La falsa urgencia de desregular el libro en Argentina
Hay debates que llegan disfrazados de revolución cuando apenas constituyen un cambio administrativo. Se presentan como si fueran el último obstáculo que separa a un país del progreso, aunque la evidencia, la experiencia internacional y el sentido común indiquen exactamente lo contrario. La discusión sobre la desregulación del precio del libro pertenece a esa categoría.
Se nos dice que liberar los precios democratizará la lectura. Que la competencia reducirá el valor de los libros. Que el mercado hará lo que durante décadas no pudieron hacer las políticas culturales. Que el lector será el gran beneficiario.
La afirmación resulta seductora.
El problema es que la evidencia es mucho menos complaciente.
El mapa del mundo no sigue la lógica del mercado
Cuando uno observa el mundo descubre que no existe un único modelo exitoso. Alemania, España y México mantienen sistemas de precio fijo. Finlandia, Brasil, Chile, Colombia y Perú no los tienen. Sin embargo, el mapa de la lectura no sigue esa división. Los países que más leen no son necesariamente los que liberalizaron el mercado, ni los que conservaron una regulación estricta.
Lo que verdaderamente marca la diferencia es otra cosa.
El lector.
Porque un país lector no nace cuando un libro cuesta unos pesos menos. Nace mucho antes. Empieza en una casa donde los padres leen. Continúa en una escuela donde la literatura no se enseña como una obligación sino como una aventura. Crece en bibliotecas abiertas. Se consolida en librerías vivas. Y termina convirtiéndose en una cultura donde el libro deja de ser un objeto para transformarse en un hábito.
El ejemplo que el debate omite
Finlandia suele citarse como ejemplo de mercado libre. Pero esa explicación está incompleta.
Lo que convirtió a Finlandia en una potencia lectora no fue la ausencia de un precio fijo. Fue una política sostenida durante décadas. Sus bibliotecas públicas constituyen uno de los sistemas más desarrollados del mundo, el acceso al libro forma parte de la vida cotidiana y sus estudiantes se ubican desde hace años entre los mejores resultados en comprensión lectora de las evaluaciones internacionales.
La libertad de precios fue una consecuencia.
Nunca la causa.
España eligió otro camino. Conservó el precio fijo y, al mismo tiempo, mantiene uno de los hábitos lectores más altos del mundo hispanohablante. Alemania hizo algo similar. Allí el libro continúa siendo considerado un bien cultural antes que una mercancía cualquiera y el sistema editorial conserva una extraordinaria diversidad de librerías, editoriales y autores.
Los modelos son distintos.
Los resultados convergen.
La enseñanza es evidente.
Lo decisivo nunca fue solamente el precio.
La excepción argentina
Argentina ocupa un lugar singular dentro de América Latina.
Con todas sus crisis económicas, con décadas de inflación, con editoriales que desaparecieron, librerías que cerraron y salarios deteriorados, continúa figurando entre los países con mayor hábito lector de la región. Los estudios comparativos del CERLALC muestran que los argentinos leen más libros que el promedio latinoamericano y que una parte importante de esa lectura responde al placer y no exclusivamente a obligaciones académicas o laborales.
Ese dato debería modificar por completo la discusión.
Porque si un país ya lidera la región en hábitos lectores, la pregunta correcta deja de ser si el precio único constituye un obstáculo.
La verdadera pregunta es otra.
¿Qué problema concreto intenta resolver la desregulación?
Toda política pública necesita justificar su existencia mediante un diagnóstico.
Si el diagnóstico es equivocado, la solución también lo será.
Hasta ahora nadie ha demostrado que el principal problema del mercado editorial argentino sea la existencia del precio único.
Los libros son caros.
Es cierto.
Pero también son caros el papel, la impresión, la logística, la energía, el financiamiento, los alquileres y la presión tributaria que soporta toda la cadena productiva. Pensar que eliminar el precio fijo resolverá automáticamente esos costos equivale a creer que romper el termómetro elimina la fiebre.
Cuando el mercado deja de competir
Incluso suponiendo que aparezcan descuentos agresivos, surge una pregunta que rara vez ocupa los titulares.
¿Quién estará realmente en condiciones de ofrecerlos?
No las pequeñas librerías.
No las librerías de barrio.
No las librerías del interior.
Las grandes plataformas digitales y las grandes cadenas poseen un volumen de ventas capaz de soportar márgenes mínimos durante largos períodos. Un comercio independiente difícilmente pueda hacerlo.
La competencia no siempre enfrenta iguales contra iguales.
Con frecuencia enfrenta gigantes contra sobrevivientes.
Y cuando eso ocurre, el consumidor disfruta precios bajos durante un tiempo.
Después desaparecen los competidores.
Finalmente desaparece la competencia.
La historia económica ha mostrado ese proceso en numerosos sectores.
Por eso varios países europeos conservaron el precio fijo.
No para impedir competir.
Sino para evitar que el mercado terminara concentrándose en muy pocas manos.
Aquí aparece otra cuestión casi ausente del debate.
Una librería no vende solamente libros.
Construye comunidad.
Recomienda autores desconocidos.
Organiza presentaciones.
Promueve escritores locales.
Mantiene vivo un barrio.
Forma lectores.
