El cementerio de las palabras: donde el idioma no muere, se administra

Mar 29, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay palabras que no envejecen: se las deja de usar. Y en ese gesto —aparentemente inocente— el lenguaje empieza a olvidar lo que alguna vez supo decir.

No fue un estruendo.

Ni una reforma académica.

Ni siquiera una discusión.

Fue más simple —y por eso más grave—: dejamos de decirlas.

El cementerio de las palabras no tiene verja, ni epitafios, ni flores marchitas. No hay duelo. No hay ceremonia. Está —silencioso, prolijo, eficiente— en cada frase donde el lenguaje deja de incomodar y empieza a cumplir.

Como un trámite.

Como un formulario.

Como un titular que corre… y nadie controla. (Ironman en San Juan: millones que corren… y nadie controla).

Ansina: del modo en que solíamos decir

Allí yace ansina

hoy: así—.

No murió: fue desalojada.

Porque no es lo mismo decir ansina que decir “así”.

En la primera hay territorio.

En la segunda, utilidad.

Ansina arrastra polvo, tiempo, una geografía entera.

“Así” —limpio, correcto, exportable— no arrastra nada. Y en ese vaciamiento, el idioma empieza a parecerse demasiado a ciertas cifras que crecen sin explicación… y sin preguntas.

Vide: del tiempo que sabíamos conjugar

Allí descansa vide

hoy: vi—.

No era error.

Era memoria.

Decir vide implicaba detenerse.

Había peso.

Había pasado.

Hoy decimos “vi”… y seguimos.

El tiempo se volvió breve.

Administrable.

Editado en tiempo real.

No importa lo ocurrido.

Importa cómo se cuenta.

Como si la historia —al igual que ciertos discursos— pudiera reescribirse sin haber ganado ninguna batalla.

Mesmo: de la identidad sin permiso

Más allá, resiste mesmo

hoy: mismo—.

Incómodo.

Torcido.

Persistente.

Decir mesmo —mismo, pero sin permiso— era insistir en lo propio, aun cuando el idioma exigiera corrección.

Hoy todo debe encajar.

Todo debe sonar bien.

Todo debe parecer correcto. Y en ese “mismo” —limpio, aprobado, domesticado— la identidad se vuelve decorativa.

Como ciertas gestiones que gobiernan sin agua… pero con relato. (La dicotomía que Fernández esconde: el ministro que gobierna sin agua).

Agora: del presente que pesaba

Antes, decir agora

hoy: ahora— implicaba habitar el tiempo.

Agora no era un instante.

Era permanencia.

Ahora, en cambio, se atraviesa.

El presente ya no se vive: se responde, se consumes, se descarta.

No hay densidad.

No hay pausa. Y en ese “ahora” —rápido, útil, desechable— el tiempo pierde espesor.

El idioma acompaña esa velocidad sin resistencia.

Se adapta.

Se simplifica.

Se vuelve funcional.

Como si hablar fuese simplemente gestionar.

Afronta: de la herida que obligaba

Antes alguien quedaba afrentado

hoy diríamos: ofendido—.

Y no era lo mismo.

La afronta no pasaba:

Quedaba.

Pesaba.

Exigía respuesta.

Obligaba a detenerse.

A reconocer.

A asumir.

Hoy todo es “ofensa”.

Rápida.

Intercambiable.

Olvidable. Y en esa palabra —ofensa, correcta, liviana, administrable— la herida pierde espesor.

Como si la dignidad también pudiera pagarse en cuotas. (El aula paga la cuenta: educación en cuotas, dignidad en suspenso).

Como si el lenguaje —igual que ciertas políticas— hubiese aprendido a licuar el conflicto hasta hacerlo irrelevante.

El aula paga la cuenta.

El idioma también.

Fasta y haiga: de lo que el lenguaje expulsa

En el cementerio también están fasta y haiga

hoy: hasta y haya—.

No murieron.

Fueron corregidas hasta desaparecer.

La lengua moderna no corrige: depura. Y en esa depuración: lo incómodo se elimina, lo imperfecto se ridiculiza, lo distinto se borra.

Porque “hasta” y “haya” no solo reemplazan: ordenan.

Definen qué suena bien.

Qué se acepta.

Qué se enseña. Y todo lo demás —fasta, haiga— queda del otro lado.

Como si el idioma necesitara una frontera.

Pero hay algo inquietante en esa limpieza.

Todo lo que no encaja… desaparece.

Como si el idioma se hubiese vuelto un sistema cerrado.

Sin fisuras.

Sin margen.

Sin conflicto.

Como ciertas estructuras que aprenden a sostenerse sin resistencia. (La mentira del amparo: crónica de un derecho entregado sin resistencia).

Cuán: de la intensidad que dejamos de preguntar

Y aparece cuán.

Una palabra que no medía: interrogaba.

Hoy cuantificamos todo.

¿Cuánto impacta?

¿Cuánto rinde?

¿Cuánto suma?

Pero ya no preguntamos: ¿cuán profundo?, ¿cuán grave?, ¿cuán verdadero?

Porque esas preguntas incomodan. Y el lenguaje moderno —como ciertas formas de poder— no elimina lo incómodo: lo evita.

