Crónica de una provincia que se lee entre líneas

Mar 15, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Entre editoriales que incomodan, privilegios que se vuelven símbolo, duelos literarios que revelan memoria y silencios gremiales que ya no admiten excusas, San Juan aparece como un territorio donde los hechos no sólo ocurren: también disputan su sentido.

Los domingos tienen una extraña vocación de tribunal. No juzgan: revelan. Durante la semana, la realidad pasa apurada, mal peinada, empujada por el trámite, la urgencia y la costumbre. Pero el domingo, cuando el ruido baja un poco y la ciudad parece quedarse sola con su conciencia, ciertas preguntas regresan con una insistencia antigua. La principal, quizás, sea esta: ¿qué estamos entendiendo realmente de lo que vemos?

A esa pregunta la filosofía le puso un nombre serio: hermenéutica. Pero en el fondo no se trata de otra cosa que de ese viejo oficio humano de interpretar. Leer lo visible y también lo oculto. Sospechar que detrás de una frase hay una intención; detrás de un silencio, una estrategia; detrás de un gesto administrativo, una moral entera. Interpretar no es un lujo de profesores con bufanda ni una gimnasia de biblioteca. Es la manera en que sobrevivimos al desorden del mundo.

Heidegger comprendió que interpretar no era una simple técnica del pensamiento, sino una condición de la existencia. No vivimos primero y entendemos después: vivimos entendiendo a medias, corrigiendo, suponiendo, completando. En otras palabras: vivimos interpretando. Gadamer, por su parte, agregó una verdad todavía más incómoda: nadie interpreta desde un lugar neutro. Toda lectura está atravesada por la biografía del lector. Nadie mira los hechos desnudos; cada uno los mira vestidos por su historia, por sus intereses, por sus heridas y por sus deseos.

Tal vez por eso la semana que pasó no dejó sólo noticias, sino síntomas. No dejó hechos aislados, sino una especie de rompecabezas moral. Como si San Juan, más que una provincia, se hubiese convertido en un texto en disputa. Y cada episodio reciente, más que una novedad, fuese una frase cargada de dobles sentidos.

Ahí estuvo, por ejemplo, el concejal y el editorial. La escena, mirada de lejos, podría parecer apenas un desencuentro entre la susceptibilidad del poder y la obstinación de la palabra escrita. Pero sería una lectura demasiado pobre. Lo que se jugaba allí no era simplemente la incomodidad de un lector ofendido, sino algo más profundo: la vieja tensión entre el poder y la escritura. Un editorial no es sólo una opinión impresa; es una forma de intervenir en la realidad. Y un concejal, cuando reacciona frente a esa palabra, no reacciona sólo como ciudadano: reacciona también como un hombre que se sabe tocado por lo que cree que el texto dice sobre él, aunque el texto jamás lo haya nombrado con la precisión que su culpa necesita.

Porque a veces el poder tiene esa fragilidad de cristal: se reconoce en las críticas incluso cuando finge no hacerlo. El problema no está sólo en lo que se escribió, sino en el temblor que produjo la lectura. Y ahí la hermenéutica muestra su costado más fascinante: cada interpretación revela tanto del lector como del texto. El concejal no leyó sólo un editorial. Se leyó a sí mismo dentro de él. Tal vez por eso reaccionó no ante la palabra, sino ante el espejo.

En otro plano, menos literario pero infinitamente más grotesco, apareció el gobierno del jamón y los docentes en ayunas. Hay veces en que la realidad provincial parece redactada por un satírico con mal humor. Mientras el discurso oficial repite que no hay recursos, que la responsabilidad fiscal exige sacrificios, que la austeridad debe ser comprendida como una virtud republicana, aparecen esos gastos de cortesía institucional que tienen la delicadeza obscena de un banquete servido frente a una sala de espera.

El jamón, en aquel ensayo, no era un alimento. Era una alegoría. Una pieza de utilería en el teatro moral del poder. Porque el poder, cuando gasta, también habla. Y lo que dice con sus compras suele ser más sincero que lo que declara en conferencia de prensa. Un gobierno que ajusta salarios mientras preserva el ceremonial de sus cortesías no administra sólo partidas presupuestarias: administra símbolos. El problema es que los símbolos también se leen. El funcionario dirá que se trata de protocolo. El contable hablará de partidas. Pero el docente, que ve la heladera como un problema y no como una categoría filosófica, interpreta otra cosa: desprecio. Y cuesta darle la razón al Excel cuando la metáfora ya se volvió demasiado perfecta.

