Hay oficios que no admiten improvisados
La política puede permitirse ministros que cambian cada cuatro años. El vino no. Una mala decisión en un viñedo puede tardar una década en corregirse. Una mala fermentación arruina una cosecha. Una mala crianza condena una botella. El vino no entiende de discursos; entiende de paciencia.
Por eso, cuando se presentó una nueva edición del histórico Concurso Nacional de Vinos Cata San Juan, XXXVIII, resultó inevitable preguntarse quién merece realmente el aplauso.
Los flashes suelen apuntar hacia el funcionario de turno. Es una costumbre argentina. El poder siempre encuentra un micrófono. Pero el prestigio del vino sanjuanino nunca nació detrás de un atril oficial. Nació mucho antes, entre toneles, laboratorios y cuadernos manchados de mosto, donde generaciones de enólogos aprendieron que la excelencia no se anuncia: se elabora.
Allí aparecen los verdaderos protagonistas de esta historia: el Consejo Profesional y el Centro de Enólogos de San Juan.
No son instituciones creadas para una gestión. Son instituciones que han sobrevivido a todas las gestiones.
Desde 1988 acompañan la evolución técnica de la vitivinicultura sanjuanina, formando profesionales, defendiendo la ética de la profesión, impulsando la capacitación permanente y organizando, año tras año, una Cata Nacional que hoy se ha convertido en una de las más antiguas y prestigiosas de la Argentina.
Treinta y ocho ediciones no se sostienen con conferencias de prensa.
Se sostienen con credibilidad.
Con cientos de muestras evaluadas mediante catas a ciegas, con jurados que ponen su prestigio personal sobre cada puntaje y con estándares internacionales que convierten cada medalla en un reconocimiento técnico antes que político. Esa es la diferencia entre construir prestigio y administrar una agenda.
El vino tiene una memoria que la política nunca consigue igualar.
Cada cosecha recuerda a quienes dedicaron su vida a comprender un suelo, una variedad o una barrica. En cambio, los gobiernos suelen creer que la historia comenzó el día en que asumieron. Llegan, inauguran, descubren instituciones que llevan décadas trabajando y, durante algunos minutos, las cámaras parecen convencerlos de que también son autores de esa obra.
Pero el vino tiene una virtud extraordinaria: no miente.
Cada botella guarda la firma del enólogo mucho más que la del funcionario.
Por eso, cuando dentro de veinte años alguien descorche un gran Syrah sanjuanino, difícilmente recuerde quién ocupaba el Ministerio de Producción en 2026. En cambio, seguirá existiendo el Consejo Profesional y el Centro de Enólogos de San Juan, formando nuevas generaciones, perfeccionando técnicas y defendiendo la calidad como lo hicieron durante décadas.
Esa es la diferencia entre administrar un presupuesto y construir un legado.
Los gobiernos acompañan. Está bien que lo hagan. Es su obligación. Pero conviene respetar las proporciones. El Estado puede facilitar un concurso; no puede fabricar el prestigio que otros construyeron durante casi cuatro décadas.
Porque las instituciones verdaderamente grandes son aquellas que sobreviven al calendario electoral.
Como los buenos vinos.
Mientras más pasa el tiempo, más valor adquieren.














