Hay programas que nacen para enseñar. Y hay episodios que terminan enseñando más que cualquier programa.
El error sobre el año de la Independencia argentina dejó una lección imposible de ignorar.
La historia comenzó cuando el gobernador redactó y publicó el saludo institucional por el 9 de julio. No era un mensaje improvisado ni un comentario escrito a las apuradas desde un teléfono celular. Era una publicación oficial destinada a representar a toda una provincia en una de las fechas más importantes de la historia argentina.
Después comenzó el recorrido.
El texto pasó por quienes lo vieron antes de ser publicado. Por quienes debían revisarlo. Por el área de Comunicación y Prensa, por los asesores, por quienes tenían la responsabilidad de advertir cualquier error antes de que llegara a la cuenta oficial del gobernador.
Nadie encontró un error.
Nadie levantó la mano.
Nadie recordó que la Declaración de la Independencia no fue en 1810.
Y allí quedó publicado durante seis horas.
Se compartió, recibió «me gusta», comentarios y felicitaciones, mientras la historia argentina acababa de perder seis años por obra y gracia de una cadena de revisiones que, paradójicamente, existe para evitar exactamente ese tipo de equivocaciones.
Recién cuando un medio periodístico señaló el error, el operativo de rescate de 1816 se puso en marcha. Seis horas después, el post fue corregido en silencio.
Sin aclaraciones.
Sin disculpas.
Sin una explicación.
Como si editar una publicación alcanzara para borrar también el recorrido que había hecho antes de llegar a miles de pantallas.
Lo más llamativo no es que alguien se equivoque. Todos nos equivocamos.
Lo verdaderamente llamativo es que el error sobreviviera a cada uno de los filtros que, justamente, existen para impedir que algo así ocurra.
Y allí aparece una ironía imposible de ignorar.
Durante años, el Gobierno impulsó el programa «Comprendo y Aprendo» para fortalecer la comprensión lectora y el aprendizaje de los alumnos.
Al parecer, esta vez el «Comprendo y Aprendo» no hizo escala en la Casa de Gobierno.
Porque comprender que 1810 fue la Revolución de Mayo y que 1816 fue la Declaración de la Independencia no debería representar un desafío para quienes conducen el sistema educativo de San Juan. Debería ser el primer capítulo del manual.
Tal vez la próxima etapa del programa no deba empezar en las aulas.
Tal vez deba comenzar en los despachos oficiales.
Porque un gobernador puede equivocarse. Eso le ocurre a cualquiera. Lo preocupante es que, teniendo a su alrededor una estructura de comunicación redactores, revisores, asesores, funcionarios, militantes y hasta trolls, siempre atentos a defender cada publicación, nadie haya sido capaz de detener un error que cualquier alumno de primaria habría corregido.
Entonces el problema ya no es de memoria. Es, precisamente, de comprensión. Y de aprendizaje.














