Mientras el ministro reduce el debate a porcentajes, la provincia sigue atrapada en un modelo que no resuelve el agua, solo la administra en favor de lo único que funciona. Negar la dicotomía no la elimina: la vuelve política.
Hay negaciones que no son conceptuales: son estructurales.
Gustavo Fernández viajó al Congreso a desarmar una idea —la “falsa dicotomía” entre minería y uso del agua—, pero en el intento dejó al descubierto algo más incómodo: su propia gestión depende, casi exclusivamente, de aquello que intenta equilibrar.
Negar la dicotomía es, en este caso, confirmarla.
Porque cuando un funcionario necesita aclarar que dos cosas no están en conflicto, lo primero que aparece no es la armonía… sino la sospecha.
La matriz diversa que no alcanza
Fernández enumeró con prolijidad la matriz productiva de San Juan: vino, oliva, pistacho, tomate industrial, industria, turismo.
Una lista correcta.
Pero también una lista defensiva.
Porque inmediatamente después de nombrarla, la vacía. Habla de falta de infraestructura, costos energéticos altos y baja eficiencia hídrica. Es decir, reconoce que todo lo que no es minería funciona con dificultades estructurales.
La contradicción no es técnica: es política.
Si la matriz es diversa pero inviable, entonces no es una matriz, es una excusa.
Y si la única actividad que aparece como “ineludible” es la minería, entonces la diversidad no es un modelo… es un decorado.
El dato que busca absolver
El ministro ofrece un número clave. La minería consume solo el 3% del agua.
El dato es correcto.
Pero la lectura es interesada.
Porque el problema del agua no es solo cuánto se consume, sino quién define su uso, en qué condiciones y con qué capacidad de control.
Reducir el debate al porcentaje es, en el fondo, una forma elegante de evitar la discusión real sobre la gestión del recurso.
Más aún cuando el propio Fernández admite que más de la mitad del sistema agrícola no tiene riego mecanizado.
Entonces la pregunta ya no es si la minería consume poco.
La pregunta es otra.
¿Por qué el resto de la economía sigue funcionando con ineficiencias estructurales mientras la minería aparece como la única actividad plenamente integrada?
La inversión que siempre llega… pero nunca transforma
Otro de los argumentos centrales es que la minería impulsa infraestructura.
La frase suena bien.
Casi inevitable.
Pero en San Juan tiene un problema: lleva años repitiéndose sin modificar el fondo.
Si la minería dinamiza al resto de los sectores, ¿por qué esos sectores siguen describiéndose en términos de carencias?
Si la inversión llega, ¿por qué la eficiencia hídrica sigue siendo una deuda?
Si el modelo funciona, ¿por qué necesita ser explicado una y otra vez?
La promesa de derrame empieza a parecerse más a una narrativa que a un resultado.
La ley que pide claridad… y el discurso que la esquiva
En paralelo, el equipo técnico del ministerio pide precisión científica en la Ley de Glaciares.
Claridad.
Datos.
Criterios medibles.
Todo correcto.
Pero hay una ironía inevitable. El mismo gobierno que exige exactitud normativa construye un discurso político basado en simplificaciones.
Hablar de “falsa dicotomía” es, en sí mismo, una simplificación.
No elimina el conflicto; lo desactiva discursivamente.
Y cuando un conflicto real se resuelve con palabras, lo que queda no es consenso… es silencio.
La dependencia que no se dice
El punto más honesto del discurso fue, curiosamente, el menos analizado.
La minería es “ineludible”.
Ahí no hay matices.
No es complementaria.
No es estratégica.
No es una entre varias.
Es ineludible.
Y en esa palabra se condensa toda la gestión.
Porque cuando una economía necesita declarar inevitable a una sola actividad, deja de ser una decisión productiva y pasa a ser una dependencia.
Hay algo más profundo que una discusión técnica en todo esto.
San Juan no está debatiendo una ley.
Está debatiendo su modelo.
Y en ese debate, el problema no es la dicotomía entre minería y agua.
El problema es otro.
Que el gobierno ya eligió un lado… y ahora intenta convencernos de que no había alternativa.
Porque cuando una gestión reduce todas sus respuestas a una sola actividad, lo que se vuelve inevitable no es la minería.
Es la evidencia.
Y esa evidencia —cada vez más difícil de disimular— no habla de recursos, ni de leyes, ni de porcentajes.
Habla de algo más incómodo: la incapacidad de construir un modelo que no dependa de una sola salida.














