A los hombres que todavía sabían escuchar la tierra

May 27, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

La despedida de Hugo Carmona no marca solamente el final de una trayectoria dentro del Instituto Nacional de Vitivinicultura. También deja al descubierto la lenta desaparición de una generación de técnicos que entendían el trabajo público como un compromiso silencioso con la verdad, la producción y la tierra que aprendieron a interpretar durante décadas.

Hay personas cuya importancia recién se comprende cuando comienzan a despedirse.

No porque hayan buscado protagonismo.

Sino precisamente porque jamás lo necesitaron.

Hugo Carmona pertenecía a esa clase extraña de hombres que sostuvieron instituciones enteras desde el anonimato técnico, mientras otros desfilaban frente a cámaras hablando de modernización, eficiencia y futuro.

Él trabajaba.

Nada más.

Nada menos.

En un país donde demasiados funcionarios aprendieron a confundir gestión con escenografía, Hugo seguía recorriendo viñedos como quien conversa en silencio con la tierra. Observaba racimos, calculaba rendimientos, interpretaba señales invisibles para los improvisados de turno. Y lo hacía con esa mezcla antigua de paciencia, conocimiento y humildad profesional que ya casi no se fabrica.

Porque el verdadero prestigio técnico nunca hace ruido.

Recuerdo todavía aquella primera vez que me ayudó con un problema de marca que aquí, en San Juan, parecía imposible resolver. Oficinas cerradas sobre sí mismas. Burocracias que respondían con evasivas. El viejo deporte provincial de complicar lo sencillo hasta convertirlo en un laberinto administrativo.

Y entonces apareció Hugo.

Sin vender influencias.

Sin prometer milagros.

Sin actuar como un salvador institucional.

“En Mendoza esto se arregla”, dijo.

Y así fue.

Aquel viaje terminó enseñándome mucho más que un trámite. Me mostró la diferencia entre quienes ocupan un cargo… y quienes verdaderamente entienden su función pública. Hugo no utilizaba el INV como una estructura de poder personal. Lo entendía como una herramienta técnica al servicio de la vitivinicultura.

Parece algo pequeño.

No lo es.

Porque durante años el Instituto Nacional de Vitivinicultura sobrevivió gracias a hombres así. Técnicos capaces de defender metodologías, estadísticas y controles incluso cuando nadie valoraba realmente su trabajo. Gente que entendía que detrás de cada dato había productores, bodegas, cosechadores y economías regionales enteras dependiendo de una información seria.

Por eso emociona saber que su última estimación de cosecha terminó siendo casi perfecta. Como si la propia tierra hubiera querido despedirlo con un gesto simbólico. Una coincidencia histórica entre lo proyectado y lo cosechado. Un cierre elegante para alguien que dedicó más de tres décadas a medir incertidumbres bajo el sol brutal de enero.

Treinta y siete años dentro del INV.

Hoy esa permanencia parece un acto revolucionario.

Vivimos tiempos donde sobran consultores instantáneos, funcionarios de marketing y expertos fabricados por redes sociales. Tiempos donde muchos hablan de vino sin haber pisado jamás un parrón después de una tormenta de granizo. Donde abundan los discursos sobre producción, pero escasean los hombres capaces de caminar una finca y comprender realmente qué está ocurriendo.

Hugo sí podía hacerlo.

Porque había aprendido algo que las estadísticas por sí solas jamás enseñan: la vitivinicultura no se mide únicamente con números. También se interpreta con memoria, intuición y años de observar cómo respira una provincia entera alrededor de sus viñas.

Quizá por eso duele esta despedida.

Porque con jubilaciones así no solamente se retira una persona. También comienza a irse una manera de entender el trabajo público. Una ética silenciosa. Una generación de profesionales que todavía sentía orgullo por hacer bien las cosas incluso cuando nadie aplaudía.

Y eso, en la Argentina actual, vale más que cualquier discurso institucional.

Se te va a extrañar, Huguito.

No por nostalgia romántica.

Ni por cortesía.

Sino porque en tiempos donde la mediocridad aprendió a hacer conferencias de prensa, hombres como tú todavía conservaban esa virtud antigua y cada vez más escasa: la seriedad.

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