Una plataforma digital puede entregar un paquete en pocas horas.
Difícilmente pueda reemplazar ese tejido cultural.
Cuando el negocio deja de ser el libro
Hasta aquí el debate parecía girar alrededor del Estado y del mercado. Como si el futuro del libro dependiera exclusivamente de una ley o de un precio. Sin embargo, existe una pregunta todavía más incómoda.
¿Y si una parte de la crisis no estuviera afuera de la industria editorial, sino dentro de ella?
Sería injusto creer que el único riesgo para la literatura proviene de una eventual concentración del mercado. También existe una amenaza que ninguna desregulación, ni tampoco ninguna ley de precio único, podrá resolver por sí sola.
Durante años he advertido un fenómeno silencioso.
Muchas editoriales dejaron de competir por conquistar lectores para empezar a competir por captar autores dispuestos a pagar.
El negocio ya no consiste en descubrir la próxima gran novela.
Consiste en alimentar el deseo de miles de personas de verse impresas, de presentarse como escritores, de sostener un libro entre las manos aunque nunca encuentre verdaderos lectores.
Nunca hubo tantas personas publicando y, paradójicamente, nunca resultó tan difícil construir lectores.
La oferta editorial creció mucho más rápido que la cantidad de lectores capaces de sostenerla.
Nunca se imprimieron tantos libros destinados a desaparecer pocas semanas después.
Porque el negocio dejó de consistir en fabricar lectores.
Comenzó a consistir en fabricar escritores.
En ese modelo, el libro deja de ser el producto.
El producto es el ego.
El cliente ya no entra por la puerta de una librería.
Entra por la puerta de la editorial.
La rentabilidad llega antes de que el primer ejemplar sea leído.
Poco importa si la obra vende cien ejemplares o ninguno.
El negocio ya está hecho.
Ese fenómeno empobrece la literatura tanto como cualquier distorsión del mercado. Cuando el ingreso depende del autor y no del lector desaparece el incentivo para seleccionar, corregir, exigir y apostar por la excelencia.
Publicar deja de ser una decisión cultural para convertirse en una operación comercial.
Aquí aparece una paradoja que resume todo el debate.
Mientras la política discute quién debe fijar el precio de un libro, una parte de la industria ya dejó de depender de los lectores.
Si la rentabilidad proviene del autor, la discusión sobre el precio de venta pierde buena parte de su centralidad.
El problema ya no es cuánto cuesta un libro.
El problema es que, para algunos actores del mercado, venderlo dejó de ser indispensable.
La pregunta que realmente importa
Naturalmente, tampoco conviene caer en el extremo opuesto.
Defender el precio único no significa afirmar que toda la política editorial argentina funcione correctamente.
Existen problemas reales.
La distribución continúa siendo profundamente desigual.
Muchas localidades carecen de librerías.
Las pequeñas editoriales enfrentan enormes dificultades para alcanzar mercados nacionales.
Las bibliotecas necesitan más inversión.
Las compras públicas requieren mayor transparencia.
Los programas de promoción de la lectura deberían evaluarse con mayor rigor.
Todo eso merece reformas profundas.
Pero ninguna de esas dificultades desaparece porque cada librería pueda poner un precio diferente al mismo libro.
La evidencia internacional tampoco permite afirmarlo.
Brasil posee un mercado libre desde hace décadas y el debate sobre mecanismos para proteger a las librerías independientes nunca desapareció.
Chile y Perú tampoco regulan el precio del libro y, sin embargo, mantienen índices de lectura inferiores a los argentinos.
Finlandia demuestra que la libertad puede funcionar.
Pero también demuestra que primero hace falta construir durante generaciones una sociedad lectora.
Imitar solamente la libertad de precios sin copiar el resto del modelo sería como importar el techo de una casa olvidando construir los cimientos.
La verdadera economía de la literatura
Quizá el verdadero error del debate consista en formular la pregunta equivocada.
No deberíamos discutir únicamente cuánto cuesta un libro.
Deberíamos preguntarnos por qué una sociedad decide leer.
Porque un país lector jamás se construyó desde una caja registradora.
Se construyó desde las escuelas.
Desde las bibliotecas.
Desde las familias.
Desde los escritores.
Desde las editoriales.
Desde los docentes.
Desde los libreros que conocen a sus clientes por el nombre y saben exactamente cuál será el próximo libro que cambiará la vida de alguien.
La economía importa.
Por supuesto.
Pero la cultura posee una lógica que el mercado, por sí solo, no siempre alcanza a comprender.
Quizá la desregulación del libro termine aprobándose.
Quizá no.
Lo que no debería ocurrir es que la Argentina confunda un instrumento con un objetivo.
El objetivo nunca fue vender libros más baratos.
El verdadero objetivo consiste en formar más lectores.
Porque una sociedad no fortalece su cultura cuando imprime más libros.
La fortalece cuando consigue que existan más lectores dispuestos a regresar, una y otra vez, a las páginas de un buen autor.
La verdadera economía de la literatura nunca comienza en la imprenta.
Comienza en el instante en que alguien abre un libro y descubre que la única revolución que transforma una sociedad sigue ocurriendo, silenciosamente, entre dos tapas.














