Cuando la lealtad se alquila: Castro, Mallea y el oportunismo político

Jun 30, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

«Los hombres son tan simples y obedecen tanto a las necesidades presentes, que quien engaña siempre encontrará quien se deje engañar.»

Nicolás Maquiavelo

La política ha conseguido deformar una de las palabras más nobles de la vida pública: la lealtad.

Se la pronuncia en los actos partidarios, se la exige en las reuniones políticas y se la recompensa con cargos, candidaturas y lugares de poder. Sin embargo, pocas veces se pregunta lo esencial; ¿lealtad a quién?

¿Al partido? ¿Al gobernador? ¿Al dirigente de turno? ¿O a los ciudadanos que depositaron su confianza en las urnas?

El reciente cruce entre el diputado Marcelo Mallea y el intendente José Castro vuelve a poner esa pregunta sobre la mesa. Mallea cuestiona la gestión municipal y manifiesta su intención de competir por la intendencia dentro del oficialismo provincial. Castro responde invitándolo a debatir cara a cara y le recuerda que, antes que adversarios circunstanciales, ambos tienen la obligación de trabajar por Angaco.

La discusión política puede ser saludable. Lo que merece una reflexión más profunda es otra cosa.

En la Argentina se ha naturalizado un fenómeno preocupante: dirigentes que cambian de bloque, de partido o de aliados con una facilidad sorprendente. Ayer defendían un proyecto; hoy abrazan otro. Ayer denunciaban al oficialismo; hoy lo integran. Ayer hablaban de principios; hoy hablan de gobernabilidad.

No siempre porque hayan cambiado sus ideas.

Muchas veces porque cambió el poder.

Nicolás Maquiavelo comprendió que el poder atrae adhesiones. Pero nunca confundió el pragmatismo con la ausencia de principios. Gobernar exige inteligencia para construir acuerdos, no la renuncia permanente a las convicciones.

Cuando un dirigente modifica su posición porque ha revisado honestamente sus ideas, tiene el deber de explicarlo a quienes lo eligieron.

Pero cuando el cambio parece coincidir con la necesidad de preservar una candidatura, un cargo o un lugar dentro del oficialismo, la sociedad tiene derecho a preguntarse si está frente a una evolución política o frente a una estrategia de supervivencia.

Porque la verdadera lealtad no consiste en acompañar siempre al que gobierna.

La verdadera lealtad consiste en mantener coherencia con el mandato recibido de los ciudadanos, incluso cuando hacerlo tenga costos políticos.

La democracia necesita acuerdos, pero también necesita dirigentes capaces de sostener una convicción cuando deja de ser conveniente.

De lo contrario, la representación se convierte en un mercado donde las voluntades parecen cotizar según la cercanía al poder.

Los oficialismos pasan.

Los gobiernos cambian.

Las banderas se reemplazan.

Sin embargo, siempre aparecen los mismos dirigentes ocupando un lugar privilegiado junto al poder de turno.

No porque hayan demostrado mayor capacidad de gestión.

No porque hayan construido mejores ideas.

Sino porque han perfeccionado el arte de llegar siempre a tiempo al nuevo oficialismo.

Para decirlo cortésmente, es supervivencia política. Para decirlo sin eufemismos, es oportunismo. Porque cuando la capacidad no alcanza para construir un proyecto propio, siempre aparecen dirigentes dispuestos a alquilar su lealtad. Y cuando la lealtad se alquila, deja de pertenecer a los ciudadanos para ponerse al servicio del poder.

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