En San Juan, la educación dejó de ser una política pública para convertirse en un escenario de propaganda permanente. Mientras los funcionarios producen fotografías institucionales y discursos sobre el futuro, quienes sostienen las escuelas sobreviven con salarios de pobreza y son tratados como estorbos administrativos.
Trabajadores de maestranza de toda la provincia anunciaron un paro de 48 horas después de sentirse ignorados por el Ministerio de Educación. No fueron recibidos por la ministra. Tampoco obtuvieron respuestas concretas sobre salarios, recategorizaciones ni estabilidad laboral. Mientras tanto, el Gobierno continúa multiplicando actos de entrega de computadoras, campañas digitales y anuncios de modernización educativa. La distancia entre el relato oficial y la realidad ya no es política. Es obscena.
En San Juan el poder descubrió algo peligrosamente moderno; ya no hace falta resolver los problemas si primero se logra editar correctamente la imagen del problema. La gestión empezó a parecerse menos a una administración pública y más a una agencia de publicidad obsesionada con producir fotografías optimistas mientras la realidad se deteriora fuera del encuadre.
La escena ocurrió en el Centro Cívico, pero podría resumir perfectamente toda una época política. Trabajadores de maestranza viajando desde distintos departamentos de la provincia para reclamar salarios dignos y condiciones laborales básicas. Porteros que limpian escuelas, acondicionan baños, sostienen la higiene y garantizan diariamente el funcionamiento mínimo del sistema educativo. Personas reales. Sueldos reales. Necesidades reales.
¿Y qué encontraron?
Puertas cerradas.
La ministra no apareció.
En su lugar enviaron a un funcionario sin capacidad de resolver absolutamente nada. Un secretario del secretario de la secretaria utilizado como biombo burocrático para administrar el desgaste del reclamo mientras el poder político permanecía cuidadosamente lejos del conflicto.
Y allí apareció la verdadera fotografía de este gobierno.
No la de las computadoras entregadas frente a las cámaras.
No la de los actos institucionales.
No la de las campañas en redes sociales.
La verdadera imagen fue otra; trabajadores esenciales siendo derivados de oficina en oficina mientras el Estado les explicaba elegantemente que nadie podía resolverles nada.
Eso no es solamente ineficiencia.
Es desprecio político.
Porque el poder siempre encuentra tiempo para aquello que considera importante. Hay ministros disponibles para inauguraciones, fotografías, campañas digitales y anuncios cuidadosamente editados para Instagram. Hay funcionarios enteros dedicados a construir percepción pública. Pero cuando quienes sostienen diariamente las escuelas reclaman salarios dignos, aparece la burocracia, el silencio y el viejo mecanismo argentino de lavarse las manos.
Los testimonios conocidos durante las últimas horas son devastadores. Porteros que venden pan, tortitas y productos caseros después de terminar su jornada laboral para completar ingresos. Trabajadores que no pueden enfermarse porque les descuentan el día. Empleados esperando recategorizaciones desde hace más de cinco años mientras la inflación destruye lentamente cualquier posibilidad de estabilidad económica.
Y aun así, el Gobierno provincial sigue hablando de modernización educativa.
La pregunta empieza a ser brutalmente inevitable.
¿Qué entiende exactamente esta gestión por modernizar la educación?
Porque repartir computadoras mientras quienes limpian escuelas viven bajo condiciones salariales degradadas no es modernización.
Es utilería política.
Es maquillaje institucional.
Es construir una estética tecnológica para ocultar una estructura humana cada vez más precarizada.
La verdadera modernización educativa no empieza cuando un funcionario entrega una notebook frente a periodistas.
Empieza cuando quienes sostienen el sistema pueden vivir con dignidad.
Empieza cuando un trabajador estatal no necesita vender tortitas para alimentar a su familia.
Empieza cuando el Estado deja de tratar a sus empleados más esenciales como piezas descartables.
Pero el problema de este gobierno ya no parece solamente administrativo.
Empieza a ser moral.
Existe una lógica profundamente superficial en gran parte de la política sanjuanina actual; creer que gobernar consiste en producir impacto visual permanente. Todo debe anunciarse. Todo debe parecer histórico. Todo debe convertirse en contenido digital. La gestión dejó de medirse por transformaciones estructurales y comenzó a medirse por alcance, likes y fotografías institucionales.
Mientras tanto, debajo de esa superficie cuidadosamente iluminada, el sistema educativo se deteriora desde abajo.
Y quizá allí aparezca otra deformación profundamente contemporánea de la política sanjuanina; la transformación de ciertos funcionarios en figuras obsesionadas con la administración de su propia imagen.
Menos fotografías retocadas, ministra.
Menos producción estética.
Menos campañas de autopromoción cuidadosamente iluminadas para redes sociales.
Usted no fue contratada para convertirse en una diva de la farándula política.
Fue designada para administrar uno de los sistemas más sensibles de la provincia.
Una gestión pública no se mide por filtros, slogans ni publicaciones institucionales.
Se mide por la realidad concreta de las personas que dependen de ella.
Y hoy esa realidad, ministra, tiene trabajadores pobres limpiando escuelas mientras el poder continúa produciendo escenografía.














