Hay instituciones que sobreviven porque saben adaptarse a la historia. La Iglesia católica consiguió algo bastante más extraordinario: adaptar la historia a sus necesidades y después pasar la canasta.
Dos mil años después de aquel carpintero de Galilea que recomendaba no acumular tesoros en la tierra, sus administradores argentinos descubrieron que recibir al papa León XIV exige infraestructura, logística, comunicación, servicios y, naturalmente, dinero. Mucho más terrenal que celestial.
Por eso los obispos convocaron una Colecta Nacional Imperada para colaborar con los gastos de la visita pontificia. La expresión es maravillosa. No es una colecta cualquiera. Es «imperada». Hasta la limosna adquirió rango administrativo.
Uno imagina a Cristo entrando en Jerusalén sobre un burro mientras Judas corre detrás con una calculadora explicando que el animal, las hojas de palma, las vallas, la seguridad y la transmisión televisiva no se pagan solas.
La Iglesia dice que quiere recibir al Papa «como recibimos a un ser querido en nuestra casa». Con una pequeña diferencia. El invitado no es un primo que llega desde Catamarca con una valija. Es también jefe de Estado. León XIV gobierna el Estado de la Ciudad del Vaticano, constituido en 1929 mediante los Pactos de Letrán para garantizar la soberanía de la Santa Sede.
Pero la alcancía la ponemos nosotros.
Y aquí comienza la parte verdaderamente celestial, porque el Vaticano tiene hasta banco.
Bueno, para evitar que algún canonista sufra una crisis de fe, técnicamente se llama Instituto para las Obras de Religión, el famoso IOR. No funciona exactamente como un banco comercial convencional, pero administra activos y presta servicios financieros a instituciones y personas vinculadas con la Iglesia.
La institución fundada alrededor de un hombre que expulsó a los mercaderes del templo terminó teniendo servicios financieros dentro del Vaticano. Hay ironías que ningún escritor podría mejorar.
Imagino al feligrés argentino colocando cinco mil pesos en la canasta mientras, a más de once mil kilómetros, el Instituto para las Obras de Religión continúa administrando tranquilamente sus activos.
Milagro de la multiplicación, pero de las cuentas.
La relación de la Iglesia con el dinero viene de lejos. Los primeros cristianos compartían sus bienes. Después llegaron propiedades, monasterios, tierras, diezmos y Estados Pontificios. Finalmente apareció un Estado propio. La pobreza había progresado notablemente.
Durante siglos la Iglesia comprendió algo que los economistas sistematizarían mucho después, la fe también genera flujo de caja. El diezmo convirtió la contribución religiosa en institución económica. Siglos más tarde, los abusos vinculados con las indulgencias serían uno de los grandes detonantes de la Reforma protestante. La construcción de la basílica de San Pedro quedó asociada precisamente a aquella maquinaria financiera y religiosa que indignó a Martín Lutero.
Antes se contribuía pensando en reducir las penas del purgatorio. Ahora se contribuye para pagar las vallas.
Hay progreso.
Y quizá aquí deba abandonar por unas líneas al cronista y hablar simplemente como hombre.
Por eso creo en el Dios de Spinoza. No en un Dios sentado detrás de un escritorio celestial llevando la contabilidad de mis pecados. No en un Dios que necesite intermediarios, vestimentas, jerarquías, palacios, cuentas bancarias o un instituto financiero con sede en el Vaticano.
Deus sive Natura. Dios, o la Naturaleza.
El Dios de Spinoza no necesita que alguien cobre peaje para acercarse a él. Está en la naturaleza, en el universo, en la totalidad de lo existente. Por eso desconfío de las sectas e instituciones cristianas que se proclamaron administradoras de la fe y que demasiadas veces, con su propio ejemplo, terminaron desgraciando aquello que decían defender.
Mi problema nunca fue necesariamente con Dios. Fue con sus gerentes. Con quienes patentaron su interpretación, establecieron sucursales, redactaron dogmas y durante siglos convencieron al hombre de que para conversar con el infinito debía pasar primero por ventanilla.
Porque resulta difícil escuchar sermones sobre humildad pronunciados desde palacios. Cuesta recibir lecciones sobre pobreza de instituciones que acumularon patrimonio durante siglos, o discursos sobre moral de estructuras que demasiadas veces protegieron su autoridad cuando debieron proteger a las víctimas de sus propios escándalos.
A veces pienso que no fueron los ateos quienes hicieron más difícil creer. Fueron algunos creyentes profesionales.
Argentina agrega su propia paradoja. El artículo 2 de la Constitución todavía establece que «el Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano». No convierte al país en una teocracia, pero conserva la huella de una relación privilegiada entre Iglesia y Estado.
Y ese vínculo tuvo consecuencias materiales. Durante la última dictadura, la Ley 21.950 estableció asignaciones para arzobispos y obispos equivalentes al 80% de la remuneración de un juez nacional de primera instancia. Otra norma contempló asignaciones para sacerdotes de determinadas parroquias de frontera.
El Reino de los Cielos podrá no ser de este mundo. La partida presupuestaria, evidentemente, sí.
Por eso el problema de esta colecta no es que un católico entregue voluntariamente su dinero. Tiene absoluto derecho a hacerlo. La pregunta es otra: ¿por qué una institución que predica permanentemente el desprendimiento necesita recurrir nuevamente al bolsillo del feligrés para financiar la recepción de su máxima autoridad?
Sobre todo en la Argentina de 2026, donde hay jubilados contando medicamentos, familias reduciendo compras, trabajadores endeudados y comedores buscando alimentos. Las parroquias conocen esa realidad porque la contemplan todos los días. Y en medio de ese paisaje alguien tuvo una revelación pastoral extraordinaria, hace falta una colecta para recibir al Papa.
Los obispos llaman al aporte «una expresión concreta de comunión». Ahí aparece nuevamente el formidable talento semántico de la Iglesia. El dinero nunca es dinero. Es comunión, solidaridad, esperanza, participación.
Un banco te pide dinero y lo llama depósito. El Estado te lo exige y lo llama impuesto. La Iglesia te lo pide y consigue que además agradezcas espiritualmente la oportunidad de entregarlo.
Dos mil años de marketing no pasan en vano.
La visita de León XIV puede ser un acontecimiento histórico y merece una recepción digna. Pero precisamente por eso sería una extraordinaria oportunidad para practicar aquello que la Iglesia lleva veinte siglos recomendando a los demás, desprenderse.
Que la estructura eclesiástica financie la recepción. Que aparezcan primero sus recursos y después el bolsillo del creyente. Incluso podrían llamar al Instituto para las Obras de Religión.
Tienen el número.
Sería revolucionario que el Papa llegara con ceremonias austeras y que el dinero de la colecta se destinara a comedores, ancianos o familias necesitadas. Probablemente sería mucho más cristiano, aunque bastante menos romano.
Yo seguiré prefiriendo al Dios de Spinoza. Aquel que no necesita templos para existir, intermediarios para escuchar, dogmas para imponerse ni un instituto financiero para administrar la eternidad.
Porque quizá el mayor problema de las religiones nunca haya sido Dios. Ha sido la extraordinaria cantidad de hombres que descubrieron que podían vivir en su nombre.
Mientras tanto, pasarán la canasta.
Dios proveerá.
Pero, por las dudas, usted deposite.
El IOR agradece su colaboración.














