Crónica de dos maneras de estar solo
Hay noches en que la soledad no llega cuando todos se han ido. Llega antes.
Puede haber gente alrededor, una botella abierta, teléfonos encendidos, algún mensaje esperando respuesta y hasta una mujer durmiendo en la habitación contigua. Nada de eso garantiza compañía. Porque estar acompañado pertenece a la geografía. Estar solo, en cambio, pertenece a otra ciencia, una que todavía no ha conseguido decidir en qué parte exacta del cuerpo ocurre.
Aquella noche estaba leyendo a Alfredo Bryce Echenique. Había vuelto a No me esperen en abril, quizá porque uno regresa a ciertos libros de la misma manera en que vuelve a algunas calles donde ya no vive. No para encontrarlas iguales, sino para comprobar cuánto ha cambiado uno.
Manongo Sterne seguía allí. Y con él ese universo de muchachos que alguna vez creyeron que la amistad duraría para siempre, que el amor podía conservarse intacto y que abril era un mes al que siempre se podía regresar.
Bryce tiene esa crueldad disfrazada de ternura. Hace reír mientras lentamente va retirando las sillas de la habitación hasta que uno descubre que se ha quedado sentado solo.
Cerré el libro, serví vino y pensé que la verdadera tragedia de Manongo no era perder un amor, una época o una amistad. Era algo bastante peor, descubrir que existen lugares a los que podemos regresar, pero tiempos a los que no.
Entonces alguien habló detrás de mí.
—Eso ya lo sabía yo.
Me di vuelta. Joaquín Sabina estaba sentado frente a la mesa. No pregunté cómo había entrado. En los sueños uno acepta ciertas impertinencias con una naturalidad extraordinaria. Tenía un vaso de whisky delante y esa expresión de quien parece haber llegado tarde a su propia fiesta.
—Bryce —le dije.
Miró el libro.
—Un especialista.
—¿En qué?
—En quedarse solo acompañado.
Me reí. Pensé que quizá esa era una buena definición, porque los personajes de Bryce todavía creen que alguien puede salvarlos. Se enamoran con esa fe ridícula y maravillosa de quienes sospechan que otra persona posee la llave de una habitación interior que ellos mismos nunca consiguieron abrir.
La soledad de Bryce ocurre antes. Antes de la pérdida definitiva, del último adiós, de comprender. Es una soledad todavía esperanzada.
Manongo busca recuperar un mundo que se le escapa mientras intenta convencerse de que todavía existe. Persigue amistades, amores, recuerdos. Confunde regresar con recuperar. Todos hemos cometido alguna vez ese error. Volvemos a una ciudad, a una casa, a una persona, a un libro, incluso a una canción, y esperamos encontrar allí al hombre que fuimos.
Nunca está.
Sabina bebió un poco.
—Ahí empieza mi parte —dijo.
Y comprendí. La soledad de Sabina comienza exactamente donde termina la de Bryce. Sabina escribe desde después. Después del amor, de la cama, de la pelea, de la puerta cerrándose. Después de descubrir que incluso cuando una historia termina puede quedar ese terrible “y sin embargo” dando vueltas por la habitación.
No necesitábamos cantar nada. Conocíamos el resto.
Hay algo profundamente literario en esas dos palabras. “Y sin embargo” contiene casi toda la contradicción amorosa. La inteligencia dice una cosa y el cuerpo insiste en otra. Sabemos que debemos marcharnos y buscamos cualquier pretexto para quedarnos cinco minutos más.
—Entonces, ¿amamos porque estamos solos? —le pregunté.
Sabina levantó los hombros.
Bryce apareció sentado a nuestra izquierda. Tampoco pregunté cuándo había llegado. Los sueños tienen pésimos modales narrativos.
—No —dijo.
—¿Entonces estamos solos porque amamos?
Bryce sonrió. Sabina también. Ninguno respondió.
Me pareció una cobardía bastante literaria.
Serví otra copa de vino y pensé en La Magdalena. En esas mujeres que la moral clasifica con una facilidad que el amor jamás tuvo. Pensé también en los personajes de Bryce, enamorándose de personas equivocadas con una perseverancia que a veces confundimos con estupidez y otras veces llamamos destino.
Quizá ambos escribieron siempre sobre lo mismo, la imposibilidad de poseer completamente a otro ser humano.
Bryce lo hizo desde la novela. Sabina desde la canción, el poema, el soneto, el margen de un periódico. Uno construyó personajes que caminan hacia la soledad. El otro suele encontrarlos cuando ya llegaron.
Entonces entendí algo incómodo. El amor no derrota a la soledad. Nunca lo hizo. Esa es una mentira que inventamos para vender flores, novelas románticas y aniversarios.
Podemos dormir junto a alguien durante treinta años y conservar habitaciones interiores donde esa persona jamás entrará. Podemos conocer el cuerpo de alguien y desconocer sus miedos, memorizar sus gestos y no comprender sus silencios.
Amar no significa dejar de estar solos. Significa algo quizá más difícil, permitir que alguien se acerque.
Bryce levantó su vodka tonic. Sabina, su whisky en las rocas. Yo levanté mi copa de vino tinto argentino.
Tres hombres brindando por la soledad me pareció una escena bastante absurda.
—¿Y después? —pregunté.
—Después, nada —dijo Sabina.
—Después, abril —corrigió Bryce.
Nos reímos.
Entonces comprendí finalmente a Manongo. No esperaba realmente abril. Esperaba que abril le devolviera lo perdido. Y ningún mes posee semejante poder.
El tiempo puede devolvernos los lugares, pero jamás las personas exactamente como fueron. Ni siquiera puede devolvernos a nosotros mismos. Tal vez por eso seguimos amando. No porque alguien vaya a salvarnos de nuestra soledad, sino porque durante ciertos instantes alguien consigue sentarse dentro de ella sin intentar arreglarla.
Miré nuevamente la mesa.
Bryce ya no estaba. Sabina tampoco. Los tragos habían desaparecido.
Escuché un ruido y abrí los ojos.
Estaba en mi cama.
Durante unos segundos no supe dónde estaba. Busqué instintivamente la mesa, los tres vasos, alguna prueba absurda de que aquella conversación había ocurrido.
Nada.
Había estado soñando.
Sonreí. Después de todo, había pasado la noche conversando con dos hombres que escribieron sobre la soledad para terminar despertando solo.
Entonces giré hacia la mesa de noche.
Y dejé de sonreír.
Había una copa de vino.
No una botella. No dos copas. Una.
La miré durante un largo rato. No recordaba haberla dejado allí. Todavía quedaba un poco de vino en el fondo.
Pensé en Bryce. Pensé en Sabina. Pensé en Manongo y en todos aquellos que alguna vez confundimos regresar con recuperar.
Quizá amar nunca fue dejar de estar solos.
Quizá amar sea encontrar a alguien con quien nuestra soledad ya no necesite explicarse.
Tomé la copa. El vino todavía tenía sabor a madrugada.
Volví a cerrar los ojos.
No sé si para dormir.
O para regresar.
Después de todo, todavía faltaba mucho para abril.














