Hay entrevistas que sirven para conocer a un político. Otras sirven para interrogarlo. Y después están esas conversaciones extraordinariamente cómodas en las que el entrevistado puede atravesar un programa entero sin tropezarse con una sola pregunta peligrosa.
Durante una entrevista en “Entre Vistas”, el programa de Canal 13 San Juan conducido por Leonardo Domínguez, Sergio Miodowsky, intendente de Rivadavia y dirigente del oficialismo provincial, dejó varias definiciones políticas interesantes. Pero dejó algo todavía más interesante: las preguntas que faltaron.
Miodowsky dijo que “Milei necesita a Orrego y a todos los sanjuaninos”.
Era una frase perfecta para una repregunta.
¿En qué lo necesita? ¿Políticamente? ¿En el Congreso? ¿Electoralmente? ¿Para sostener el RIGI? ¿Para conseguir gobernabilidad? ¿O estamos hablando de minería?
No sabemos.
El carro siguió avanzando.
Porque el intendente explicó que Milei necesita a Orrego para que todos “tiremos del mismo carro y vayamos por la misma senda”.
Otra oportunidad maravillosa. ¿Cuál carro? ¿Cuál senda? ¿La de Milei o la de Orrego? Porque si existe semejante coincidencia programática sería interesante saber dónde comienza y dónde termina, especialmente cuando el propio Miodowsky considera al Presidente intolerante y le recomienda moderación.
Pero había una pregunta todavía más incómoda y bastante más cercana al propio intendente.
Meses atrás, Miodowsky celebró que Rivadavia había gestionado ante el Gobierno nacional y recibido 100 millones de pesos no reintegrables destinados a comprar maquinaria para el municipio.
Entonces la repregunta prácticamente se escribía sola.
Intendente, si Milei necesita tanto a Orrego y a los sanjuaninos, ¿cómo debemos interpretar que Rivadavia haya tenido que recurrir a Nación para conseguir 100 millones de pesos?
¿Quién necesita a quién?
No hay nada cuestionable en que un municipio gestione recursos nacionales. Al contrario, un intendente debe buscar financiamiento donde corresponda. Lo interesante es la distancia entre el relato político y la realidad administrativa.
En abril, Rivadavia necesitaba 100 millones de Nación.
En agosto, Milei necesita a Orrego.
La política tiene esas maravillas dialécticas.
Pero la pregunta tampoco apareció.
El carro siguió.
Entonces llegó probablemente la afirmación más extraordinaria de la entrevista. Miodowsky pidió imaginar qué habría sucedido con la minería sanjuanina si Marcelo Orrego no fuera gobernador.
“¿Hubiese podido una empresa de afuera, con capital extranjero, apostar por San Juan en este contexto?”, planteó.
Ahí un periodista tenía delante una puerta enorme. Solamente debía abrirla.
¿Está diciendo, intendente, que las inversiones mineras llegaron gracias a Marcelo Orrego? ¿Vicuña existe gracias a Orrego? ¿Los Azules? ¿Veladero? ¿Gualcamayo? ¿Los proyectos, yacimientos, exploraciones y estudios desarrollados durante años también deberían incorporarse a la biografía política del gobernador?
Nada.
La puerta quedó cerrada.
Las multinacionales mineras no suelen comprometer miles de millones de dólares por simpatía hacia un gobernador. Evalúan recursos, precios internacionales, infraestructura, seguridad jurídica, régimen tributario, rentabilidad y condiciones regulatorias. Existe además un instrumento decisivo para las grandes inversiones que tampoco nació en San Juan; el RIGI nacional.
Orrego puede gestionar, promocionar la provincia, acompañar proyectos y reunirse con inversores. Perfecto. Es parte de su trabajo.
Otra cosa es insinuar que sin él quizá el capital extranjero no habría llegado.
La diferencia entre ambas afirmaciones es gigantesca.
Y precisamente allí debería vivir una entrevista.
En la diferencia.
Miodowsky dijo también que quiere que a Milei le vaya bien porque “si le va bien a él, nos va bien a todos”.
Otra frase servida para la repregunta.
¿A todos?
¿También a las provincias cuando Nación paraliza obra pública? ¿A quienes pierden poder adquisitivo? ¿A los municipios que necesitan recursos nacionales? ¿A Rivadavia cuando necesita gestionar 100 millones ante el mismo Gobierno nacional que, según su intendente, necesita a San Juan?
Porque gobernar no es jugar un partido de fútbol. El éxito de determinadas variables macroeconómicas no significa necesariamente el bienestar simultáneo de millones de personas.
Pero tampoco hubo demasiada incomodidad.
Y ahí aparece el verdadero asunto.
No cuestiono que un periodista entreviste a un intendente oficialista, que permita desarrollar sus ideas o que mantenga respeto. Cuestiono esa extraña confusión contemporánea entre respeto y comodidad.
Una entrevista periodística no debería ser una emboscada, pero tampoco una sesión de spa.
El periodista no está obligado a pelearse con el entrevistado. Está obligado a escucharlo. Y escuchar significa detectar contradicciones, pedir precisiones, contrastar afirmaciones y formular esa segunda pregunta que muchas veces resulta más importante que la primera.
La primera pregunta abre la puerta.
La repregunta descubre qué había detrás.
Eso no es hostilidad.
Es periodismo.
Walter Lippmann advirtió hace más de un siglo sobre la distancia entre el mundo real y las imágenes que construimos sobre él. La política aprendió perfectamente esa lección. Fabrica relatos, consignas, fotografías, anuncios y frases suficientemente contundentes para convertirse en titulares.
“Milei necesita a Orrego” es un excelente titular.
El problema comienza cuando el periodismo se conforma con el titular.
Porque entonces el entrevistador deja de funcionar como intermediario crítico entre el poder y la sociedad y corre el riesgo de convertirse, quizá involuntariamente, en vehículo del mensaje que el político quería colocar.
No hace falta censurar. No hace falta ordenar preguntas. Ni siquiera hace falta pedir complacencia.
Alcanza con que nadie haga la pregunta siguiente.
Miodowsky salió diciendo que Milei necesita a Orrego, que San Juan ocupa un lugar determinante por la minería, que hay que construir acuerdos políticos amplios y que al Presidente le vendría bien moderar las formas.
Todo perfectamente razonable.
Todo perfectamente televisable.
Todo perfectamente cómodo.
Tal vez por eso, después de leer la entrevista, me quedó una duda que ya no tiene demasiado que ver con Sergio Miodowsky.
Tiene que ver con el periodismo.
Si el poder puede sentarse frente a un periodista, explicar su propio relato, atribuirse méritos y marcharse sin que una contradicción lo obligue siquiera a detenerse unos segundos para pensar qué responder, entonces quizá ya no estamos entrevistando al poder.
Estamos alcanzándole el micrófono.














