Entré a la Biblioteca Popular Camilo Rojo convencido de que encontraría un encuentro de escritores. Imaginé una discusión sobre la desregulación del precio del libro, el futuro de las librerías, la supervivencia de las editoriales independientes, los derechos de autor y, sobre todo, el lector, que es quien sostiene todo el ecosistema editorial.
Esperaba escuchar argumentos.
Salí con la sensación de haber asistido a un acto político.
Más que un espacio para el intercambio de ideas, el ambiente parecía dominado por un relato partidario donde las conclusiones estaban escritas antes de comenzar el debate. Las consignas reemplazaban a los argumentos, los aplausos sustituían a las preguntas y la emoción ocupaba el lugar que debería haber tenido la evidencia.
Quiero ser claro.
No asistí para defender la desregulación del libro. Tampoco para combatirla. Asistí para escuchar razones. Porque una política pública merece ser discutida con datos, con experiencias comparadas y con honestidad intelectual, no con consignas repetidas como si fueran pruebas.
Con el correr de las intervenciones empecé a comprender que quizá había un malentendido desde el principio.
Tal vez esperaban a un periodista militante.
Llegó un periodista de opinión.
Y cuando las preguntas comenzaron a reemplazar a las consignas, el relato empezó a desmoronarse. Porque los relatos resisten los aplausos; lo que rara vez resisten son las preguntas.
La desregulación del libro es un tema demasiado complejo para reducirlo a una pelea entre buenos y malos. Exige conocer cómo funcionan otros mercados editoriales, analizar qué ocurrió en los países que mantienen el precio fijo y en aquellos que optaron por la libertad de precios, comprender el impacto sobre librerías, editoriales, autores y, especialmente, sobre los lectores.
Nada de eso predominó.
La lógica parecía ausente.
El panfleto, en cambio, abundaba.
Lo que más me entristeció no fue la diferencia de ideas. Un escritor tiene todo el derecho de sostener una posición política. La literatura siempre dialogó con la política. Borges, Cortázar, Vargas Llosa o Sábato jamás ocultaron sus convicciones.
La diferencia es que antes de opinar, pensaban.
Y pensar implica aceptar que uno también puede estar equivocado.
Había otro detalle imposible de ignorar. La mayoría de los asistentes pertenecía a una generación que ha dedicado buena parte de su vida a escribir. Muchos habían publicado sus propios libros con enorme esfuerzo y sacrificio. Sin embargo, muy pocos parecían haber logrado vivir de la escritura.
Esa realidad debería haber ocupado el centro de la conversación.
¿Cómo construir una carrera literaria sostenible? ¿Cómo formar nuevos lectores? ¿Cómo ampliar el mercado editorial? ¿Cómo profesionalizar el oficio para que escribir deje de ser únicamente una vocación y pueda convertirse también en un proyecto de vida?
Esas preguntas quedaron relegadas.
Era como ver a un grupo de navegantes discutiendo el color de las velas mientras el barco llevaba años sin encontrar puerto.
No existe ningún demérito en autopublicar. Muchas trayectorias comenzaron así. Lo preocupante es resignarse a que ese sea el destino inevitable del escritor y negarse a discutir las transformaciones que necesita el mundo editorial para que la literatura también pueda sostener económicamente a quienes la producen.
La literatura necesita imaginación incluso para defenderse.
No alcanza con señalar culpables. Tampoco con repetir consignas. Mucho menos con convertir un encuentro de escritores en una extensión de la disputa política cotidiana.
Los grandes autores nunca fueron grandes porque obedecieron una bandera.
Lo fueron porque se atrevieron a cuestionarla.
No me decepcionó encontrar personas que pensaran distinto. Me decepcionó encontrar tan pocas dispuestas a pensar. Porque un escritor no debería ser un repetidor de relatos políticos, sino un constructor de preguntas incómodas. La literatura nació para desafiar las certezas, no para administrarlas.
Al salir de la biblioteca comprendí que aquella mañana no había fracasado el debate sobre la desregulación del libro.
Había fracasado algo más profundo: la voluntad de discutir con argumentos.
Quizá esperaban a alguien dispuesto a confirmar sus certezas.
Encontraron a un periodista de opinión.
Y cuando la evidencia entra por la puerta, el relato suele ser el primero en abandonar la sala.
Porque el verdadero problema nunca fue la desregulación del libro.
Fue la desregulación del pensamiento.
Y cuando la ideología reemplaza a la interpretación y el panfleto sustituye al razonamiento, el problema ya no es editorial.
Es intelectual.
Y ese sí debería preocuparnos a todos los que decimos amar los libros.














