Hay políticos que envejecen. Hay otros que solamente retocan el retrato.
Oscar Wilde imaginó a un hombre condenado a conservar intacta su belleza mientras un cuadro escondido acumulaba las marcas de sus miserias. Dorian Gray caminaba por los salones con el rostro impecable porque toda su podredumbre ocurría en otra parte.
Más de un siglo después, la novela puede leerse como algo que Wilde nunca pretendió escribir, un breve tratado sobre comunicación política.
El poder contemporáneo también tiene un retrato. Se llama relato. Y casi siempre está mejor conservado que la realidad.
No descubrimos nada nuevo
Conviene ser justos. Esta patología no la inventaron las redes sociales. Ya en 1922 Walter Lippmann advertía que entre los hechos y la opinión pública se interponía un “pseudoentorno”, una representación construida del mundo sobre la cual terminamos formando nuestras opiniones. Guy Debord, décadas después, describió una sociedad donde buena parte de lo vivido se transforma en representación. Mucho antes de ambos, los gobernantes ya comprendían las ventajas de administrar la memoria. Algunos faraones borraban nombres e imágenes de predecesores incómodos sin necesidad de Photoshop.
La edición política no nació con Instagram. Instagram simplemente la volvió portátil, instantánea y universal.
Por eso lo nuevo no es el fenómeno sino la escala. Los gobiernos ya no administran únicamente presupuestos, hospitales, escuelas o salarios. Administran percepciones. Y lo hacen con herramientas que ningún déspota ilustrado pudo soñar. Fotógrafos profesionales, community managers, consultores narrativos, encuestadores, ejércitos digitales y algoritmos capaces de construir pequeñas realidades para cada ciudadano.
La política descubrió una formidable economía del esfuerzo.
No siempre es necesario modificar la realidad. A veces alcanza con modificar el encuadre.
El arte de editar sin mentir
Aquí está la sofisticación del asunto.
No necesariamente mienten.
Editan.
Un hospital puede tener problemas, pero la fotografía de la inauguración será perfecta. Una escuela puede deteriorarse, pero el video institucional mostrará niños sonrientes. El salario puede perder contra la inflación, pero el comunicado hablará de “recomposición”. Una deuda será presentada como “financiamiento estratégico”. Un fracaso se convertirá en “desafío”. Y cuando nada funcione, siempre quedará esa palabra extraordinaria con la que los gobiernos compran tiempo, proceso.
Como hacemos todos con nuestras fotografías, seleccionan qué parte de la realidad merece aparecer y cuál debe quedar fuera del encuadre.
La diferencia crucial ya no está solamente entre verdad y mentira. Está entre comunicar lo que se hace y gobernar para comunicar. Lo primero pertenece a la democracia. Lo segundo, al espectáculo.
Durante mucho tiempo el político necesitaba construir una obra para después mostrarla, aunque alguna vez también fingiera la obra. Ahora la tentación resulta mucho más eficiente. Construir primero la imagen y esperar que la realidad encuentre alguna manera de parecerse.
El momento Dorian Gray
El gobernante comienza entonces a contemplarse en sus propias pantallas. Mira sus videos, lee publicaciones favorables, observa encuestas que le acercan colaboradores que aprendieron rápidamente una antigua disciplina cortesana, decirle al rey que todavía luce magnífico.
Hasta que sucede algo bastante más peligroso que mentir.
El poder empieza a creer en su propia propaganda.
Ese es el verdadero momento Dorian Gray. No cuando consigue ocultar la verdad a los demás, sino cuando pierde la capacidad de verla él mismo.
Porque afuera permanece el cuadro.
Allí están las calles que el dron institucional no filmó. El comerciante que cerró. El docente que hace cuentas. El empresario que espera. La obra anunciada tres veces y nunca terminada. El joven que se marcha porque sospecha que su futuro queda demasiado lejos. La familia que descubre una paradoja maravillosa de nuestra época, las estadísticas pueden mejorar sin que mejore su heladera.
Nada de eso desaparece.
Simplemente queda fuera de cámara.
Y mientras mayor sea la distancia entre la fotografía y la calle, más dinero, propaganda y creatividad harán falta para conservar el retrato.
La trampa del retrato
Hay otro giro en la novela de Wilde que resulta todavía más inquietante. Dorian no solamente escondía su retrato. Había terminado prisionero de él.
También le ocurre al poder.
Un gobierno que se presenta como infalible pierde la posibilidad de reconocer un error. El que se proclama austero queda atrapado por cada gasto inexplicable. Quien promete transparencia convierte cada secreto en sospecha. Y quien construye su identidad sobre la superioridad moral necesita esconder con especial cuidado sus propias miserias.
Cuanto más hermoso debe permanecer Dorian, más monstruoso se vuelve el cuadro.
Aparece entonces una forma particularmente eficaz de censura. No aquella que prohíbe hablar, sino la que convierte cualquier crítica en enemistad.
El periodista que pregunta molesta. El opositor que cuestiona conspira. El ciudadano que reclama no comprende. El intelectual que duda seguramente responde a algún interés oscuro. Poco importa contestar el argumento cuando resulta mucho más sencillo desacreditar al mensajero.
La crítica deja entonces de ser una pieza necesaria de la democracia para convertirse en una agresión contra el retrato.
Y allí comienza la decadencia de un gobierno.
No cuando pierde una elección.
Mucho antes.
Cuando necesita que la fotografía contradiga demasiado a la calle.
¿Tiene arreglo?
Probablemente no en el sentido tranquilizador que nos gustaría imaginar.
La realidad sin mediaciones no existe. Nunca existió. Siempre habrá alguien seleccionando una fotografía, eligiendo una palabra, decidiendo qué mostrar y qué dejar fuera del encuadre. El problema comienza cuando el relato deja de interpretar la realidad y pretende reemplazarla.
Por eso las democracias inventaron mecanismos bastante menos seductores que Instagram. Periodismo que verifica, auditorías independientes, oposiciones capaces de controlar, ciudadanos que preguntan e instituciones que todavía pueden decir que dos más dos son cuatro aunque el gobierno de turno haya contratado una consultora para demostrar que son cinco.
Son instrumentos imperfectos. También incómodos. Precisamente por eso resultan necesarios.
Dorian Gray intentó finalmente destruir aquello que revelaba su verdadera naturaleza. Clavó un cuchillo en el retrato creyendo que así terminaría con la evidencia. Cuando encontraron su cuerpo, el cuadro había recuperado su belleza mientras en el suelo yacía un hombre envejecido y deformado.
La verdad había sobrevivido.
Dorian, no.
Las sociedades tienen una ventaja sobre él. No poseen un único retrato. Tienen muchos. Periodistas, opositores, ciudadanos, escritores, investigadores y hasta ese vecino insoportable que pregunta por qué una obra anunciada tres veces todavía no está terminada. Cada uno observa desde un ángulo diferente y ninguno posee toda la verdad.
Quizá allí sobreviva la democracia.
No en conseguir un retrato perfecto, sino en impedir que alguien tenga el monopolio del pincel.
Porque el problema del poder nunca fue que quisiera salir bien en la fotografía. Eso probablemente sea inevitable.
El problema comienza cuando pretende convencernos de que fuera de la fotografía no existe nada.
Y termina cuando también él se lo cree.














