Hay una forma particularmente elegante de morir. Consiste en seguir haciendo exactamente aquello que alguna vez nos hizo exitosos.
No ocurre solamente con los músicos. Les pasa a los escritores que encuentran una fórmula y publican después el mismo libro durante veinte años. A los periodistas que descubren qué quiere leer su público y dejan de preguntarse si es verdad. A las empresas que confunden tradición con inmovilidad. A los políticos que terminan creyendo su propia propaganda. Y también a las personas cuando un día descubren que llevan demasiado tiempo interpretando el personaje que los demás construyeron para ellas.
The Beatles estuvieron peligrosamente cerca de eso.
A mediados de los años sesenta ya habían conseguido algo que parecía reservado a los emperadores, los santos y algunos futbolistas. Millones de personas sabían quiénes eran sin haberlos visto jamás. Cuatro muchachos de Liverpool habían conseguido que el planeta aprendiera sus nombres, copiara sus peinados y gritara ante su aparición.
Pero había una trampa.
El mundo quería a The Beatles siempre que continuaran siendo The Beatles.
Ahí empieza la historia que me interesa, porque todos hablamos del precio del fracaso, pero casi nunca hablamos del precio del éxito. Fracasar duele, aunque conserva una ventaja extraordinaria; nadie espera que sigamos haciendo exactamente lo mismo. El éxito es más perverso. Nos entrega aplausos a cambio de repetición.
Uno triunfa y enseguida aparece alguien con una receta. Hazlo otra vez. Escribe otro igual. Canta otra parecida. No cambies. El público dice que te ama, pero muchas veces quiere decir que ama la versión de ti que ya conoce.
The Beatles decidieron desobedecer.
No de una sola vez. Fueron abandonando sus propias pieles como una serpiente que sospechara que permanecer demasiado tiempo dentro de la misma podía matarla. Basta escuchar los primeros discos y después Revolver, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el Álbum Blanco o Abbey Road para advertir una evidencia fascinante. Es la misma banda y, al mismo tiempo, ya no lo es.
Eso es mucho más difícil que alcanzar el éxito. Es escapar de él.
Cuando dejaron los escenarios en 1966 pudieron haber hecho lo razonable, que suele ser también lo menos interesante. Continuar fabricando aquello que el mercado ya había demostrado que compraba. Eran una maquinaria extraordinaria de producir canciones, discos, fotografías, histeria y dinero.
Pero eligieron encerrarse en un estudio.
Y comenzaron a jugar.
Hay una palabra que solemos considerar poco seria cuando hablamos de grandes obras; jugar. Picasso jugaba. Borges jugaba con espejos, laberintos y autores inexistentes. Cortázar convirtió una novela en un tablero. García Márquez hizo ascender a una mujer al cielo mientras tendía unas sábanas y consiguió que aceptáramos el prodigio con la naturalidad con que aceptamos que mañana será martes.
The Beatles jugaron con cintas, instrumentos, velocidades, voces, orquestas, sonidos orientales y personajes inventados. Y jugando se volvieron serios.
En Sgt. Pepper’s llegaron incluso a inventarse otra banda para liberarse de la propia. El gesto parece una extravagancia psicodélica, pero contiene una idea profundamente humana. Paul McCartney comprendió que quizá para crear algo nuevo necesitaban dejar de preguntarse qué harían The Beatles.
Entonces dejaron de serlos.
Me interesa especialmente esa decisión porque nosotros solemos vivir exactamente al revés. Nos pasamos media vida construyendo una identidad y la otra mitad defendiéndola.
Soy abogado. Soy periodista. Soy escritor. Soy empresario. Soy esto. Soy aquello.
Y después comenzamos a comportarnos según el manual invisible de aquello que hemos dicho que somos. La identidad, que debería ayudarnos a reconocernos, termina diciéndonos hasta dónde podemos caminar.
The Beatles descubrieron que podían ser otros sin dejar de ser ellos.
George Harrison llevó la India dentro de una banda británica. Lennon comenzó a escribir desde lugares cada vez más extraños de la conciencia. McCartney podía pasar de una melodía aparentemente sencilla a construcciones musicales de enorme sofisticación. Ringo parecía observar aquel manicomio creativo desde su batería con la serenidad de quien sabe que alguien debe mantener el ritmo mientras los demás incendian la casa.
Y George Martin tuvo una virtud todavía más infrecuente. Los escuchó.
El productor, el hombre técnicamente preparado, pudo haberles explicado todas las razones por las cuales determinadas ideas eran imposibles. En cambio, buscó la manera de hacer posible lo que todavía no sabía hacerse. Eso también es creatividad. No decir «no se puede», sino preguntarse cómo podríamos hacerlo.
Hay instituciones enteras que envejecen porque perdieron esa pregunta. También hay personas.
Mi relación con The Beatles, sin embargo, tiene una pequeña anomalía temporal. Yo no soy de su época. No vi la Beatlemanía, no esperé la aparición de Sgt. Pepper’s en una disquería ni pertenecí a aquella juventud que descubrió que cuatro ingleses podían cambiar la música mientras el mundo cambiaba con ellos.
Los descubrí en los años ochenta.
Llegué tarde.
Cuando comencé a escucharlos, la banda ya pertenecía a la historia. Lennon incluso había muerto. Y, sin embargo, me convertí en un fanático de The Beatles fuera de época. Mientras alrededor aparecían otros sonidos, otras estéticas y otros ídolos, yo hacía un viaje en dirección contraria. Retrocedía casi dos décadas buscando a cuatro muchachos de Liverpool que se habían separado mucho antes de que yo comprendiera lo que habían significado.
