Hubo un tiempo en que uno entraba a una librería sin saber exactamente qué estaba buscando. Se caminaba entre estantes como quien recorre una ciudad desconocida, sin mapa y sin demasiada prisa. Tocábamos los lomos, leíamos contraportadas, abríamos un volumen por cualquier página y, algunas veces, buscábamos un autor y terminábamos llevándonos otro. Otras no buscábamos absolutamente nada y salíamos con algo. Aquello, que hoy podría parecer una irresponsabilidad metodológica, tenía un nombre mucho más hermoso; azar.
Y entonces sucedía algo que ningún sistema de recomendaciones había previsto. El libro nos encontraba.
Lo recordé hace unos días mientras recorría una librería. Vi entrar a varias personas con el teléfono en la mano. Una mostró una pantalla y preguntó por un título. Otra repitió el nombre de un autor que seguramente ya había visto desfilar varias veces por las redes. Todo era rápido, eficiente, previsible. Y quizá allí estaba precisamente el problema. Hemos conseguido convertir incluso el descubrimiento en un procedimiento.
El algoritmo sabe qué música escuchamos, qué películas terminamos, cuáles abandonamos a los diecisiete minutos, qué noticias leemos, cuánto permanecemos frente a una fotografía y qué libro probablemente compraremos después del último. No necesita conocernos. Le basta con calcularnos. Y esa diferencia, que parece pequeña, es enorme, porque conocer a alguien no consiste únicamente en saber qué le gusta, sino también en dejar abierta la posibilidad de que descubra aquello que todavía ignora que puede gustarle.
Tuve la fortuna de conocer las bibliotecas cuando todavía eran territorios peligrosos. Uno podía entrar buscando historia y terminar leyendo poesía, buscar a Borges y encontrarse con Kafka, pretender una novela policial y regresar a casa con Cortázar bajo el brazo. Nadie había calculado previamente aquella desviación. Era un accidente. Y ahora que lo pienso, algunos de los mejores accidentes de nuestra vida terminaron construyéndonos.
Recuerdo aquella ceremonia de caminar entre estantes. Había que inclinar ligeramente la cabeza para descifrar los títulos impresos en los lomos, sacar un volumen, sentir su peso, mirar la portada, leer la contratapa y abrirlo por cualquier lugar. Nunca he sabido por qué hacemos eso. Podemos abrir un libro en la página 129 con la absurda convicción de que el destino tuvo la delicadeza de esconder precisamente allí una señal para nosotros. Leemos tres líneas, lo cerramos, caminamos unos pasos y volvemos a abrirlo.
Después nos lo llevamos.
Explíquele usted eso a un algoritmo.
Hay demasiadas variables inútiles para una máquina y demasiado importantes para nosotros. El olor del papel, una frase encontrada por casualidad, una portada, el recuerdo de alguien, una dedicatoria escrita hace treinta años por un desconocido o simplemente esa inexplicable sensación de que aquel libro debe acompañarnos. Son razones que no obedecen a ninguna lógica precisa. Quizá porque hay decisiones que no se calculan, apenas se sienten. Y elegir un libro todavía debería ser una de ellas.
La tecnología, por supuesto, no es enemiga de los libros. Sería absurdo sostenerlo mientras llevamos bibliotecas enteras dentro de un teléfono. Los algoritmos tampoco conspiran de madrugada para destruir la literatura. Hacen exactamente aquello para lo que fueron diseñados; observan, clasifican, comparan, predicen. El problema comienza cuando confundimos predicción con libertad.
Si durante años leo únicamente aquello que confirma mis gustos, mis ideas y hasta mis prejuicios, terminaré creyendo que estoy eligiendo cuando quizá solo recorro un sendero construido con mis propias huellas. Ese es el prodigio de nuestro tiempo y también una de sus paradojas más inquietantes. El algoritmo no necesita encerrarnos. Le basta con rodearnos de nosotros mismos.
Y pocas prisiones resultan tan cómodas.
La literatura nació para cometer la insolencia contraria. Un buen libro no siempre acaricia. A veces incomoda, contradice, desordena y hasta ofende nuestras certezas. Nos obliga a conversar con muertos, asesinos, enamorados, locos, santos, cobardes, tiranos y personajes que jamás aceptaríamos sentar a nuestra mesa. Leer supone permitir durante algunas horas que otra conciencia invada pacíficamente la nuestra. Tal vez por eso Borges pudo imaginar el universo como una biblioteca. Una biblioteca infinita, para merecer semejante nombre, tendría que contener también todos aquellos libros que jamás se nos ocurriría buscar.
Y allí aparece otra ironía de nuestra época. Nunca tuvimos tantos libros disponibles y, sin embargo, nunca existieron mecanismos tan sofisticados para conducir millones de lectores hacia los mismos. La abundancia no necesariamente produce diversidad. A veces consigue exactamente lo contrario. Millones de títulos terminan reducidos a veinte portadas repetidas en las pantallas. Los mismos libros recomendados, fotografiados, comentados y nuevamente recomendados porque ya fueron recomendados. El éxito empieza a reproducirse a sí mismo hasta que resulta difícil saber dónde termina nuestro gusto y dónde comienza la estadística.
Pensando en todo esto volví a mirar los estantes y cometí una pequeña insubordinación. Guardé el teléfono.
No busqué reseñas, no consulté estrellas, no investigué al autor. Caminé sin rumbo durante algunos minutos y pasé los dedos por varios lomos hasta detenerme frente a un título que jamás había escuchado. Lo abrí. Leí una página y después otra. No sabía si aquel libro era bueno. Nadie me había advertido que debía gustarme. Ignoraba cuántos ejemplares había vendido y qué decía internet sobre quien lo había escrito.
Por primera vez en mucho tiempo estaba completamente solo frente a un libro.
Entonces comprendí que quizá la verdadera libertad del lector no consiste en disponer de millones de títulos, sino en conservar el derecho a equivocarse al elegir uno. Porque una biblioteca también es eso; uno de los pocos territorios que nos quedan donde perderse todavía puede ser una forma de encontrarse.
Compré aquel libro.
Al salir pensé que probablemente ningún algoritmo me lo habría recomendado.
Sonreí.
Tal vez por eso me estaba esperando.














