Funcionarios agradecidos, funcionarios subordinados

Jun 6, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

En ciertos gobiernos, la gestión pública ya no se mide por resultados. Se mide por la potencia del “gracias”, por la elasticidad de la reverencia y por la velocidad con la que un funcionario aprende a inclinar la cabeza antes de aprender a administrar.

En San Juan ya es más fácil ver un ministro arrodillado en un escenario que un balance explicado con claridad. El ritual parece insignificante hasta que uno descubre que el “gracias” siempre aparece antes que el “buenos días”, antes que los datos y, muchas veces, antes incluso que las ideas.

Hay frases que explican mejor una época que diez informes de gestión encuadernados en papel brillante. No porque sean inteligentes, sino porque son tan vacías que el eco termina haciendo todo el trabajo intelectual. En San Juan existe una costumbre administrativa que ya debería ser estudiada por neurólogos, antropólogos y quizá también por veterinarios especializados en conductas repetitivas: el reflejo pavloviano del agradecimiento político. Suena un micrófono, se prende una cámara y el funcionario, en lugar de informar, empieza a salivar gratitud institucional.

Ocurre en inauguraciones, conferencias, actos escolares, entrega de computadoras, anuncios de obras recicladas y hasta en la heroica reinauguración de un cordón roto que sobrevivió dos campañas electorales y tres conferencias de prensa. El funcionario toma el micrófono, respira, mira al gobernador como un seminarista medieval mira el altar de una catedral y entonces aparece el acto reflejo: “Agradezco profundamente al gobernador…”, “Gracias infinitas al ministro…”, “Sin el secretario, yo no sería nada…”. Uno escucha semejante despliegue emocional y por momentos duda si está frente a una conferencia de prensa o a una ceremonia de obediencia afectiva financiada con recursos públicos.

La escena posee algo de telenovela mexicana y algo de corte virreinal, pero sobre todo posee algo profundamente argentino: la fascinación política por la subordinación disfrazada de humildad. Porque cuando un funcionario agradece antes de respirar, generalmente están ocurriendo dos cosas al mismo tiempo; sabe que no está preparado para el cargo y sabe que el otro también lo sabe.

La política argentina siempre tuvo algo de feudo administrativo. Pero en San Juan ya evolucionó directamente hacia un feudalismo con PowerPoint, donde la capacidad técnica consiste en leer una diapositiva sin transpirar y el mérito fue reemplazado por la obediencia emocional. La administración pública empieza entonces a parecerse a un monasterio burocrático donde todos rezan al mismo santo patrono del cargo heredado, y el verdadero milagro no consiste en gestionar correctamente, sino en haber llegado tan lejos leyendo discursos ajenos, apropiándose de ideas de otros y memorizando frases motivacionales de calendario.

El problema no es decir “gracias”. El problema es lo que viene después del agradecimiento: el vacío. Porque no hay datos, no hay indicadores y no hay balances claros. Porque el funcionario quizá desconozca cuánto costó una obra, quién la ejecutó o por qué demoró el triple de lo prometido, pero conoce perfectamente la entonación exacta con la que debe sonar emocionado frente a quien lo nombró.

Y entonces aparecen escenas inolvidables: ministros que confunden PBI con PVC; secretarios que leen diapositivas como si Moisés acabara de bajar del Sinaí con tablas presupuestarias; asesores que responden “gran planteo” cuando en realidad no entendieron absolutamente nada de la pregunta. El agradecimiento inicial deja entonces de ser humildad y pasa a convertirse en el paragolpes oficial de la incompetencia.

Porque quien sabe, explica. Quien estudió, argumenta. Quien administra correctamente, muestra resultados. Pero quien no sabe, agradece. Y cuanto menos sabe, más agradece, hasta transformar cada conferencia pública en una misa de gratitud institucional con café frío, aplausos obligatorios y olor a incienso administrativo.

Lo más triste no es el ridículo. Lo más triste es lo que queda después del acto: funcionarios que hablan como militantes recién ascendidos y no como administradores públicos; discursos idénticos entre sí, como si una inteligencia artificial hubiera sido entrenada exclusivamente con actos escolares, licitaciones públicas y discursos de candidatos que prometían transparencia antes de aprender a ocultar balances.

“Estamos muy contentos gracias al gobernador…” “El gobernador nos pidió…” “Esto es histórico…”

Y la obra: una vereda con una baldosa apenas más oscura que las otras.

La política provincial terminó construyendo así una nueva especie burocrática: el funcionario agradecido. Una persona que cree que administrar el Estado constituye una concesión divina y no una obligación constitucional; que cuando recibe una crítica no corrige sino que agradece más fuerte; que cuando no entiende, sonríe, y cuando sonríe demasiado, todos entendemos que no entendió nada.

Al final uno escucha una conferencia completa: cuarenta y cinco minutos de ceremonia institucional, treinta y dos “gracias” y cero explicaciones concretas. Pero algo sí queda perfectamente claro: a quién le chupan las medias.

Y eso, querido lector, no es gestión pública. Es una coreografía provincial de obediencia, incienso institucional y vasallaje administrativo disfrazado de humildad republicana.

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