Manual práctico para endeudar una provincia sin mostrar demasiado

Jun 3, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista,

 

(Prólogo de Cristina. Epílogo de Caputo. Dibujos de Milei. Nadie aprendió nada.)

San Juan busca autorización para tomar hasta 600 millones de dólares mientras continúa sin adherir a la Ley Nacional de Acceso a la Información Pública. La promesa oficial habla de minería, infraestructura y futuro. El problema es que en Argentina el futuro suele llegar primero en forma de deuda y recién mucho después en forma de explicación.

Hay cifras que no informan. Hipnotizan.

Seiscientos millones de dólares pertenece exactamente a esa categoría. Después de cierto tamaño, los números dejan de funcionar como datos y comienzan a operar como escenografía emocional.

Uno escucha esa cifra e inmediatamente aparecen rutas, parques industriales, trenes de carga, drones filmando progreso y funcionarios pronunciando palabras como “transformación”, “desarrollo estratégico” y “oportunidad histórica” mientras señalan gráficos que nadie termina de entender del todo.

La política argentina descubrió hace tiempo que las deudas gigantes poseen estética de grandeza.

La grandeza, naturalmente, es la parte fácil. Lo difícil siempre fue pagarla.

El gobierno de Marcelo Orrego parece haber comprendido algo central de esta época; la ciudadanía ya no vota solamente administraciones. Vota sensaciones. Vota relatos de estabilidad. Vota promesas capaces de producir alivio psicológico aunque todavía no existan resultados concretos.

Entonces la deuda deja de presentarse como deuda.

Ahora se presenta como “visión”. Como “infraestructura transformadora”. Como “apalancamiento financiero”. Como “desarrollo minero”.

La semántica también cotiza.

Y sin embargo hay algo profundamente incómodo detrás de toda esta sofisticación discursiva.

La provincia que quiere salir a buscar cientos de millones de dólares en mercados internacionales todavía no adhirió a la Ley 27.275 de Acceso a la Información Pública.

La frase merece ser leída lentamente.

Porque revela una contradicción extraordinaria: San Juan pretende convencer al sistema financiero global de que posee capacidad institucional para administrar la mayor deuda de su historia mientras al mismo tiempo todavía evita construir estándares modernos de transparencia para sus propios ciudadanos.

Es decir: confianza internacional sin transparencia local.

Y ahí aparece el verdadero problema del debate.

No la deuda.

La opacidad.

Porque ningún gobierno serio debería temerle a mostrar números cuando está pidiendo autorización para comprometer recursos que probablemente seguirán pagándose mucho después de que los actuales funcionarios hayan abandonado sus cargos y sus slogans de campaña.

La sociedad sanjuanina todavía no conoce con precisión cuánto dejaron realmente ciertos eventos financiados o promovidos por el Estado. La Fiesta del Sol continúa envuelta en cifras difusas. El Ironman permanece rodeado de balances poco claros. Las auditorías completas rara vez aparecen con la nitidez que exige cualquier administración que aspire a presentarse como modelo moderno de gestión.

Y sin embargo ahora debemos asumir que quienes jamás terminaron de transparentar completamente gastos promocionales relativamente acotados sí podrán administrar sin problemas una ingeniería financiera internacional de 600 millones de dólares.

Ahí es donde el discurso empieza a parecerse menos a un plan económico y más a un acto de fe.

Porque la discusión ya no pasa por si la infraestructura es necesaria. Claro que lo es.

San Juan necesita rutas. Necesita saneamiento. Necesita conectividad logística. Necesita infraestructura hídrica. Necesita prepararse para el eventual crecimiento minero.

Lo que todavía no queda claro es por qué una provincia que asegura encontrarse financieramente ordenada necesita contraer precisamente ahora la mayor deuda de su historia.

Y la pregunta se vuelve todavía más incómoda cuando el calendario político empieza lentamente a acercarse a las elecciones.

La obra pública posee una característica fascinante: los gobiernos inauguran en presente, las sociedades pagan en futuro.

La fotografía del corte de cinta ocurre hoy. La cuota llega varios mandatos después.

Argentina conoce demasiado bien esa mecánica.

Primero aparece la épica. Después el endeudamiento. Más tarde llegan las explicaciones donde todos descubren, con expresión solemne, que las condiciones internacionales cambiaron inesperadamente.

Siempre cambian inesperadamente.

La nueva religión política argentina ya no promete revolución. Promete financiamiento.

Las provincias comenzaron a creer que modernizarse consiste en aprender a endeudarse sofisticadamente. Emitir bonos. Hablar de mercados. Viajar a Nueva York. Mostrar gráficos impecables donde todo siempre crece hacia arriba.

Pero las sociedades modernas no se construyen únicamente tomando crédito.

Se construyen mostrando contratos. Abriendo balances. Publicando auditorías. Permitiendo controles reales.

Eso requiere algo mucho más difícil que conseguir dólares: requiere voluntad política.

Porque endeudarse puede hacerlo cualquiera.

Transparentar de verdad todavía parece demasiado revolucionario.

Y quizá allí aparezca la pregunta más brutal de todas.

¿Qué ocurrirá cuando lleguen las próximas elecciones y quienes hoy prometen futuro ya no estén para explicar la factura?

Porque en la política sanjuanina hoy casi todo se construye a futuro. La minería es futuro. La prosperidad es futuro. La lluvia de inversiones es futuro.

Pero la deuda siempre llega en presente.

Y cuando finalmente empiecen a pagarse las cuotas reales de esta historia, probablemente muchos de los que hoy hablan de “momento histórico” ya estarán lejos del poder.

La deuda, en cambio, seguirá aquí.

Esperando a los sanjuaninos.

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