Cuando termina el partido empieza la historia

Jul 10, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay quienes creen que un Mundial se juega durante noventa minutos, como si el silbato inicial abriera apenas un partido y el silbato final clausurara definitivamente su sentido. Se equivocan. En realidad, cada Mundial comienza mucho antes de que ruede la pelota y termina mucho después de que se apagan los estadios. Los goles se cuentan, los resultados se archivan y las copas cambian de manos, pero las historias permanecen, porque son ellas —y no solamente el marcador— las que explican por qué el fútbol sigue siendo una de las formas más intensas de la memoria popular.

Cada Copa del Mundo es un archivo emocional de la humanidad. Allí no solo quedan campeones. También permanecen las épocas, las dictaduras que buscaron apropiarse de una victoria, las guerras que se colaron en un estadio, las rivalidades convertidas en símbolos nacionales y esos pequeños gestos capaces de sobrevivir mucho más que cualquier resultado.

Pelé, Maradona y Messi representan tres maneras de trascender el fútbol. Los tres dominaron una época, pero cada uno terminó relacionándose de forma distinta con el poder.

Pelé fue el rey del fútbol, pero también el futbolista al que una dictadura declaró patrimonio nacional para impedir que emigrara y convertir su figura en un instrumento político. El mayor talento de Brasil terminó siendo utilizado como símbolo de Estado antes que como simple deportista. Ni siquiera los genios escapan cuando el poder necesita construir relatos.

Maradona eligió otro camino. Nunca escondió sus posiciones políticas. Amó la confrontación con la misma intensidad con la que amó la pelota. Su historia quedó inevitablemente unida a Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales, además de aquella revancha emocional frente a Inglaterra después de la Guerra de las Malvinas. Para millones de argentinos fue mucho más que un jugador; representó una reparación simbólica de una herida nacional. Al mismo tiempo, su vida estuvo atravesada por escándalos, excesos y contradicciones que nunca lograron eclipsar el brillo irrepetible de su talento dentro de una cancha.

Messi, en cambio, parece pertenecer a otra época.

No porque ignore la realidad, sino porque decidió intervenir desde un lugar diferente. Mientras el mundo político se obsesiona con discursos grandilocuentes, él eligió otro lenguaje, el de los gestos cotidianos. No necesita proclamas ni consignas. Le alcanza con un abrazo, una camiseta entregada a un niño, una fotografía sin protocolo o una ayuda que rara vez busca convertirse en noticia.

Quizá por eso su liderazgo resulta tan poderoso.

Este Mundial también parece hablar ese idioma.

Las tribunas volvieron a parecerse más a una celebración de las identidades que a una batalla ideológica. Noruega recuperó el imaginario vikingo para celebrar sus raíces. Bélgica convirtió una camiseta en un homenaje a René Magritte. Cabo Verde emocionó al planeta con la historia de Vozinha, un arquero cuya mayor ilusión no era un contrato millonario, sino conseguir que su madre pudiera verlo jugar desde una tribuna.

Luego apareció un gesto que explicó mejor que cualquier conferencia de prensa el espíritu de este torneo. La iniciativa atribuida a Messi para facilitar la llegada de Vozinha al Inter Miami, incluyendo la posibilidad de que su madre pudiera vivir junto a él, conmovió al mundo porque devolvió el foco a lo esencial. Más allá de si el contrato termina firmándose o no, la historia ya había cumplido su cometido. Recordó que detrás de cada futbolista hay un hijo, una familia y una vida que no entra en una planilla de estadísticas.

Y entonces el fútbol volvió a demostrar cuál es su verdadera fuerza.

No está en los millones que mueve la FIFA ni en los contratos publicitarios que rodean cada torneo. Está en esas historias pequeñas que ninguna estadística registra y que, sin embargo, sobreviven cuando los trofeos acumulan polvo y los resultados dejan de importar.

Durante demasiado tiempo confundimos liderazgo con estridencia. Creímos que los grandes hombres eran quienes ocupaban más portadas, hablaban más fuerte o dividían mejor a la sociedad. Sin embargo, el tiempo suele ser un juez incómodo. Termina recordando con mayor cariño a quienes hicieron sentir mejor a los demás.

La política podría aprender bastante de todo esto.

Las sociedades no viven únicamente de grandes reformas constitucionales ni de promesas electorales. También viven del hospital que funciona, de la escuela donde realmente se aprende, de la calle donde puede caminarse sin miedo, del funcionario que escucha antes de responder y del gobernante que entiende que administrar un Estado consiste, sobre todo, en administrar esperanzas.

Quizá el mayor legado de este Mundial no sea táctico ni deportivo, sino profundamente humano.

Pelé simbolizó el talento utilizado por el poder.

Maradona representó al talento que decidió abrazarlo.

Messi parece recordarnos que el verdadero liderazgo no necesita conquistar gobiernos cuando logra conquistar la confianza de las personas.

Porque los campeones levantan copas.

Los ídolos levantan generaciones.

Y cuando el árbitro señala el final, el partido termina. La historia, en cambio, recién empieza.

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