¿Cómo puede un país perder una final del mundo y, sin embargo, sentirse vencedor?
España levantó la Copa. Lo dicen las estadísticas, las fotografías y los libros que algún día resumirán el Mundial en una línea de resultados. Pero hay victorias que no entran en una tabla de posiciones. Hay derrotas tan dignas que terminan pareciéndose más a una conquista que a una caída.
Julio Cortázar desconfiaba del tiempo. Sabía que existen instantes capaces de romper la lógica y alterar para siempre la memoria. Durante noventa minutos el reloj corrió para todos. Pero para los argentinos ocurrió algo diferente. Cada pase, cada recuperación y cada esfuerzo parecían estirar el tiempo como si el partido se negara a terminar.
Porque había algo más importante que un campeonato.
Había una generación defendiendo una manera de entender el fútbol.
Desde el primer partido Argentina caminó este Mundial como recorren los héroes las viejas epopeyas. Superó obstáculos inesperados, soportó la presión de quienes esperaban su caída, eliminó rivales formidables y volvió a encontrarse con Inglaterra, ese adversario que para los argentinos nunca será solamente un nombre en un fixture.
Después apareció España.
Tal vez el mejor equipo del torneo.
Y durante noventa minutos ambos demostraron que el fútbol todavía puede ser una obra de arte cuando el talento decide encontrarse con el coraje.
La diferencia terminó siendo apenas un gol.
A veces la historia separa la gloria y la tristeza por unos pocos centímetros.
Pero también existen derrotas que engrandecen a quienes las protagonizan.
Adolfo Bioy Casares imaginó, en La invención de Morel, una forma de vencer al tiempo preservando para siempre un instante. Esta Selección consiguió algo parecido. No necesitó levantar la Copa para permanecer en la memoria. Le bastó competir con una dignidad que convirtió la derrota en una forma distinta de permanencia.
Porque las copas pertenecen a un momento.
Los ejemplos pertenecen a las generaciones.
Mientras España celebraba con justicia, Argentina hacía algo que quizá resulte todavía más difícil.
Conquistaba el respeto.
El respeto de quienes la enfrentaron.
El respeto de quienes dudaron.
Y, sobre todo, el respeto de un pueblo que descubrió que el orgullo no siempre depende del resultado.
Entonces ocurrió la escena más importante del Mundial.
No fue la entrega de la Copa.
Fue el aplauso.
Ese aplauso interminable de millones de argentinos que entendieron que nadie había vuelto con las manos vacías.
Regresaban futbolistas que habían dejado el alma en cada pelota.
Regresaba un cuerpo técnico que devolvió identidad a una camiseta.
Regresaba un equipo que recordó que representar a un país es mucho más que ganar partidos.
Los griegos llamaban areté a la excelencia nacida del esfuerzo y la virtud. No consistía únicamente en vencer. Consistía en dar todo aquello que uno era capaz de ofrecer.
Eso hizo Argentina.
Y quizá por eso perdió la final, pero ganó algo mucho más difícil de conquistar.
Ganó el derecho de permanecer en la memoria sin necesidad de una copa entre las manos.
Porque dentro de algunos años pocos recordarán el desarrollo exacto de aquella final.
Pero millones seguirán recordando cómo los hizo sentir esta Selección.
Y al final, como intuían Cortázar y Bioy Casares, el tiempo siempre termina haciendo justicia.
Las copas envejecen.
Las fotografías se amarillean.
Los campeones cambian.
Pero hay equipos que dejan de pertenecer al calendario para empezar a pertenecer a la historia.
Argentina perdió una final.
Sin embargo, esta noche volvió a ganar el corazón de un país.
Porque las estrellas pueden bordarse sobre una camiseta.
Pero el orgullo solamente se borda en la memoria.
Y esta noche, aunque la Copa viajara hacia España, millones de argentinos comprendieron que hay derrotas capaces de engrandecer más que muchas victorias.
Argentina perdió el Mundial.
Pero volvió a ganar algo que ningún rival puede arrebatarle.
La certeza de que, mientras existan equipos capaces de representar con dignidad a su pueblo, el fútbol seguirá siendo mucho más que un juego.
Seguirá siendo otra manera de pronunciar la palabra Argentina.














