Hay una edad en la que uno cree que vivir consiste en acumular. Amigos, libros, amores, viajes, fotografías, botellas guardadas para una ocasión importante y promesas pronunciadas con la irresponsabilidad de quienes todavía no conocen el calendario. Después llega otra edad, bastante menos ingenua, en la que descubrimos que vivir también consiste en aprender a perder.
Quizá por eso siempre me pareció incompleta aquella vieja frase de vivir y dejar vivir. Suena bien, es civilizada, tolerante, casi perfecta para colocarla en una pared. Pero después de algunos años, algunas despedidas y algunos muertos, uno comienza a sospechar que existe otra frase bastante menos cómoda.
Vivir y dejar morir.
No escribo esto desde el deseo de morir. Todo lo contrario. Me gusta demasiado la vida. Todavía tengo libros por leer, vinos por descorchar, asados que comer, lugares donde quisiera sentarme a tomar un café y páginas en blanco que me producen esa mezcla de miedo y curiosidad que, al menos para mí, sigue siendo una buena prueba de estar vivo.
Precisamente por amar la vida me pregunto si tenemos derecho a convertirla en una obligación.
La pregunta incomoda porque hemos aprendido a defender la vida como si cualquier interrogante sobre sus límites fuera una traición. Pero hay momentos en que el cuerpo permanece y la vida, al menos como la conocíamos, comienza a retirarse lentamente. Entonces aparece la eutanasia, una palabra que algunos pronuncian como liberación y otros como crimen. Yo prefiero acercarme con más cuidado. Las palabras demasiado seguras suelen volverse peligrosas cuando se pronuncian junto a una cama.
Edgar Allan Poe habría entendido el problema. Sus muertos tenían la pésima costumbre de no respetar los certificados de defunción. Regresaban convertidos en culpa, obsesión, belleza o locura. Podían esconderse detrás de una pared o permanecer en el sonido de un corazón que seguía latiendo cuando ya debía haberse detenido. Poe comprendió que morir no siempre significa desaparecer.
Kafka descubrió algo quizá todavía más terrible. Que estar vivo tampoco significa necesariamente vivir.
Gregor Samsa despierta convertido en una criatura monstruosa y su primera preocupación no es haber perdido su condición humana. Es llegar tarde al trabajo. Siempre me pareció que allí estaba la verdadera monstruosidad de La metamorfosis. No en el insecto, sino en el horario. Kafka entendió que podemos perder casi todo y continuar obedeciendo.
Incluso la obligación de permanecer.
La medicina consiguió algo extraordinario. Nos regaló años que antes no existían, curó enfermedades que fueron sentencias de muerte y convirtió algunos finales inevitables en nuevas oportunidades. Sería absurdo discutir semejante conquista. Pero cada victoria de la ciencia abre una puerta que la filosofía debe atravesar después. Podemos mantener funcionando un organismo durante mucho más tiempo. La pregunta incómoda es si siempre debemos hacerlo.
Porque un corazón latiendo demuestra actividad cardíaca. No necesariamente explica una existencia.
Allí empiezo a tener problemas con quienes pretenden resolver esta discusión demasiado rápido. Con quienes dicen que la vida pertenece exclusivamente a Dios y también con quienes responden que cada persona puede disponer de ella sin ninguna otra consideración. Entre esos dos extremos hay un ser humano acostado en una cama. Tiene nombre, recuerdos, hijos, miedo, posiblemente dolor y, sobre todo, una historia que no debería desaparecer debajo de una sábana clínica.
Durante siglos nos dijeron que la vida era indisponible. La religión la convirtió en un don. El derecho, en un bien jurídico fundamental. La medicina hizo de conservarla una de sus misiones. Pero después inventamos una palabra formidable y problemática.
Autonomía.
Le decimos al hombre que es libre.
Puede elegir a quién amar, con quién vivir, qué religión profesar o abandonar, qué ideas defender, qué tratamiento médico aceptar y hasta qué hacer con buena parte de su patrimonio cuando ya no esté. Construimos una civilización alrededor de la autonomía personal y, sin embargo, cuando ese mismo hombre llega al último territorio de su existencia, podemos descubrir que su libertad termina precisamente allí.
Kafka habría disfrutado de la contradicción.
Imagino a Josef K. llegando a una oficina para solicitar autorización sobre su propia muerte. Un funcionario le pediría un formulario. Otro, una certificación. El tercero descubriría que falta una firma en la página siete.
—Quiero morir —diría K.
El funcionario acomodaría los papeles, levantaría la mirada y respondería:
—Lo comprendemos perfectamente. Pero primero debemos comprobar que usted continúa suficientemente vivo para solicitarlo.
