Funcionario auditado, funcionario que debería cobrar
San Juan posee una curiosa ventaja pedagógica para explicar la política: es tierra de dinosaurios. No sólo porque en sus montañas aparezcan fósiles milenarios, sino porque en su administración pública sobreviven especies que parecen haberse resistido, con admirable terquedad, a la evolución institucional.
En la educación provincial conviven dos dinosaurios muy distintos.
Uno vive arriba.
El otro vive abajo.
El de arriba es el dinosaurio burocrático.
El de abajo es el dinosaurio docente.
El primero habita oficinas.
El segundo habita aulas.
Y entre ambos se esconde una ecuación moral que la política sanjuanina acaba de poner nuevamente sobre la mesa.
La frase perfecta… mientras no suba por la escalera del poder
El Gobierno de San Juan anunció que descontará los días de paro docente bajo un principio aparentemente irrefutable:
“Día trabajado, día pagado”.
La frase suena razonable. Tan razonable, de hecho, que invita a completar la ecuación con su mitad olvidada:
Funcionario auditado, funcionario que debería cobrar.
Porque si el salario debe justificarse con trabajo, entonces el mismo principio debería aplicarse a toda la arquitectura del Estado. Y es precisamente allí donde la matemática administrativa comienza a volverse sorprendentemente prudente.
Las frases administrativas poseen una virtud peligrosa: parecen profundamente sensatas mientras miran hacia abajo. Pero cuando intentan subir por la escalera del poder, la lógica empieza a experimentar una curiosa incomodidad.
El dinosaurio de arriba
El dinosaurio de arriba es un animal político muy particular.
No pisa el aula.
No corrige exámenes.
No sabe cuánto cuesta llenar una heladera con un salario docente.
Pero tiene despacho.
Desde esa altura administrativa observa el sistema educativo como quien contempla un mapa desde un helicóptero: todo parece ordenado, planificado y razonablemente gestionado.
Lo que rara vez ocurre es algo mucho más simple: razonar desde la experiencia educativa.
Porque el dinosaurio burocrático suele llegar al cargo mediante un criterio de selección muy específico de la política sanjuanina: la militancia.
Ni la formación pedagógica.
Ni la experiencia en aula.
Ni la trayectoria educativa.
La política ha desarrollado una curiosa metodología de recursos humanos: para dirigir la educación no siempre resulta necesario haber enseñado.
El resultado es una paradoja casi paleontológica: decisiones educativas tomadas por funcionarios que observan la escuela como quien contempla un fósil… desde una vitrina institucional.
El dinosaurio de abajo
El dinosaurio docente pertenece a otra especie.
Es el que sostiene el sistema educativo con una paciencia geológica.
Explica fracciones.
Contiene conflictos.
Planifica clases de noche. Y sobrevive con un salario que, frente a la inflación argentina, parece una reliquia de otra era económica.
Mientras el dinosaurio de arriba inaugura edificios y habla incoherencias, el de abajo intenta enseñar en aulas donde la realidad social pesa más que cualquier discurso ministerial.
Uno administra palabras.
El otro administra la realidad.
Cuando el trabajo se vuelve una categoría filosófica
En el mundo real del trabajo las reglas suelen ser simples.
El comerciante vende o no vende.
El obrero produce o no produce.
El docente enseña o no enseña. Pero cuando la balanza llega al Estado ocurre algo fascinante. El trabajo se convierte en una categoría filosófica.
En los pasillos del Centro Cívico las reuniones se suceden con disciplina administrativa. Los asesores circulan. Los informes se redactan. Las comisiones se multiplican. Sin embargo, cuando uno intenta identificar el resultado concreto de algunas oficinas, la conversación adquiere un tono casi metafísico. Todos parecen muy ocupados. Aunque nadie logra explicar exactamente en qué. Y así aparece uno de los pequeños misterios administrativos de la política sanjuanina: el salario público que existe incluso cuando el trabajo resulta difícil de localizar… incluso con un telescopio.
El ecosistema de las oficinas que supervisan oficinas
No siempre se trata de corrupción espectacular. A veces es algo mucho más sofisticado.
Un cargo que nadie evalúa.
Una oficina que nadie audita.
Una función que nadie recuerda exactamente para qué fue creada.
La burocracia ha perfeccionado un arte muy particular: crear estructuras que supervisan estructuras que coordinan estructuras cuyo principal resultado consiste en producir informes sobre estructuras.
Cuando una oficina pública no produce resultados durante años, ocurre algo todavía más interesante: se crea otra oficina destinada a estudiar por qué la primera no produce resultados.
Mientras tanto, el presupuesto circula con la serenidad de quien sabe que nadie le pedirá demasiadas explicaciones.
La pedagogía laboral… aplicada selectivamente
Cuando un maestro falta, se descuenta el día.
Cuando una oficina pública no produce resultados durante años, ocurre algo bastante distinto: se crea una mesa de trabajo, una comisión técnica o un programa de fortalecimiento institucional.
La política sanjuanina ha convertido este mecanismo en una forma de administración casi artística. Se inauguran estructuras para supervisar estructuras que coordinan estructuras que redactan diagnósticos sobre estructuras. Y así el sistema funciona con la serenidad de un reloj que nadie se anima a abrir.
El meteorito
Los dinosaurios no desaparecieron por falta de tamaño.
Desaparecieron por falta de adaptación.
Durante millones de años dominaron la Tierra con una seguridad absoluta. Eran enormes, poderosos, aparentemente invencibles. Hasta que un día ocurrió algo que jamás había sido contemplado en sus cálculos evolutivos.
Un meteorito. Un impacto inesperado que transformó el clima del planeta y volvió inútiles las ventajas que antes parecían eternas.
La historia natural ofrece una lección incómoda para cualquier estructura demasiado confiada en su tamaño: cuando el mundo cambia, la supervivencia no depende del poder… sino de la capacidad de adaptarse.
Tal vez la política educativa sanjuanina debería recordar esa vieja enseñanza de la paleontología. Porque los dinosaurios de arriba pueden sentirse seguros dentro de sus oficinas, rodeados de discursos y estructuras administrativas. Pero en política —como en la naturaleza— los meteoritos existen.
A veces se llaman crisis social.
A veces desgaste político.
A veces, simplemente, realidad.
Y cuando finalmente caen, suele ocurrir algo curioso. Los dinosaurios de abajo siguen caminando entre pizarrones y cuadernos. Mientras los de arriba pasan, lentamente, a integrar la colección permanente de los fósiles administrativos de la historia.














