En 1986 todavía mirábamos el cielo.
No había teléfonos inteligentes que nos obligaran a caminar con la cabeza inclinada, ni redes sociales capaces de convertir cualquier prodigio en un espectáculo de quince segundos. Para saber qué estaba ocurriendo allá arriba había que salir de casa, buscar un lugar oscuro y levantar los ojos.
Aquel año nos dijeron que por algún rincón del firmamento pasaría un viajero que había estado allí mucho antes de que naciéramos y que probablemente no volveríamos a encontrar hasta ser viejos. Se llamaba Halley.
Tenía nombre de hombre, cuerpo de hielo y una puntualidad que desafiaba generaciones.
Durante meses lo esperamos. Y sin saberlo, mientras buscábamos un cometa en el cielo, una generación entera estaba aprendiendo que el tiempo también podía medirse por las cosas que quizá solo veríamos una vez en la vida.
El cometa Halley estaba en todas partes. En los diarios, en la televisión, en las conversaciones de los adultos, en las revistas que intentaban explicarnos órbitas que no entendíamos y en aquellos dibujos escolares donde inevitablemente terminábamos pintando una estrella con una cola desproporcionada.
Era un visitante que llegaba aproximadamente cada 76 años.
Eso bastaba para convertirlo en una tragedia íntima.
Porque alguien tuvo la crueldad matemática de explicarnos que probablemente lo veríamos una sola vez.
A cierta edad, setenta y seis años son una abstracción. Uno cree que la vida es interminable porque todavía no ha comenzado a perder demasiadas cosas. Los padres parecen eternos. Los amigos son para siempre. Los amores juran durar toda la vida y nosotros cometemos la imprudencia de creerles. El futuro es un territorio tan extenso que desperdiciar una tarde parece un derecho constitucional.
Entonces apareció Halley.
No fue solamente un cometa. Fue quizá nuestra primera conversación seria con el tiempo.
Edmond Halley había comprendido siglos antes que aquel cuerpo luminoso que aparecía periódicamente en los registros históricos no eran distintos visitantes, sino el mismo viajero regresando una y otra vez. Predijo su retorno para 1758. Murió en 1742.
El cometa volvió.
Halley no estaba para verlo.
Hay algo brutalmente hermoso en esa historia. Un hombre descubre que el universo tiene memoria y consigue calcular cuándo regresará uno de sus fantasmas, pero la misma matemática que le permite anticipar el futuro le impide habitarlo.
Tal vez por eso los cometas siempre estuvieron rodeados de supersticiones. Antes de convertirlos en ecuaciones, los hombres los convirtieron en presagios. Los chinos registraron sus apariciones. Los europeos medievales los contemplaron con temor. El cometa que luego llevaría el apellido de Halley quedó asociado en la memoria occidental con la conquista normanda de Inglaterra de 1066 y terminó bordado en el tapiz de Bayeux.
Durante siglos, mirar hacia arriba significaba preguntarse qué querían decir los cielos.
Nosotros llegamos bastante después, cuando los cielos ya habían dejado de hablar.
En 1986 teníamos científicos en televisión explicándonos perihelio, órbita y composición. Ya no había emperadores aterrados ni sacerdotes buscando mensajes divinos. Había telescopios, sondas espaciales y periodistas tratando de traducir el universo antes del noticiero de las nueve.
Habíamos ganado conocimiento.
Pero quizá habíamos perdido un poco de misterio.
Recuerdo aquella expectativa mejor que al propio cometa. Y sospecho que muchos de mi generación padecen la misma paradoja. Esperábamos una gigantesca pincelada atravesando el firmamento y recibimos, dependiendo del lugar y de la calidad del cielo, una presencia bastante más discreta.
Fue casi una lección política.
Nos prometieron un espectáculo descomunal y tuvimos que esforzarnos para encontrarlo.
Después descubriríamos que aquello no era patrimonio exclusivo de la astronomía.
Nuestra generación crecería escuchando otras promesas. Democracias definitivas, prosperidades inminentes, revoluciones salvadoras, monedas indestructibles, tecnologías que nos devolverían el tiempo, políticos que venían a terminar con los políticos y futuros que siempre comenzarían el lunes siguiente.
El Halley, al menos, tuvo una virtud que muchos de ellos jamás tuvieron.
Cumplió.
Llegó cuando debía llegar y después se marchó sin cadena nacional, sin inaugurar tres veces la misma obra y sin culpar al cometa anterior por el estado del sistema solar.
Y nosotros continuamos aquí.
O eso creemos.
Porque desde aquel 1986 han pasado cuarenta años. Los niños y adolescentes que levantaban la cabeza buscando una mancha luminosa tienen ahora canas, hijos adultos, algunas ausencias y una colección de fotografías donde pueden comprobar que el tiempo hizo con ellos exactamente aquello que el tiempo suele hacer mientras estamos ocupados haciendo otros planes.
Nuestros padres envejecieron. Algunos se fueron. Ciertos amigos desaparecieron sin necesidad de viajar millones de kilómetros. Los amores eternos descubrieron cláusulas de rescisión. Las canciones de nuestra adolescencia comenzaron a sonar en radios dedicadas a los clásicos y un día, sin ninguna ceremonia, comprendimos que cuando alguien habla de «los jóvenes» ya no está hablando de nosotros.
Halley continúa viajando.
Esa es quizá la parte más insolente de la historia.
Mientras nosotros discutimos elecciones, pagamos cuentas, enterramos seres queridos, escribimos libros, cambiamos de ciudades, acumulamos derrotas y celebramos pequeñas victorias, aquella enorme piedra helada continúa recorriendo su órbita con una indiferencia casi borgeana.
No sabe quién gobierna.
No conoce nuestras fronteras.
No cotiza el dólar.
No sabe que existimos.
Y volverá.
Las estimaciones astronómicas sitúan su próximo perihelio en 2061. Entonces habrá nuevamente telescopios apuntando hacia el cielo y niños preguntando por qué todo el mundo habla de una piedra que viene desde tan lejos.
Algunos de quienes lo vimos en 1986 quizá estaremos allí.
Otros no.
Ahí comienza la verdadera poesía del Halley.
Cuando éramos jóvenes nos dijeron que volvería dentro de setenta y seis años y aquello nos pareció una eternidad. Ahora sabemos que las eternidades tienen la desagradable costumbre de convertirse en calendarios.
Por eso, si alguna vez vuelvo a verlo, no pienso preguntarme de qué está compuesto, cuántos kilómetros mide su núcleo ni a qué velocidad atraviesa el sistema solar.
Buscaré al muchacho que fui.
Al que alguna noche de 1986 levantó la cabeza convencido de que estaba mirando un cometa, cuando en realidad estaba mirando por primera vez algo mucho más difícil de comprender.
El tiempo.
Y si Halley regresa y yo todavía estoy aquí, probablemente sonría.
No porque haya vuelto él.
Sino porque, contra todos los pronósticos, habremos vuelto a encontrarnos.














