El Gobierno provincial anunció que JP Morgan y Santander serán los encargados de colocar los bonos de San Juan en el mercado internacional. Sin embargo, la verdadera incógnita sigue siendo la misma: quién comprará esa deuda, a qué tasa, bajo qué garantías y cuánto terminarán pagando los sanjuaninos.
Hay anuncios que parecen grandes noticias hasta que se los observa con mayor detenimiento.
«Encontramos los bancos», celebró Marcelo Orrego al confirmar que JP Morgan y Banco Santander serán los encargados de colocar los bonos de San Juan en el mercado internacional. La frase suena relevante, pero no responde la pregunta realmente importante. Porque los bancos nunca fueron el desafío. Su negocio consiste precisamente en estructurar y colocar deuda. Si mañana otra provincia decide emitir bonos, también encontrará bancos dispuestos a hacerlo. La verdadera incógnita comienza después. Consiste en saber quién comprará los bonos de San Juan, a qué tasa, con qué garantías y cuánto terminarán pagando los sanjuaninos por esa deuda.
Curiosamente, sobre esas respuestas todavía hay mucho entusiasmo y pocas certezas. El Gobierno parece celebrar haber encontrado quién venda el producto antes de saber si alguien realmente quiere comprarlo. Y, en los mercados financieros, las emociones cotizan poco. Lo que cotiza es el riesgo.
Los fondos de inversión de Londres o Nueva York no viajan detrás de discursos ni de fotografías oficiales. Analizan balances, estudian los ingresos provinciales, calculan la capacidad de pago, proyectan escenarios y finalmente hacen algo que la política suele olvidar. Le ponen un precio al riesgo.
Ese precio se llama tasa de interés.
El gobernador expresó su expectativa de conseguir un financiamiento inferior al 10 %. Es una aspiración legítima, pero no una realidad. La tasa no la fija el gobernador ni los bancos colocadores. La fija el mercado. Y el mercado tiene una costumbre incómoda para cualquier dirigente político. No cree por simpatía; cree por números.
Mientras aquí se habla de infraestructura y desarrollo, allá preguntarán de dónde saldrá el dinero para devolver el préstamo, qué ocurrirá si los proyectos mineros se retrasan, qué pasará si el precio internacional del cobre cae y cuál será la capacidad de pago de San Juan dentro de diez o quince años. Esas respuestas valen mucho más que cualquier presentación cuidadosamente preparada para una gira internacional.
Hay, además, un detalle que rara vez ocupa los titulares. Cada vez que un gobierno anuncia deuda habla del dinero que llegará, pero casi nunca del dinero que habrá que devolver. La deuda tiene una curiosidad política. Los anuncios siempre tienen nombre y apellido; los vencimientos, casi nunca. Los funcionarios inauguran las obras, mientras las administraciones futuras pagan las cuotas.
Por eso el verdadero éxito de una emisión no consiste en colocar bonos, sino en colocar bonos baratos. Conseguir financiamiento pagando cualquier tasa no tiene demasiado mérito. Cualquier deudor encuentra crédito si está dispuesto a aceptar intereses suficientemente altos. La diferencia entre una buena negociación y una mala puede representar cientos de millones de dólares durante la vida del bono, y esa diferencia no sale del bolsillo de JP Morgan ni del Santander. Sale del bolsillo de los sanjuaninos.
Por eso sorprende que el debate público se concentre en los nombres de los bancos cuando el dato verdaderamente relevante sigue siendo una incógnita. Las condiciones finales de la emisión. El plazo, la tasa, las garantías, el nivel de demanda y el perfil de los inversores serán los indicadores que permitirán saber si la provincia logró inspirar confianza o simplemente consiguió que alguien organizara la operación.
Porque encontrar bancos era la parte fácil.
Convencer al mercado será la difícil.
Y, en una operación de deuda pública, lo verdaderamente importante nunca está en el nombre de quien vende el bono.
Está en las condiciones que alguien intenta esconder debajo de la mesa. Esos números, tarde o temprano, siempre terminan convirtiéndose en la factura que pagan los sanjuaninos.














