Mientras el gobierno provincial repite que no hay fondos para recomponer salarios docentes, una investigación periodística revela millonarios gastos en jamones destinados a cortesías institucionales. Entre la austeridad que se exige a los de abajo y la abundancia protocolar de los de arriba, San Juan empieza a escribir —sin proponérselo— una metáfora política demasiado elocuente.
Las provincias, como las personas, terminan revelándose en los detalles. No en los discursos solemnes ni en las conferencias de prensa donde todo parece ordenado y razonable, sino en esos pequeños gestos administrativos donde el poder deja ver —sin proponérselo— sus verdaderas prioridades.
San Juan vive uno de esos momentos.
Mientras los docentes discuten salarios que apenas alcanzan para sobrevivir, mientras trabajadores de la salud esperan recomposiciones que no llegan y mientras policías reclaman reconocimiento a una tarea cada vez más exigente, el gobierno provincial insiste en repetir una frase que ya se ha convertido en un mantra institucional.
No hay fondos. No hay fondos para recomposición salarial. No hay fondos para acelerar obras. No hay fondos para mejorar condiciones laborales.
—Acostúmbrense, docentes: no hay fondos.
Sin embargo, la política tiene una curiosa habilidad para revelar sus contradicciones en los lugares más inesperados.
El curioso caso del jamón institucional
En los últimos días comenzó a circular un dato que, de no estar respaldado por registros administrativos, parecería una exageración de sobremesa.
Según una investigación periodística, el gobierno de Marcelo Orrego habría gastado en un tradicional comercio sanjuanino la suma de 2.660 millones de pesos.
La cifra no es simbólica. Ni menor. Ni anecdótica.
Es un número que obliga a formular una pregunta que ningún manual de administración pública había previsto:
¿Cuántos jamones necesita exactamente un gobierno provincial?
La explicación oficial habla de cortesías institucionales, homenajes y obsequios protocolares.
La política, sin embargo, suele traducir esos términos con menos elegancia y bastante más sinceridad: gestos de poder pagados con presupuesto público.
El gobernador de la sonrisa… y el jamón
Marcelo Orrego construyó su figura pública sobre una imagen amable. Durante años su famosa sonrisa funcionó como una marca política: cercanía, moderación, perfil dialoguista. Pero el poder tiene una curiosa tendencia a relajarse cuando se instala en el despacho principal. Y entonces los detalles empiezan a hablar.
Por eso, en los cafés políticos de la provincia ya circula una ironía que resume la escena con brutal precisión:
Parece que Marcelo come mucho jamón.
La frase podría ser una broma de bar. Pero cuando se la acompaña con 2.660 millones de pesos del presupuesto público, la broma deja de ser gastronómica y empieza a ser política.
Porque mientras en los medios el gobierno explica que la provincia atraviesa restricciones económicas, el presupuesto parece moverse con una sorprendente agilidad cuando se trata de cortesías institucionales.
Dicho de otro modo:
La provincia discute salarios… mientras el poder discute la calidad del jamón.
Los símbolos que hablan
No es la primera vez que ocurren estas contradicciones.
Hace poco la provincia celebraba la Fiesta del Sol con toda su pompa oficial. Luego aparecieron viajes en avión para gestiones gubernamentales, y ahora se suma este capítulo gastronómico que ningún manual de austeridad hubiera imaginado.
Alguien podría resumir la escena con una frase que empieza a escucharse en voz baja:
Fiesta del Sol, viajes en avión y ahora el jamón… los de arriba sí, los de abajo no.
Una frase que inevitablemente recuerda aquella otra imagen que ya forma parte de la zoología política sanjuanina: los dinosaurios de arriba y los dinosaurios de abajo.
En ese ecosistema político, los de arriba celebran. Los de abajo hacen cuentas.
Los docentes y la economía del ayuno
Mientras tanto, en las escuelas, la discusión es mucho menos metafórica.
Los docentes hablan de sueldos que pierden contra la inflación.
De paritarias que no alcanzan.
De una profesión que sostiene el futuro de la provincia mientras pelea por sobrevivir en el presente.
El contraste es inevitable.
Una provincia donde los docentes hacen cuentas… mientras el poder reparte jamón. Y donde el aumento ofrecido resulta tan modesto que, como dicen algunos maestros con ironía resignada en los pasillos escolares, ni siquiera alcanza para comprar un pan casero.
Mientras Marcelo come jamón, el aumento ridículo a los docentes no alcanza ni para comprar ese pan casero que todavía sobrevive —con dignidad artesanal— en las panaderías de barrio.
Los de arriba celebran. Los de abajo ajustan.
La picada interminable
La política suele subestimar el poder de las metáforas. Pero a veces la realidad escribe las más precisas.
En San Juan, la escena parece resumirse sola: docentes calculando si el sueldo alcanza para el pan de la semana, hospitales esperando recursos, policías reclamando reconocimiento… y en algún despacho del poder, el presupuesto descubriendo que para el jamón siempre hay fondos.
Tal vez, dentro de algunos años, cuando alguien quiera explicar este momento de la provincia, no necesite revisar balances ni decretos.
Le bastará recordar una imagen sencilla.
De un lado de la mesa, el poder brindando con cortesías institucionales, bandejas de jamón y discursos sobre austeridad. Del otro lado de la provincia, los docentes mirando el recibo de sueldo y preguntándose —con una mezcla de ironía y resignación— si este mes alcanzará, al menos, para el pan casero.
Porque en San Juan, por ahora, el ajuste parece tener una lógica curiosa:
Los de arriba organizan la picada. Los de abajo pagan la cuenta.