Más íntima, aunque no menos política, fue la escena de el poeta que lloró al novelista. Ahí la semana salió de la oficina pública y entró a la biblioteca. Pero no por eso dejó de estar gobernada por la interpretación. La muerte de un escritor es siempre una noticia doble. Muere una persona, sí, pero también se reactiva una geografía sentimental. Cuando un lector despide a un novelista que lo marcó, no está haciendo sólo un homenaje: está regresando a una parte de sí mismo. Llora al autor, pero también al joven que fue mientras lo leía, a las noches en que esas páginas le enseñaron algo que la época no sabía enseñar, a la manera secreta en que una obra se volvió biografía.

Por eso ese texto tenía la dignidad de las despedidas verdaderas. Porque no convertía la muerte en necrológica, sino en memoria. Y la memoria, cuando es auténtica, nunca repite: interpreta. No dice solamente “adiós”; dice también “esto dejó en mí”. En ese gesto, la literatura reaparecía como una de las formas más delicadas de la hermenéutica: leer una obra es permitir que esa obra nos lea de vuelta.

Pero acaso el episodio más grave de todos haya sido Yo acuso el silencio: la educación sitiada. Allí ya no se trataba de una susceptibilidad política, ni de una ironía presupuestaria, ni de un duelo literario. Allí el centro era el silencio. Y el silencio, cuando se instala en el lugar donde debería haber defensa, adquiere una densidad moral insoportable.

Hay silencios que son prudencia. Hay silencios que son cálculo. Y hay silencios que terminan siendo una forma elegante de la renuncia. Cuando el derecho a huelga aparece vulnerado y la respuesta gremial se demora entre declaraciones, comunicados y promesas de acciones futuras, la interpretación deja de ser un juego intelectual y se vuelve un acto de supervivencia. El docente no necesita una teoría del lenguaje para comprender lo que significa no sentirse defendido a tiempo. Lo interpreta de inmediato: abandono. Y tal vez esa sea la palabra más dura de toda la semana, porque nombra no sólo una circunstancia, sino una fractura.

Entonces la pregunta deja de ser jurídica y pasa a ser moral. ¿Quién traduce realmente el dolor de los docentes? ¿Quién los representa cuando el derecho se vuelve papel mojado y la calle se llena de consignas sin expediente? La provincia entera parece girar alrededor de esa escena: funcionarios que administran el relato, gremios que administran la tensión, docentes que administran la impotencia. Cada uno interpreta su papel. Pero no todos pagan el mismo precio.

Y ahí aparece la intuición más incómoda de este domingo: en San Juan ya no se gobiernan solamente hechos, se gobiernan también interpretaciones. Se intenta fijar el sentido de lo que pasa antes de que la sociedad lo lea por sí misma. Se disfraza de institucionalidad lo que a veces es privilegio. Se presenta como prudencia lo que puede ser demora. Se vende como formalidad lo que muchas veces es miedo. Se espera, en suma, que el ciudadano acepte no sólo la realidad, sino la versión oficial de la realidad.

Pero el problema del poder es que también deja rastros. Y todo rastro puede ser leído.

La literatura lo sabe desde hace siglos. Ningún autor domina del todo a sus lectores. Y ningún gobierno domina del todo el significado de sus actos. Siempre queda un resto, una grieta, una frase mal cerrada, una compra inoportuna, un silencio demasiado largo, una reacción excesiva. Siempre hay alguien que lee entre líneas. Siempre hay un domingo que devuelve a las cosas su verdadero volumen.

Por eso la hermenéutica, lejos de ser una extravagancia académica, se parece cada vez más a una necesidad cívica. Interpretar es resistirse a consumir la realidad ya procesada por otros. Es interrogar el gesto, el tono, la omisión, la escena. Es recordar que los hechos nunca llegan solos: vienen acompañados por una lucha por su significado.

Tal vez por eso esta provincia se parece cada vez menos a un territorio y cada vez más a un manuscrito tachado. Un lugar donde un editorial se vuelve herida, un jamón se transforma en emblema, una muerte literaria abre un archivo sentimental y el silencio en educación ya no suena a prudencia, sino a pacto con la intemperie.

Y acaso esa sea la verdadera tarea de un domingo: no resumir la semana, sino descifrarla. No repetir lo ocurrido, sino preguntarse qué revela. No aceptar la superficie, sino hundir la mirada hasta donde duelen las palabras.

Porque al final la vida pública, igual que la literatura, nunca viene con un manual de lectura.

Viene con escenas. Con símbolos. Con silencios. Con hombres que se reconocen en editoriales, con gobiernos que convidan jamón mientras piden paciencia, con poetas que lloran novelistas como quien llora una parte de su juventud, con docentes sitiados esperando que alguien, por fin, traduzca su angustia en defensa real. Y con una obligación cada vez más urgente: interpretar antes de que interpreten por nosotros.

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