Ayer murió un gran amigo. Pero escribir “murió” me resulta demasiado definitivo para alguien que seguirá regresando cada vez que una bandera argentina se levante frente al viento, cada vez que llegue abril, cada vez que una vigilia vuelva a encender la memoria de Malvinas.
Se llamaba Pedro Marín.
Era veterano. Era un héroe de Malvinas.
Y era mi amigo.
Lo conocí en campaña, cuando coincidimos en una causa que para él no era una consigna sino una misión que llevaba marcada en la vida, malvinizar la historia. Contarles a las nuevas generaciones qué ocurrió, impedir que el tiempo convierta a Malvinas solamente en un capítulo de manual escolar, hacer que nuestros jóvenes comprendan que hay territorios que también se defienden con la memoria.
Porque las Malvinas no terminan donde acaba un mapa.
También existen en la memoria de quienes estuvieron allí, en los nombres de quienes no regresaron, en las familias que esperaron, en las cruces, en el frío, en el mar, en una bandera y en esos veteranos que volvieron para librar otra batalla mucho más larga; la batalla contra el olvido.
En una de aquellas charlas ocurrió algo que nunca olvidé. Entre códigos que solamente algunas conversaciones consiguen construir, le dije que era peruano.
No hizo falta explicar demasiado.
Me abrazó.
Pero no fue un abrazo protocolar ni circunstancial. Fue uno de esos abrazos que dicen cosas que las palabras arruinan cuando intentan explicarlas. Me abrazó con el cariño de un hermano.
Quizás porque Malvinas también conserva una historia de afectos que atraviesa fronteras. Quizás porque en aquel abrazo estaban Argentina, Perú y una memoria latinoamericana que muchas veces los gobiernos olvidan, pero los pueblos conservan.
Desde entonces nació un cariño sencillo y profundo.
Nunca falté a la vigilia.
Y allí estaba siempre nuestro abrazo.
Año tras año.
Mientras la noche avanzaba, mientras las banderas se movían con el viento y el recuerdo regresaba inevitablemente hacia aquellas islas del Atlántico Sur, nos encontrábamos otra vez. No necesitábamos grandes discursos. A veces la amistad tiene sus propios códigos y un abrazo puede contener una conversación completa.
Hoy ese abrazo me falta.
Hoy no pude despedirte.
Y me duele.
Me queda esa sensación extraña que dejan quienes se marchan antes de que podamos decirles una última palabra. Uno quisiera llegar, estrecharles nuevamente la mano, abrazarlos y decirles algo memorable. Pero casi nunca ocurre así. La muerte tiene la pésima costumbre de no consultar nuestras agendas ni respetar nuestros pendientes.
Entonces uno comprende que la verdadera despedida ocurrió mucho antes, sin que lo supiéramos.
Tal vez fue aquel último abrazo.
Tal vez aquella última vigilia.
Tal vez una conversación cualquiera que ahora, desde la ausencia, adquiere un significado distinto.
Prefiero recordarte allí.
De pie.
Veterano.
Amigo.
Con la historia de Malvinas caminando contigo.
Porque algunos hombres regresaron de una guerra, pero jamás abandonaron aquellas islas. Se trajeron una parte de ellas en la mirada, en los silencios, en los recuerdos y en esa responsabilidad que asumieron de contarles a los demás lo que había sucedido.
Por eso malvinizar nunca fue enseñar solamente una guerra. Era enseñar memoria. Era explicar soberanía. Era hablar de quienes quedaron. Era mantener encendida una pequeña llama para que las generaciones que nacieron mucho después de 1982 comprendieran que existen causas que no pertenecen únicamente al pasado.
Ahora te toca entrar definitivamente en esa memoria que defendiste.
Y quiero imaginar algo.
Quiero pensar que existe algún territorio reservado para los soldados después de la muerte. Un lugar sin trincheras, sin frío, sin órdenes, sin disparos. Quizás allí estén esperando los compañeros que quedaron en las islas.
Quizás haya también una bandera.
Y quizás el viento del Atlántico Sur siga soplando.
Yo, que no nací argentino, aprendí muchas cosas de esta tierra. Entre ellas comprendí que Malvinas no se explica solamente con coordenadas geográficas. Hay que escuchar a quienes estuvieron allí. Hay que mirar sus ojos cuando cuentan. Hay que acompañarlos en una vigilia. Hay que entender sus silencios.
Tú me ayudaste a comprenderlo.
Y por eso aquel peruano al que un día abrazaste como a un hermano hoy escribe estas palabras con el corazón apretado.
No pude despedirte.
Pero tampoco quiero hacerlo.
Las despedidas sirven para quienes se marchan completamente, y tú permanecerás aquí, entre quienes tuvimos la fortuna de conocerte, en cada vigilia, en cada conversación sobre Malvinas y en cada joven que alguna vez comprenda, gracias a hombres como tú, por qué esas islas continúan habitando la memoria argentina.
Cuando vuelva abril y las banderas regresen a la noche, seguramente buscaré entre la gente aquel abrazo que durante tantos años selló nuestra amistad.
No estarás.
Y, sin embargo, estarás.
Porque hay ausencias que ocupan más espacio que muchas presencias.
Descansa, amigo Pedro.
Descansa, soldado.
Descansa, héroe de Malvinas.
Yo guardaré aquel abrazo.
Y cuando alguna noche la memoria me lleve nuevamente hacia las islas, hacia una vigilia o hacia aquellas conversaciones compartidas, cerraré los ojos.
Nos volveremos a ver en sueños, amigo héroe de Malvinas.