No se trata de nostalgia.

Nadie propone volver a un castellano que ya no somos.

Pero sí de advertir algo más incómodo: el idioma no se empobrece solo.

Se lo empobrece.

Se lo ordena.

Se lo corrige.

Se lo domestica.

Hasta que deja de ser territorio… y pasa a ser herramienta.

Hasta que deja de incomodar… y empieza a obedecer.

El cementerio de las palabras no está en el pasado.

Está ocurriendo.

En cada frase que simplifica.

En cada palabra que reemplaza.

En cada silencio que evita.

Porque cuando una palabra desaparece, no se pierde solo un sonido.

Se pierde una forma de mirar. Y cuando se pierde una forma de mirar… también se pierde una forma de entender.

Quizás haya que volver —aunque incomode— a ese cementerio invisible.

No para desenterrar palabras.

Para reconocer qué enterramos con ellas.

Porque en alguna de esas voces —torcidas, antiguas, incómodas— todavía hay algo que el presente no puede administrar.

Algo que no se deja corregir.

Algo que no se deja simplificar.

Algo que —si vuelve— no ordena.

Desordena. Y cuando el lenguaje desordena… ya no alcanza con explicarlo. Hay que hacerse cargo.

Artículos relacionados

Cuando el periodismo dejó de leer

Cuando el periodismo dejó de leer

Hay periodistas que saben lo que dijo un ministro esta mañana, pero ignoran que alguien dijo casi lo mismo hace cincuenta años. Conocen el último tuit, la encuesta de la semana, el escándalo que durará hasta mañana y la frase que durante unas horas incendiará las...

Milei y el hombre que recuerda

Milei y el hombre que recuerda

Estaba tomando café cuando apareció Mascarita. No sé exactamente de dónde vino. Tal vez salió de alguna página de El hablador que había quedado abierta sobre la mesa o de esa mala costumbre que tienen ciertos personajes literarios de abandonar los libros cuando...

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Preparé café y me quedé mirando las volutas que ascendían lentamente sobre la taza. No sé por qué pensé en Cuba. O quizá sí lo sé. Hay países que uno conoce antes de conocerlos. Lugares a los que llegamos primero por los libros, las fotografías, las canciones o las...

Accomarca: la novela que no pude terminar

Accomarca: la novela que no pude terminar

A veces pienso que Lituma pudo haber llegado a Accomarca. No el cabo de una novela, exactamente, sino ese peruano desconcertado que Mario Vargas Llosa condenó a recorrer un país que nunca termina de comprender. Lo imagino subiendo por los caminos de Ayacucho,...

Hasta que la costumbre nos separe

Hasta que la costumbre nos separe

Hay matrimonios que terminan mucho antes del divorcio. Algunos incluso tienen la particularidad de continuar durante décadas después de haber terminado. Pensé en eso mientras desenroscaba una cafetera italiana. La llené de agua hasta debajo de la válvula, coloqué el...

La burguesía que aprendió a levantar el puño

La burguesía que aprendió a levantar el puño

Mi discusión con la izquierda comenzó mucho antes de que supiera que estaba discutiendo con ella. Comenzó en la universidad, estudiando Derecho y Ciencia Política, frente a uno de esos gruesos libros de Historia que convierten las revoluciones en capítulos y las...

El cometa que prometió volver

El cometa que prometió volver

En 1986 todavía mirábamos el cielo. No había teléfonos inteligentes que nos obligaran a caminar con la cabeza inclinada, ni redes sociales capaces de convertir cualquier prodigio en un espectáculo de quince segundos. Para saber qué estaba ocurriendo allá arriba había...

El retrato de Marcelo en la buhardilla

El retrato de Marcelo en la buhardilla

Hay políticos que envejecen. Hay otros que solamente retocan el retrato. Oscar Wilde imaginó a un hombre condenado a conservar intacta su belleza mientras un cuadro escondido acumulaba las marcas de sus miserias. Dorian Gray caminaba por los salones con el rostro...

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Los viejos bosques saben guardar secretos. Los castillos, en cambio, apenas consiguen esconderlos. Había una vez, al pie de una cordillera donde las acequias parecían espejos y las viñas crecían obedeciendo al sol, un pequeño reino llamado Pocitolandia. Los viajeros...

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

Hay enfermedades que obligan a cerrar escuelas, aeropuertos y fronteras. Hay otras que dejan todo abierto porque nadie sospecha que son enfermedades. No producen fiebre. No alteran los análisis clínicos. No llenan hospitales. Sin embargo, modifican elecciones,...

Argentina también tiene su Odisea

Argentina también tiene su Odisea

La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner una pregunta sobre la mesa: los pueblos no solo se construyen con victorias, también con la forma en que sobreviven a sus propias derrotas. La historia argentina, vista desde esa perspectiva, parece menos...

Los caminos de un periodista

Los caminos de un periodista

Mientras leía por segunda vez Clases de literatura, hubo un pasaje que dejó de hablarme de escritores para empezar a hablarme de periodistas. No cambió el texto. Cambió el lector. Tal vez porque, después de tantos años recorriendo archivos, expedientes y silencios,...