El juego de las palabras: anatomía de un lenguaje que ya no enseña, administra

Mar 23, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay libros que no existen… pero explican mejor la realidad que los que sí.

El juego de las palabras es uno de ellos. No porque no haya sido escrito, sino porque hay textos que aparecen cuando la realidad ya no alcanza para explicarse. Y cuando la realidad deja de explicarse, alguien empieza —silenciosamente— a administrarla.

No con hechos.

Con palabras.

Entonces ya no se habla de ajuste: se habla de reordenamiento.

No se habla de conflicto: se habla de diálogo.

No se habla de límite: se habla de esencialidad.

Y en ese leve corrimiento —mínimo, casi elegante, casi técnico— ocurre lo decisivo: la educación deja de ser un derecho… y empieza a parecer una herramienta.

Una herramienta dócil.

Previsible.

Funcional.

Una herramienta que no enseña a pensar… sino a aceptar.

El aula como territorio en disputa

Hubo un tiempo —no tan lejano, pero ya incómodo— en que enseñar era nombrar el mundo.

Nombrarlo para entenderlo.

Nombrarlo para discutirlo.

Nombrarlo, incluso, para desobedecerlo.

Hoy, en cambio, algo se ha desplazado.

Las palabras que circulan en el sistema educativo —“reforma”, “eficiencia”, “servicio esencial”, “modernización”— ya no describen: ordenan. No buscan explicar la realidad, sino volverla administrable. Y en ese gesto —que no grita, que no irrumpe— la educación empieza a vaciarse sin hacer ruido.

No se trata de que se enseñe menos.

Se trata de que se enseña otra cosa.

Se enseña a aceptar lo dado.

Se enseña a adaptarse sin fricción.

Se enseña, sobre todo, a no incomodar demasiado.

Y un sistema que pierde la incomodidad… pierde el pensamiento.

El coraje de quedarse

Nos dijeron —durante años— que el coraje era avanzar.

Pero nadie explicó lo difícil que es quedarse.

Quedarse en una idea cuando todo invita a ceder.

Quedarse en una pregunta cuando lo urgente exige respuestas rápidas.

Quedarse en una forma de enseñar que no se arrodille ante la comodidad del discurso oficial.

Porque el problema de este tiempo no es el conflicto.

El conflicto, al menos, revela.

El problema es la normalización del deterioro.

Docentes que negocian lo indispensable como si fuera un privilegio.

Gremios que discuten los márgenes mientras el centro se desmorona.

Gobiernos que celebran lo insuficiente con una precisión casi estética.

Y en el medio —siempre en el medio— una educación que se vacía… sin escándalo.

La memoria que se enseña (y la que se borra)

La educación no transmite contenidos.

Construye memoria.

Y toda memoria —aunque no lo diga— es una decisión.

Recordar algo… implica olvidar otra cosa.

Olvidar el valor del pensamiento crítico.

Olvidar que disentir también educa.

Olvidar que enseñar no es repetir… sino incomodar.

Por eso la educación es, en esencia, un riesgo.

No para quien aprende.

Para quien gobierna.

Porque una sociedad que piensa no se administra.

Se discute.

Y cuando la educación deja de incomodar, empieza a volverse funcional.

Y cuando se vuelve funcional… ya no enseña: responde.

El lenguaje como arquitectura del poder

Nada de esto ocurre de manera frontal.

No hay una orden explícita.

No hay un decreto que diga “dejen de pensar”.

Hay algo más preciso. Más eficaz. Más silencioso.

Se cambia el lenguaje.

Se redefine sin anunciar.

Se reemplaza sin explicar.

Se suaviza lo que antes dolía.

“Servicio esencial” ya no protege: limita.

“Diálogo” ya no construye: dilata.

“Mejora” ya no transforma: disimula.

Y así, palabra por palabra, se construye una ficción estable.

Tan estable… que empieza a parecer verdad.

El peligro

El problema no es un gobierno.

Los gobiernos pasan. Mutan. Se reinventan.

El problema es cuando la educación deja de ser un espacio de resistencia simbólica.

Cuando el aula deja de ser un lugar donde el mundo se cuestiona… y pasa a ser un lugar donde se lo acepta sin traducción.

Ahí el daño no es inmediato.

No se mide en estadísticas.

No aparece en los discursos.

Pero queda.

Se instala en la forma de pensar.

En la forma de hablar.

En la forma —más peligrosa— de no decir.

El aula vacía

Tal vez por eso seguimos escribiendo.

No por oficio.

No por nostalgia.

Ni siquiera por vocación.

Escribimos porque algo se está perdiendo en el lenguaje… y todavía no encontramos cómo nombrarlo sin que duela.

Porque cuando las palabras cambian de significado, no es el idioma el que se transforma: es la realidad la que empieza a ceder.

Y entonces todo parece seguir igual —las aulas, los discursos, los actos— pero algo ya no encaja.

Como una pieza retirada sin hacer ruido.

Como una verdad que ya no encuentra dónde apoyarse.

Quizás por eso ese libro inexistente —ese que no leímos pero entendimos— decía, o debería haber dicho, que las palabras no nos pertenecen.

Que somos nosotros los que, lentamente, empezamos a pertenecerles.

Y ahí —justo ahí— empieza el problema.

Porque cuando una sociedad deja de discutir sus palabras, ya no necesita que le impongan nada.

Se ordena sola.

Se corrige sola.

Se limita sola.

Y lo más inquietante… es que aprende a llamarlo, sin ironía, educación.

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