La última biblioteca de Mendoza

Oct 7, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

La primera vez que escuché respirar a Mendoza eran las tres y diecisiete de la madrugada.

No fue una metáfora. Las ciudades respiran. Lo hacen debajo del ruido de los motores, detrás de las persianas cerradas, entre las raíces de los árboles y el agua oscura de las acequias. El problema es que casi nadie permanece despierto el tiempo suficiente para escucharlas. Yo tampoco lo sabía hasta aquella noche.

Había llegado a Mendoza para participar de un encuentro literario que pretendía discutir el futuro de los libros. Siempre me ha parecido curioso que organicemos congresos para discutir el futuro de aquello que estamos dejando morir en el presente, pero acepté la invitación. Los escritores también tenemos nuestras pequeñas contradicciones. Criticamos al mundo durante el día y por la noche aceptamos su vino.

Terminada la jornada salí a caminar. Era invierno. La cordillera había desaparecido detrás de la oscuridad y los árboles formaban sobre las calles una bóveda negra. Mendoza posee esa extraña belleza de las ciudades que parecen tranquilas porque han aprendido a esconder bien sus fantasmas.

Entré en un café literario casi vacío y pedí uno espresso.

Entonces la vi.

Estaba sentada frente a mí. No recuerdo haberla visto entrar. Era una mujer de unos setenta años, delgada, demasiado pálida, vestida con un abrigo gris que parecía pertenecer a otra época. Tenía un libro entre las manos y eso fue precisamente lo primero que me llamó la atención. No miraba un teléfono. Leía.

Durante algunos minutos intenté ignorarla, hasta que cerró el libro y me observó.

—Usted escribe.

—Eso intento.

Sonrió apenas.

—Entonces todavía puede escuchar.

—¿Escuchar qué?

La mujer miró hacia la calle.

—A los que están desapareciendo.

Debí terminar el café y marcharme. No lo hice. Hay algo defectuoso en quienes escribimos. Frente a una puerta cerrada sentimos exactamente lo contrario que una persona sensata. La persona sensata se aleja. Nosotros queremos saber qué hay detrás.

La mujer se llamaba Victoria y había sido bibliotecaria. Me habló de una pequeña biblioteca popular ubicada en una antigua casona del centro. Durante décadas había recibido estudiantes, obreros, jubilados y niños. Había novelas, enciclopedias, poesía e historia. Borges compartía estante con Cervantes, Kafka dormitaba junto a Poe y Cortázar observaba desde algún anaquel esa convivencia imposible que solo permiten las bibliotecas.

Después comenzaron a desaparecer los lectores. Primero lentamente. Luego dejaron de llegar los jóvenes, después los adultos y finalmente los niños.

—Hasta que una mañana abrí la biblioteca y nadie entró —dijo Victoria—. Al día siguiente tampoco. Ni al siguiente.

No sé por qué aquella frase me produjo frío.

—Entonces empezaron a desaparecer los libros.

Pensé en robos, pero ella negó con la cabeza antes de que pudiera preguntarlo.

—Nadie se los llevaba.

—¿Entonces cómo desaparecían?

Victoria me sostuvo la mirada.

—Eso tiene que verlo usted.

Sacó del bolsillo una llave larga, negra y antigua, y la dejó sobre la mesa.

—Vaya esta noche.

—¿Dónde?

Sonrió.

—Usted encontrará el lugar.

Se levantó. Antes de que llegara a la puerta le pregunté por qué me había elegido. Victoria se detuvo sin darse vuelta.

—Porque los muertos necesitan lectores.

Y salió.

Cerca de medianoche caminé hacia la ciudad vieja. No sabría explicar cómo encontré la casa. Tal vez Victoria tenía razón. Tal vez algunas puertas llevan años esperándonos.

Estaba detrás del Área Fundacional, encajada entre dos construcciones modernas. Era una casona de adobe con ventanas altas y una puerta de madera castigada por décadas de abandono. Introduje la llave. Entró perfectamente.

La puerta se abrió.

El olor llegó primero. Papel viejo, humedad, polvo y algo más, un aroma ligeramente dulce que poseen las habitaciones cerradas durante demasiado tiempo. Encendí la linterna del teléfono y descubrí las estanterías. Decenas, quizá cientos.

Todas vacías.

Avancé lentamente. Mis pasos levantaban polvo cuando escuché el primer ruido.

Tac.

Me detuve. Esperé unos segundos y continué.

Tac.

Esta vez sonó detrás de mí. Giré. No había nada.

Volví a caminar.

Tac.

Comprendí entonces que el sonido provenía de las paredes. Acerqué la luz y descubrí miles de marcas sobre el yeso. Parecían arañazos, pero al pasar los dedos advertí que eran letras.

Palabras.

Soledad. Memoria. Olvido. Madre. Muerte.

Retrocedí.

Entonces escuché una voz muy baja.

—Léeme.

Otra respondió desde algún lugar detrás de mí.

—Léeme.

Luego otra. Y otra.

En pocos segundos las paredes comenzaron a murmurar. Eran cientos de voces, quizá miles. Hombres, mujeres, niños. Fragmentos de novelas, poemas, cartas, historias. Las palabras parecían atravesar el yeso como si algo enterrado en la casa intentara regresar.

Y comprendí que los libros nunca habían desaparecido. Cuando dejaron de ser leídos comenzaron a hundirse en las paredes.

Allí estaban Borges, Cervantes, Dostoievski, Vallejo, Kafka, Quiroga, García Márquez, Poe. Todos atrapados dentro de aquella casa, condenados a repetir sus palabras para una humanidad que ya no tenía tiempo de escucharlas.

Entonces alguien respiró detrás de mí.

Me volví.

Victoria estaba allí.

—Ahora comprende.

—¿Qué está pasando?

