Esta vez, la fiesta era la Selección

Jul 12, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

«El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar.»

— Ernest Hemingway, Por quién doblan las campanas

Hay partidos que parecen escritos por los entrenadores. Otros pertenecen a los cronistas. Y existen unos pocos que, cuando terminan, pasan directamente a manos de la historia.

Argentina derrotó a Suiza por 3 a 1 y avanzó a las semifinales del Mundial. El resultado quedará guardado en las estadísticas, junto a la fecha, los goles y el nombre del estadio. Sin embargo, lo verdaderamente importante no cabe del todo en una planilla. Porque un Mundial nunca se juega únicamente en el césped. También se juega en la memoria, en las calles, en las casas y en esa zona misteriosa donde un pueblo vuelve a reconocerse a través de once camisetas.

Cada campeonato del mundo es una representación condensada de la condición humana. Allí aparecen el miedo, la ambición, la disciplina, la soberbia, la caída y la redención. Durante noventa minutos, los países abandonan sus fronteras políticas y se convierten en una manera de correr, de resistir, de atacar y de sufrir.

Suiza llevó al campo una idea antigua y precisa. El orden como método. La paciencia como defensa. La geometría como forma de controlar el caos. No fue un rival improvisado ni un simple obstáculo en el camino argentino. Fue un equipo que entendió que, para enfrentarse al campeón, no bastaba con correr. Había que cerrarle los espacios, incomodarlo, obligarlo a pensar cada avance.

Argentina, en cambio, llevó otra tradición. La de los pueblos que no se explican solamente mediante el orden, porque también necesitan la intuición, el desborde y una dosis de rebeldía. Su fútbol siempre ha vivido en esa tensión entre la organización y la inspiración. Entre la pizarra y el potrero. Entre la obediencia táctica y el instante en que alguien decide romper el libreto.

Esa contradicción también forma parte de la historia nacional. La Argentina nació entre ejércitos precarios, ciudades enfrentadas, proyectos inconclusos y hombres que discutían el país mientras todavía lo estaban inventando. Desde la Independencia hasta las guerras civiles, desde las crisis económicas hasta las reconstrucciones colectivas, hubo siempre una constante. La sensación de que nada estaba asegurado y de que cada avance podía perderse al día siguiente.

Quizá por eso el fútbol ocupa un lugar tan profundo en la identidad argentina. No porque resuelva los problemas reales, sino porque los representa durante un instante. En cada partido decisivo reaparece la misma pregunta que atraviesa la historia del país. ¿Qué hacemos cuando las cosas no salen como esperábamos?

Hemingway entendió que el coraje no consiste en ignorar el miedo. Consiste en seguir adelante a pesar de él. Sus personajes rara vez eran invulnerables. Eran hombres golpeados que continuaban caminando, pescadores que regresaban heridos, soldados que aceptaban su destino y escritores que sabían que la derrota también podía contener dignidad.

El fútbol comparte esa verdad. Ningún equipo es valiente porque nunca duda. Es valiente cuando logra actuar incluso en medio de la duda. Argentina tuvo que soportar la presión, el cansancio y la incomodidad de un rival que no estaba dispuesto a inclinarse ante el prestigio de la camiseta.

Los campeones también sienten miedo. La diferencia es que aprenden a jugar con él.

Durante algunos pasajes, el partido pareció inclinarse hacia la lógica suiza. El juego se volvió cerrado, calculado, áspero. Cada pase argentino encontraba una marca. Cada intento de acelerar tropezaba con una defensa organizada. Suiza parecía decir que la historia no concede privilegios y que ningún título anterior garantiza la victoria siguiente.

Era una advertencia justa. En el deporte, como en la política y en la vida, vivir de la gloria pasada es una forma elegante de empezar a perder.

Argentina debió volver a empezar dentro del mismo partido. Tuvo que abandonar la comodidad de sentirse favorita y recuperar la necesidad. Esa transformación fue decisiva. Porque los equipos suelen perder cuando creen que el resultado les pertenece antes de conseguirlo. La Selección, en cambio, comprendió que debía ganarse nuevamente el derecho a continuar.

Entonces apareció esa vieja obstinación argentina.

