Crónica de un profesor sanjuanino que no gritaba, no porque no tuviera voz, sino porque había aprendido a no regalarla.
Filosofía con guardapolvo y polvo de tiza
Hay un instante —mínimo, casi invisible— en el que una sala de profesores deja de ser un lugar y se convierte en un síntoma. Ocurre cuando el mate gira más rápido que las ideas, cuando la queja reemplaza al argumento y cuando la indignación —esa emoción tan noble como manipulable— empieza a organizar el día.
Fue ahí, en ese punto exacto donde el pensamiento suele rendirse por cansancio, donde apareció Ramón.
No llegó. Siempre había estado.
Solo que nadie lo había leído.
Ramón no pulía lentes como aquel filósofo de Ámsterdam; pulía cuadernos, tachaba con precisión minuciosa, corregía no solo errores sino formas de mirar. Su oficio no era enseñar contenidos —eso sería demasiado sencillo— sino intentar una tarea más ingrata: ordenar el caos sin domesticarlo.
Tenía algo incómodo: no reaccionaba.
En una provincia donde todo empuja —los precios, las urgencias, los discursos, las promesas con vencimiento corto— Ramón había elegido una lentitud sospechosa. Pensaba antes de hablar. Y eso, en ciertos contextos, no es una virtud: es una amenaza.
La paritaria llegó como llegan las cosas diseñadas para no ser entendidas: fragmentada, dispersa, cuidadosamente incompleta. Un porcentaje que sube, otro que se disimula, códigos que se inflan y otros que envejecen sin aviso —que, por cierto, corren siempre detrás de la inflación.
La sala se llenó de ruido.
No de debate: de reacción.
—Es una burla.
—Es lo que hay.
—Peor es nada.
—Pensamos en los que menos ganan.
—Siempre lo mismo.
Frases cortas. Conclusiones rápidas. Pensamientos ya pensados.
Ramón no intervino.
Observó.
No el contenido, sino la coreografía.
Porque había comprendido algo que no se enseña en ningún estatuto: cuando todos reaccionan al mismo tiempo, alguien está dirigiendo la escena.
—No nos están dando un aumento —dijo, al fin—. Nos están administrando.
El silencio no fue desacuerdo. Fue incomodidad.
Ramón no levantaba la voz. No hacía falta. Había en su forma de hablar una precisión que desarmaba más que cualquier grito. Como si cada palabra hubiera sido pensada no para convencer, sino para sostenerse.
—Nos fragmentan el salario como nos fragmentan el pensamiento. Y después creen que vamos a defender lo que no logramos ni siquiera entender.
Nadie respondió. Porque en esa frase había algo peor que una crítica: había una explicación.
Spinoza hablaba de pasiones activas y pasiones pasivas. Ramón no citaba, pero traducía.
—Cuando actuamos porque entendemos, somos libres. Cuando reaccionamos porque nos empujan, somos útiles.
La diferencia —mínima, casi imperceptible— es también abismal.
Porque en esa grieta se decide todo: el voto, la protesta, el silencio.
Había quienes lo consideraban tibio. Otros, demasiado racional. Algunos, directamente incómodo. En tiempos donde la pertenencia se mide por el volumen, Ramón parecía desentonar.
No marchaba con entusiasmo coreográfico.
No repetía consignas con fe automática.
No confundía movimiento con dirección.
Pero tampoco se retiraba.
Persistía.
Y en esa persistencia —callada, casi obstinada— había algo más político que cualquier asamblea.
Una tarde, entre mates lavados y noticias repetidas, alguien le preguntó por qué no elegía un bando, por qué no se definía, por qué no se “jugaba”.
Ramón apoyó la tiza como quien cierra un argumento que aún no empezó.
—Elegir sin entender es obedecer con entusiasmo.
La frase quedó suspendida, como quedan las cosas que no encuentran lugar inmediato donde acomodarse.
A Spinoza lo expulsaron. A Ramón no hizo falta.
El sistema —más elegante, más moderno— ya no necesita decretos: alcanza con el desinterés, con el murmullo, con esa forma lenta de aislar que se disfraza de convivencia.
Pero Ramón seguía.
Dando clases.
Haciendo preguntas.
Interrumpiendo certezas.
Como si en cada aula intentara una pequeña herejía: que alguien piense por cuenta propia.
Hay algo profundamente subversivo en entender. Porque quien entiende deja de ser predecible. Y quien deja de ser predecible deja de ser funcional.
Por eso, quizá, la filosofía nunca fue bienvenida del todo en los sistemas que necesitan orden sin preguntas.
Ramón lo sabía.
No lo decía.
Lo ejercía.
Una mañana —como tantas, como todas— escribió en el pizarrón una frase sin autor. No por olvido, sino por estrategia:
“La libertad no es elegir. Es comprender.”
Nadie aplaudió. Nadie discutió. Pero algo —mínimo, imperceptible— se desplazó.
Tal vez una duda.
Tal vez una sospecha.
Tal vez el inicio de algo que todavía no tiene nombre.
Porque, al final —y esto es lo que incomoda—, la docencia no es solo una profesión. Es un campo de disputa invisible donde se decide si el pensamiento será una herramienta… o un trámite.
Ramón eligió lo primero.
Sin épica.
Sin reconocimiento.
Sin garantías.
Como quien entiende que hay batallas que no se ganan, pero que igual hay que dar. Y entonces —inevitable, circular, como todo lo que vuelve— la pregunta ya no es qué porcentaje se consiguió, ni qué gremio habló más fuerte, ni qué gobierno calculó mejor.
La pregunta es otra.
Si alguna vez —en medio de este ruido perfectamente organizado— vamos a aprender a pensar… antes de volver a obedecer.














