Hay personajes que sobreviven más que los imperios.
No porque hayan sido héroes, sino porque representan un defecto humano que nunca desaparece. Homero lo descubrió hace casi tres mil años cuando escribió La Ilíada. Entre Aquiles, Héctor y Ulises introdujo a un hombre muy distinto. No era el más valiente. Tampoco el más inteligente. Ni siquiera el más influyente. Era Tersites, el bravucón que confundía el insulto con el argumento, la estridencia con el liderazgo y la descalificación con el coraje.
Los siglos pasaron. Cambiaron los tronos por las repúblicas, las lanzas por los micrófonos y los pergaminos por las redes sociales.
Pero Tersites sigue apareciendo.
Esta vez con banda presidencial.
Los insultos de Javier Milei contra Luiz Inácio Lula da Silva podrán entusiasmar a quienes creen que la política internacional se parece a una discusión en un estudio de televisión o a una pelea en las redes sociales. Sin embargo, los países no comercian con agravios ni construyen alianzas con apodos. La diplomacia existe precisamente para impedir que los impulsos personales se conviertan en conflictos nacionales.
Hay una diferencia fundamental entre un dirigente político y un presidente. El primero habla en nombre de una fuerza; el segundo, en nombre de un Estado.
Cuando un presidente toma la palabra, no habla solo. Hablan cuarenta y siete millones de argentinos, les guste o no. Por eso, cada palabra pronunciada desde la primera magistratura deja de ser una opinión privada para convertirse en un acto institucional.
Brasil no es un adversario ocasional en una campaña electoral. Es el principal socio comercial de la Argentina, un socio estratégico dentro del Mercosur y un país con el que compartimos décadas de integración económica, política e industrial. Se puede discrepar con Lula, cuestionar sus políticas e incluso confrontarlas con firmeza. Lo que difícilmente fortalezca la posición argentina es sustituir los argumentos por agravios personales.
La diplomacia nunca exigió simpatía.
Exigió inteligencia.
Pero el problema parece ser más profundo.
Hacer el ridículo parece haberse convertido en un objetivo político. Ya no alcanza con provocar una polémica diaria; ahora también hay que producir una escena viral. El baile junto a Jair Bolsonaro dejó de ser una anécdota para transformarse en un símbolo de una política exterior reemplazada por el espectáculo. Mientras un presidente baila en un acto partidario en el exterior e insulta al jefe de Estado del principal socio comercial de la Argentina, la investidura presidencial comienza a confundirse con un show diseñado para obtener aplausos instantáneos.
La política exterior deja de parecer una política de Estado.
Empieza a parecer contenido para redes sociales.
Existe una vieja confusión de nuestro tiempo. Creer que decir cualquier cosa constituye un acto de valentía. No es así. La libertad de expresión protege el derecho a hablar, pero no exime de la responsabilidad por las consecuencias de lo dicho. Mucho menos cuando quien habla ocupa la Presidencia de la Nación.
Paradójicamente, quienes reivindican la racionalidad del mercado parecen olvidar una de sus reglas más elementales. La confianza también es un activo económico. Los inversores observan estabilidad institucional. Las empresas observan previsibilidad. Los socios comerciales observan seriedad. Ninguno de esos activos se fortalece cuando la política exterior queda subordinada al exabrupto del día.
Quizá el problema de Tersites nunca fue su mala educación.
Fue creer que el volumen de la voz podía reemplazar el peso de las razones.
Los grandes estadistas de la historia mantuvieron disputas profundas sin convertir cada diferencia en un insulto personal. Entendían que representar a un país exige algo más que autenticidad; exige autocontrol. Porque la firmeza no consiste en gritar más fuerte, sino en negociar mejor.
Los aplausos de una tribuna duran unos minutos.
Los videos virales sobreviven algunos días.
Las consecuencias diplomáticas pueden permanecer durante años.
Tal vez Homero debería escribir un nuevo capítulo de La Ilíada. Tersites ya no recorrería el campamento griego insultando a los jefes. Bastaría con abrir una cuenta en X, bailar en un escenario junto a Bolsonaro y confundir la política exterior con un espectáculo permanente.
El problema no sería el ridículo del personaje.
El problema sería que, por unas horas, ese personaje representa a toda una nación.