No se trató únicamente de técnica. Fue una forma de carácter. La misma que tantas veces empujó al país a levantarse después de sus propias catástrofes. Argentina tiene una historia llena de derrotas que parecían definitivas y de resurrecciones que nadie había previsto. Esa costumbre de sobrevivir a sí misma también forma parte de su identidad.

El tercer gol terminó de quebrar la resistencia suiza, pero también convirtió el partido en otra cosa. Ya no era solamente una clasificación. Era la confirmación de que el equipo podía imponerse sin abandonar el equilibrio, sin caer en la desesperación y sin confundir pasión con desorden.

Allí apareció una virtud menos celebrada que el talento, pero igualmente importante. La madurez.

Los griegos hablaban de la areté, la excelencia alcanzada cuando una persona llevaba sus capacidades hasta el límite. No era un premio exterior. Era una obligación consigo misma. La victoria verdadera no consistía únicamente en superar al adversario, sino en acercarse a la mejor versión posible de uno mismo.

Argentina ganó porque consiguió hacer precisamente eso. No fue perfecta. No necesitaba serlo. Le alcanzó con ser consciente de sus dificultades y responder a ellas sin renunciar a su identidad.

Esa es una de las grandes lecciones del deporte. La perfección paraliza. La grandeza, en cambio, avanza incluso con defectos.

Un Mundial también modifica el tiempo. Durante unas semanas, los días dejan de organizarse por obligaciones laborales, reuniones o trámites. Se organizan por partidos. Las familias vuelven a encontrarse frente a una pantalla. Los desconocidos se abrazan en las calles. Las ciudades se convierten en una multitud que respira al mismo ritmo.

La pelota consigue lo que pocas instituciones logran. Suspende las diferencias por un instante.

El empresario y el empleado gritan el mismo gol. El anciano recuerda a Maradona. El niño descubre a sus primeros héroes. El que vive lejos del país vuelve a sentirse cerca apenas escucha el himno. El fútbol no elimina las desigualdades, pero crea una ilusión breve de comunidad, una pausa donde todos parecen habitar la misma historia.

Esa ilusión no debe confundirse con ingenuidad. Ningún triunfo deportivo arregla una economía, mejora una escuela ni sustituye una política pública. Convertir el fútbol en anestesia sería una forma de traicionarlo. Su verdadero valor está en otro lugar. En recordar que todavía existen experiencias capaces de reunir a una sociedad fragmentada.

Durante algunas horas, el país deja de discutir quién tiene la culpa y recuerda que también puede compartir una alegría.

Argentina está entre los cuatro mejores equipos del mundo. La frase parece puramente deportiva, pero contiene algo más profundo. Significa que un grupo pudo soportar el peso de la expectativa, convivir con la historia y seguir avanzando sin quedar prisionero de ella.

Porque llevar una camiseta campeona también puede convertirse en una carga. Cada rival desea derrotarla. Cada error parece más grave. Cada partido se transforma en un juicio sobre el pasado. La Selección tuvo que aprender que defender un título no significa repetirlo, sino construir una historia nueva.

El Mundial continúa. Vendrá Inglaterra y volverán la tensión, el miedo y las preguntas. Nada está asegurado. Esa incertidumbre es precisamente lo que hace valioso el camino. La gloria que se conoce de antemano pierde su sentido.

Hemingway escribió sobre París como una fiesta que permanecía con quien alguna vez había vivido allí. No hablaba solamente de una ciudad. Hablaba de ciertos momentos que acompañan a una persona para siempre, incluso cuando el tiempo intenta borrarlos.

Algo parecido ocurre con los Mundiales. Cada generación conserva uno. Un gol, una atajada, una camiseta, una voz en la radio o una mesa familiar. El fútbol termina, pero la escena permanece.

Cuando el árbitro señaló el final, Argentina no solo había ganado un partido. Había recordado que las naciones no permanecen vivas por los trofeos que exhiben, sino por las historias que todavía son capaces de escribir cuando el cansancio invita a rendirse.

Hemingway recordaría París como una fiesta que lo acompañó durante toda la vida. Esta vez, sin embargo, París no era la fiesta. La fiesta vestía de celeste y blanco, corría detrás de una pelota y avanzaba otra vez entre los grandes del mundo.

Esta vez, la fiesta era la Selección.

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