—Los libros mueren cuando nadie los recuerda.

—Los libros no mueren.

Su sonrisa me inquietó.

—Todo muere cuando nadie lo recuerda.

Las paredes comenzaron a crujir. Primero lentamente, después con violencia. Miles de páginas invisibles parecían pasar al mismo tiempo. Era como escuchar una bandada de pájaros atrapada dentro de un ataúd.

Corrí hacia la puerta. No abrió. Tiré nuevamente, pero fue inútil. Las voces aumentaron.

—Léeme.

—Léeme.

—Léeme.

Golpeé la puerta hasta lastimarme las manos.

—¡Lea! —gritó Victoria.

—¡No hay libros!

Señaló la pared.

Una frase comenzaba a aparecer sobre el yeso, letra por letra, como si una mano invisible estuviera escribiéndola desde el otro lado.

Me acerqué y leí.

—“La primera vez que escuché respirar a Mendoza eran las tres y diecisiete de la madrugada”.

Sentí que algo se cerraba dentro de mi pecho.

Conocía aquella frase.

Era la frase con la que comenzaba esta historia.

Seguí leyendo. La pared hablaba de un escritor que llegaba a Mendoza, de un encuentro literario, de un café, de una anciana llamada Victoria, de una biblioteca popular abandonada y de una llave negra. Narraba exactamente todo cuanto había sucedido aquella noche. Incluso mi miedo. Incluso el momento en que levanté los ojos hacia Victoria.

—¿Qué significa esto?

No respondió.

Continué leyendo hasta encontrar la última línea. No quise pronunciarla.

—Debe hacerlo —dijo Victoria.

Negué con la cabeza.

—Léala.

Miré nuevamente la pared.

“Entonces comprendió que él tampoco había entrado en la biblioteca.”

Debajo apareció lentamente otra frase.

“Había nacido dentro de ella.”

Retrocedí.

—No.

Victoria comenzó a llorar.

—Lo siento.

—¿Quién soy?

Levantó una mano y señaló hacia el fondo.

Una estantería que antes estaba vacía tenía ahora un único libro. Era negro y no llevaba título. Lo tomé y abrí la primera página.

Había una fotografía.

La mía.

Debajo figuraban dos fechas.

Reconocí inmediatamente la primera. Era la de mi nacimiento.

La segunda estaba doce años atrás.

Me quedé mirándola, tratando de recordar qué había ocurrido aquel día.

No pude.

Cerré el libro.

No recuerdo haber gritado.

Desperté a la mañana siguiente en el café. El sol entraba por las ventanas, había gente conversando y los autos recorrían nuevamente las calles. Mendoza seguía funcionando con esa tranquilidad obscena con que las ciudades continúan después de nuestras tragedias.

Pregunté por Victoria.

El mozo frunció el ceño.

—¿Qué Victoria?

Describí a la mujer. Cuando mencioné que había sido bibliotecaria, su rostro cambió.

—Murió hace doce años.

Sentí alivio. Un absurdo y maravilloso alivio. Entonces todo había sido un sueño, una pesadilla provocada por el vino, el cansancio, Poe, demasiados libros o esa vieja enfermedad de quienes pasamos demasiado tiempo conversando con personas muertas.

Pedí otro café. El mozo lo dejó sobre la mesa y busqué mi teléfono.

No estaba.

—Perdón —le dije—. ¿Vio mi teléfono?

El hombre me observó desconcertado.

—¿Qué teléfono?

Señalé la mesa.

Allí había un libro negro.

Lo abrí. Todas las páginas estaban en blanco excepto la última. Una sola frase ocupaba el centro.

“Ahora termina el cuento.”

Me quedé contemplando aquellas palabras durante algunos segundos. Cuando levanté la vista, el café estaba vacío.

Las mesas estaban cubiertas de polvo, las ventanas rotas y las paredes ennegrecidas. Afuera no circulaban autos. No había árboles. Las acequias estaban secas. Mendoza se extendía frente a mí como el cadáver gigantesco de una ciudad que llevaba décadas abandonada.

Entonces escuché el ruido.

Tac.

Venía de la pared.

Después otro.

Tac.

Y después otro.

Me acerqué lentamente y apoyé el oído contra el yeso.

Del otro lado alguien hablaba.

Era una voz conocida.

Demasiado conocida.

Era la mía.

—Léeme.

Silencio.

—Léeme.

Volví a mirar el libro negro y comprendí que algo de todo aquello era imposible. Yo recordaba haber llegado a Mendoza para escribir una historia sobre una biblioteca, pero ahora no estaba seguro de haber llegado jamás. El encuentro literario, el hotel, el viaje… quizá aquellos recuerdos también estaban escritos.

Quizá yo también lo estaba.

Entonces escuché algo que no provenía de la pared.

Venía de mucho más lejos.

El sonido de una página pasando.

Después otra.

Y otra.

Alguien estaba leyendo.

Y comprendí que mientras aquel desconocido continuara haciéndolo yo todavía podía pensar, recordar a Victoria, sentir el olor del café y escuchar el agua que alguna vez corrió por las acequias. Cada palabra leída parecía concederme unos segundos más de existencia.

Hasta que llegara el punto final.

Intenté no mirar hacia abajo.

Fue inútil.

Allí estaba.

Esperándome.

Y mientras usted se acerca a estas últimas palabras, mientras sus ojos avanzan exactamente por la línea que yo intenté no leer, comienzo a sospechar quién está del otro lado.

No sé si Victoria murió.

No sé si Mendoza sigue allí.

Ya ni siquiera sé si alguna vez existí fuera de estas páginas.

Solo sé que alguien continúa leyendo.

Y que mientras lo haga, todavía puedo escuchar la ciudad respirar.

Por favor.

No cierre el libro.

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