Hay campañas electorales que empiezan con un acto. Otras comienzan con una entrevista. En San Juan, da la impresión de que la campaña comenzó mucho antes de que el calendario la autorizara.
Las declaraciones del ministro Gustavo Fernández, asegurando que Marcelo Orrego será nuevamente gobernador en 2027, no sorprenden por el respaldo político. Sería extraño que un ministro dijera lo contrario. Lo verdaderamente interesante es el momento elegido para hacerlo.
Cuando un gobierno empieza a hablar más de la próxima elección que de los problemas del presente, es porque entiende que el mayor desafío ya no es gobernar, sino construir un relato.
Toda administración tiene derecho a defender su gestión. Lo que no puede hacer es pretender que el discurso sustituya a la realidad.
Porque la realidad es menos amable que las entrevistas.
La provincia continúa discutiendo salarios docentes que siguen perdiendo contra la inflación. Los hospitales enfrentan dificultades cotidianas. La infraestructura prometida todavía espera transformarse en obras terminadas. El agua continúa siendo uno de los grandes desafíos estratégicos de San Juan. Mientras tanto, el Gobierno pidió autorización para un fuerte endeudamiento bajo la promesa de financiar el desarrollo futuro.
Nada de eso desaparece porque un funcionario anuncie una reelección con más de un año de anticipación.
También llama la atención otra constante.
Cada vez que aparecen cuestionamientos sobre la gestión, la respuesta oficial suele ser la misma: mostrar viajes, anuncios, rankings, inversiones futuras o grandes promesas. Sin embargo, los ciudadanos viven otra experiencia. La evaluación de un gobierno no se hace en los discursos. Se hace cuando una familia llega a fin de mes, cuando un docente cobra su sueldo, cuando un comerciante abre su persiana o cuando un joven decide si debe quedarse en San Juan o buscar oportunidades en otra provincia.
Un gobierno puede controlar parte del relato.
No puede controlar la experiencia cotidiana de miles de personas.
Por eso resulta prematuro presentar como un hecho consumado una reelección que todavía depende de una sociedad que observa, compara y recuerda.
La política suele cometer un error recurrente. Confunde la lealtad de los funcionarios con la voluntad de los ciudadanos. Son dos cosas completamente distintas.
Es lógico que un ministro elogie a quien lo nombró. Lo que todavía falta conocer es qué dirán los sanjuaninos cuando llegue el momento de votar.
Porque la confianza no se decreta.
Se construye.
Y, sobre todo, se demuestra.
Si la gestión realmente es excelente, no necesitará instalar una campaña anticipada para convencer a nadie. Serán los resultados quienes hablen por ella.
Pero cuando el discurso comienza a ocupar el lugar que deberían ocupar los hechos, la campaña deja de ser una consecuencia de una buena gestión y empieza a parecer un intento por anticiparse al juicio de la realidad.
Las elecciones no se ganan en un estudio de televisión ni en una entrevista entre dirigentes en un medio pautado. Se ganan en la memoria de los ciudadanos.
Y la memoria suele ser mucho menos complaciente que la propaganda.