Kafka podría cerrar allí el cuento.
Nosotros no.
Porque detrás de esa burocracia existe un problema real. Una decisión irreversible necesita garantías extraordinarias. Nadie debería morir porque se siente una carga. Nadie debería pedir la muerte porque su familia no puede pagar sus cuidados, porque está abandonado o porque un Estado descubrió que resulta más barato ayudarlo a morir que ayudarlo a vivir.
Ese sería el fracaso más miserable de todos.
Por eso el derecho a morir, si alguna sociedad decide reconocerlo, solo puede discutirse después de garantizar el derecho a vivir dignamente. Primero cuidar. Primero aliviar. Primero acompañar. Primero escuchar. Después podremos hablar de libertad.
De lo contrario, corremos el riesgo de llamar autonomía al abandono.
Pero tampoco me convence el extremo contrario. Ese extraño paternalismo que consiste en decirle a una persona consciente, informada, sometida a un padecimiento irreversible, que todos pueden decidir sobre su sufrimiento menos ella.
El médico conoce la enfermedad, pero no siente ese cuerpo. La familia conoce la historia, pero tampoco habita ese dolor. El Estado puede proteger la vida, pero no debería apropiarse de ella. Y la religión puede ofrecer una respuesta trascendente a quien cree, pero resulta mucho más discutible imponer esa respuesta a quien no comparte esa fe.
Al final queda alguien acostado en una cama mientras los demás discuten qué debe hacer con los días que todavía le pertenecen.
Quizá ahí esté el verdadero centro de esta discusión.
No la muerte.
La libertad.
Y aparece entonces otra palabra que repetimos tanto que terminamos olvidando qué significa. Dignidad.
¿Es digno mantener la vida hasta su último instante biológico? Puede serlo. ¿Es digno permitir que una persona consciente decida no prolongar un sufrimiento irreversible que considera intolerable? También merece ser discutido. Lo que me cuesta aceptar es que alguien pretenda apropiarse de una respuesta universal para una experiencia tan íntima como morir.
He aprendido a desconfiar de quienes tienen respuestas demasiado sencillas para los problemas demasiado humanos.
Tal vez porque uno empieza a comprender, después de cierta edad, que la muerte no es exactamente lo contrario de la vida. Forma parte de ella. Nacemos con esa cláusula escrita en alguna parte del contrato, aunque nadie nos permita leer la letra pequeña.
Nos vamos a morir.
Poe lo sabía.
Kafka también.
Nosotros lo sabemos y hacemos un esfuerzo admirable por olvidarlo cada mañana.
Algún día, sin embargo, la muerte dejará de ser una palabra filosófica. Tendrá nuestra habitación, nuestra cama, nuestros libros esperando sobre una mesa y probablemente una taza de café que alguien olvidará retirar. Entonces todas estas discusiones adquirirán otro significado.
Quizá una civilización no deba medirse solamente por cuánto consigue prolongar una vida, sino también por cómo acompaña su final. Salvar cuando todavía se puede salvar. Curar cuando todavía se puede curar. Cuidar cuando ya no podemos curar. Aliviar cuando duele. Escuchar cuando alguien habla. Y jamás convertir al enfermo en un expediente, una cama ocupada, una estadística o una conciencia sometida a las convicciones de los demás.
Porque tal vez el último derecho humano no sea exactamente morir.
Quizá sea algo mucho más difícil.
Seguir perteneciendo a uno mismo cuando casi todo lo demás ya se ha perdido.
Poe nos enseñó que algunos muertos se niegan a marcharse. Kafka, que algunos vivos pueden quedar atrapados en una existencia que ya no reconocen como propia. Entre ambos quedamos nosotros, tratando de entender dónde termina el deber de conservar la vida y dónde comienza el derecho de cada hombre a decidir sobre su propia dignidad.
Yo sigo eligiendo la vida. Con sus libros, sus vinos, sus equivocaciones, sus amores, sus cafés y esa costumbre absurda que tiene de terminar precisamente cuando empezábamos a comprenderla.
Pero elegir la vida solo tiene verdadero sentido mientras siga siendo una elección.
Porque si hemos pasado siglos defendiendo el derecho a vivir y dejar vivir, quizá alguna vez tengamos que reunir el valor suficiente para discutir, sin dioses prestados, sin burócratas convertidos en propietarios de nuestra conciencia y sin abandonar a nadie en el camino, el más incómodo de nuestros derechos.
Seguir siendo nosotros hasta el final.














