibió a representantes de una institución.
Publicar.
A las nueve y media todavía no llegó nada y nuestro hombre comienza a inquietarse. Mira el teléfono. Actualiza el correo. Consulta el grupo de prensa. Nada. Han pasado veintisiete minutos sin Marcelo.
La democracia peligra.
Finalmente vibra el celular. El gobernador se consolida entre los mandatarios mejor valorados del país.
Nuestro hombre sonríe aliviado. El milagro ha ocurrido, hay Marcelo para otra media hora.
Publicar.
El problema no es que un gobierno comunique. Debe hacerlo. Los actos públicos deben conocerse y la ciudadanía tiene derecho a saber qué hacen quienes administran sus recursos.
El problema comienza cuando informar al ciudadano se confunde con construir diariamente al gobernante. Cuando la noticia deja de responder a qué ocurrió y comienza a responder a dónde ponemos hoy a Marcelo.
Entonces sucede algo curioso. Una reunión ordinaria se transforma en gestión histórica. Una recorrida se convierte en compromiso con los sanjuaninos. Una firma adquiere dimensiones fundacionales. Una computadora entregada parece el descubrimiento de la imprenta y cualquier anuncio sobre algo que ocurrirá dentro de cinco años adquiere inmediatamente categoría de revolución productiva.
Mientras tanto, algunas preguntas envejecen.
¿Cuánto se paga exactamente en publicidad oficial?
¿Cómo se distribuye?
¿Qué criterios objetivos determinan cuánto recibe cada medio?
¿Cuánto recibe cada portal?
¿Cuánto cuestan las campañas en redes?
¿Cuánto dinero público se necesita para conseguir que un gobernador aparezca tantas veces delante de nuestros ojos que terminemos creyendo que omnipresencia y gestión son sinónimos?
Esas noticias parecen tener peor algoritmo.
Nuestro seudoperiodista tampoco se preocupa demasiado. Ha comprendido una verdad elemental del oficio moderno. Investigar lleva días. Copiar un comunicado lleva cuatro minutos. Y, además, investigar puede resultar económicamente inconveniente.
Por eso, antes del almuerzo, vuelve a rezar.
Danos hoy nuestra pauta cotidiana.
No permitas, Señor Gobernador, que tengamos que vivir de nuestros lectores.
Protégenos del pensamiento crítico.
Aleja de nuestra redacción la tentación de preguntar cuánto costó.
Haz que cada anuncio parezca una política de Estado, cada fotografía una noticia y cada promesa una realidad consumada.
Si alguna obra se demora, concédenos la sabiduría necesaria para llamarla proyecto estratégico.
Si algún convenio permanece oculto, danos prudencia para no pedirlo.
Si alguien reclama información pública, danos un funcionario dispuesto a explicarnos que todo es transparente sin necesidad de mostrarnos nada.
Y si llegan las elecciones, Señor, multiplica los comunicados como alguna vez se multiplicaron los panes y el vino.
Amén.
La escena sería solamente graciosa si no existiera detrás un problema bastante serio.
La publicidad oficial es necesaria. Lo discutible es que pueda transformarse en una herramienta capaz de alterar el ecosistema periodístico. Porque cuando una porción significativa de los ingresos de un medio depende del mismo poder que debería controlar, la independencia deja de ser solamente una cuestión ética.
También pasa a ser una cuestión contable.
No hace falta llamar a un periodista para pedirle que calle. Hay métodos bastante más elegantes. A veces alcanza con que conozca la fecha de vencimiento de sus facturas.
Por eso, después de pasar horas mirando publicaciones, comprendí que quizá aquellas noticias repetidas cada treinta minutos no estaban contando únicamente la actividad del gobernador.
Estaban contando otra historia.
La historia de un sistema donde Gobierno, comunicación, publicidad y periodismo pueden acercarse tanto que llega un momento en que resulta difícil distinguir dónde termina el comunicado oficial y dónde comienza la noticia.
Cerré Facebook. Habían pasado unos minutos.
Cuando volví a abrirlo, Marcelo estaba otra vez allí.
Sonriendo.
Entonces entendí que nuestro seudoperiodista ya había terminado su oración y que, aparentemente, había sido escuchada.