Tal vez por eso nunca sentí nostalgia por The Beatles en el sentido convencional. No podía extrañar una época que no había vivido.
Lo mío era algo más extraño.
Nostalgia por un tiempo ajeno.
Escuchaba aquellos discos como quien encuentra unas cartas antiguas dentro de un cajón y termina echando de menos a personas que jamás conoció. Miraba las fotografías, aprendía las canciones, descubría las diferencias entre Lennon y McCartney, escuchaba la guitarra de Harrison y esperaba la voz de Ringo como si todo aquello estuviera ocurriendo en ese preciso instante.
Y quizá estaba ocurriendo.
Porque esa es una de las misteriosas victorias del arte sobre el tiempo. Un disco puede haber sido grabado antes de que uno llegara a él y, sin embargo, comenzar exactamente el día en que uno lo escucha por primera vez.
Yo conocí a The Beatles cuando ya habían terminado, pero para mí estaban comenzando.
Con los años esa relación cambió. Ya no los escucho como aquel muchacho de los ochenta. Ahora encuentro otras cosas dentro de las mismas canciones. Es curioso. Los discos no envejecieron conmigo y, sin embargo, yo sí envejecí dentro de ellos.
Cada vez que vuelvo a The Beatles pienso menos en los años sesenta y más en el tiempo. En esa arrogancia juvenil que nos hace creer que algunas cosas serán eternas. Los amigos. Los amores. Los proyectos. Los padres. Las conversaciones. Las bandas.
Después uno vive lo suficiente y descubre que la eternidad era apenas una manera hermosa de llamar al presente.
The Beatles también terminaron.
Discutieron, compitieron, se cansaron unos de otros. Hubo egos, dinero, resentimientos y diferencias. La creatividad no necesariamente convierte a nadie en mejor persona y no hace falta transformarlos en santos para admirar lo que hicieron como músicos.
Prefiero precisamente eso. Cuatro seres humanos extraordinariamente talentosos que terminaron descubriendo que ni siquiera una de las bandas más importantes de la historia podía escapar a una ley elemental de la existencia. Algunas cosas necesitan terminar.
Quizá por eso aquella fotografía de Abbey Road tiene ahora algo que no podía tener cuando fue tomada. Cuatro hombres atraviesan una calle. Nada más. Pero nosotros conocemos el futuro de esa fotografía.
Sabemos que están caminando hacia el final.
The Beatles duraron poco más de una década. Fue suficiente. No necesitaron envejecer juntos sobre un escenario interpretando durante cincuenta años las mismas canciones para demostrar lo que habían sido. Dejaron algo quizá más poderoso, la sensación de que todavía podían haber hecho otra cosa.
Y esa posibilidad inconclusa los mantiene jóvenes.
Ahora comprendo que quizá eso fue lo que me fascinó cuando los descubrí en los ochenta, aunque entonces no tuviera palabras para explicarlo. No eran solamente cuatro músicos extraordinarios. Eran cuatro hombres que habían aprendido a destruir lo que acababan de construir para comenzar nuevamente.
Y eso, visto desde la vida, resulta bastante más difícil que escribir una buena canción.
Porque llega un momento en que todos terminamos enfrentándonos a nuestro propio Sgt. Pepper’s. Ese instante en que debemos decidir si continuamos representando al personaje que alguna vez nos dio resultado o tenemos el coraje de desconocerlo.
Quizá por eso todavía regreso a ellos.
No para volver a los sesenta. Nunca estuve allí. Ni siquiera para regresar a los ochenta, cuando los descubrí y me convertí en una especie de fanático fuera de época. Regreso porque algunas obras tienen la extraña capacidad de esperarnos en diferentes edades y formularnos preguntas distintas.
The Beatles que escuchaba entonces no son los mismos que escucho ahora.
Los que cambiamos somos nosotros.
Y acaso esa sea la última ironía. Los descubrí cuando ya no existían y, tantos años después de aquella separación, todavía consigo encontrarlos. Porque hay cosas que terminan en la historia, pero comienzan nuevamente cada vez que alguien las descubre.
Yo llegué tarde a The Beatles.
Aunque quizá nadie llegue tarde a una canción.
Y mientras pienso en aquellos cuatro muchachos que alguna vez creyeron tener todo el tiempo del mundo, inevitablemente regreso a Yesterday. Una canción escrita cuando todavía eran jóvenes, cuando el final parecía lejano y aún quedaban discos, viajes, peleas, reconciliaciones y algunas de las mejores canciones de sus vidas por delante.
Sin embargo, ya estaban cantándole al ayer.
Tal vez sin saberlo habían encontrado una palabra que terminaría persiguiéndolos.
Yesterday.
Porque cambiaron la música mirando hacia adelante, pero hasta el final llevaron algo del ayer. Y nosotros seguimos buscándolos precisamente allí, en ese territorio extraño donde viven las cosas que terminaron pero se niegan a desaparecer.
The Beatles fueron futuro.
Después fueron historia.
Y finalmente se convirtieron en memoria.
Quizá por eso, cuando vuelvo a escucharlos, comprendo que el tiempo hace con nosotros lo mismo que hizo con aquellas canciones. Podemos cambiar, reinventarnos, avanzar, creer que todavía queda mucho camino por delante, pero siempre llevamos algo de lo que fuimos.
Y al final, inevitablemente, todos terminamos siendo un poco del ayer.
Yesterday.














