La amigdalitis de Tarzán: crónica de una selva donde el silencio también vota

Mar 17, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Cuando el pueblo pierde la voz, el poder no calla: se organiza mejor. Entre un ejecutivo que baila y un congreso que afina la música de la corrupción, la política deja de ser conflicto y se convierte en coreografía. Y en el centro, Tarzán —afónico, perplejo— intenta recordar si alguna vez supo gritar… o si siempre estuvo ensayando para callar.

Hay enfermedades que no se curan: se aprovechan. No aparecen en los libros de medicina, pero sí en los manuales de gobierno. No tienen síntomas visibles, pero garantizan estabilidad.

La amigdalitis de Tarzán es una de ellas.

No comenzó como problema. Comenzó como excusa: un carraspeo leve, una incomodidad al intentar gritar, un pequeño desajuste en la garganta del héroe. Nada grave, dijeron. Nada urgente. Nada político.

Y ahí empezó todo.

Porque Tarzán —el pueblo— dejó de gritar.

O peor: empezó a pedir permiso para hacerlo.

El mono que gobierna… bailando

En la copa de los árboles —ese lugar donde el poder se ve mejor de lo que se ejerce— habita el mono.

El ejecutivo.

Gobierna, dicen.

Y uno, si todavía cree en las formas, asiente. Pero observa. Y al observar, se incomoda. Y al incomodarse, entiende.

El mono no gobierna.

Baila.

Baila bien, incluso. No se equivoca, no se adelanta, no desafina. Gira cuando corresponde, firma cuando le indican, sonríe cuando la escena lo exige.

No improvisa.

Porque no puede.

Porque el ritmo no es suyo.

Las ratas y el arte de mandar sin hacerse cargo

Abajo —donde no llegan las cámaras pero sí las decisiones— están las ratas.

El congreso.

No convencen. No representan. No explican.

Operan.

Se deslizan entre acuerdos que nadie firma y beneficios que nadie admite. Persisten. Y, sobre todo, afinan.

Porque alguien tiene que poner la música.

Y en esta selva la partitura es clara:

La corrupción es la música del congreso.

No escandaliza porque ya no sorprende.

No indigna porque ya no interrumpe.

Funciona.

Marca los tiempos, ordena las decisiones, disciplina los silencios.

Tarzán o la pedagogía del silencio

Mientras tanto, Tarzán.

El pueblo.

El único capaz de detener todo con un grito.

Pero no lo hace.

No porque no pueda.

No porque no quiera.

Sino porque ya no cree que sirva.

Y ese es el triunfo más sofisticado del sistema.

Tarzán vota, se queja, murmura, escribe. A veces se indigna con cierta elegancia, pero sin consecuencias. Ha aprendido a administrar su enojo como se administra un sueldo: con prudencia y resignación.

Y en ese aprendizaje —lento, profundo, casi irreversible— ocurre lo decisivo.

No la pérdida de la voz.

La renuncia a usarla.

La eficiencia del cinismo

Hay que decirlo sin rodeos: el sistema es eficiente.

No es justo.

No es transparente.

No es democrático en el sentido romántico de la palabra.

Pero funciona.

Todo encaja.

Mal, pero encaja.

La corrupción ya no es un problema: es el método. La forma más estable de organizar el poder cuando nadie quiere hacerse responsable de él.

Y en esa lógica, casi perfecta en su degradación, la selva encuentra equilibrio.

Un equilibrio incómodo.

Pero rentable.

La selva bien domesticada

Tal vez el problema nunca fue la amigdalitis.

Tal vez fue descubrir que un pueblo sin voz es más fácil de administrar.

Porque en esta selva nadie está realmente fuera de lugar.

El mono —el ejecutivo— baila.

Las ratas —el congreso— dirigen.

Y Tarzán —el pueblo—… consiente.

Sí, consiente.

Con su silencio.

Con su voto.

Con su costumbre.

Ha aprendido a no interrumpir.

A no incomodar.

A no romper la música.

Y eso —hay que reconocerlo— simplifica mucho las cosas.

Porque no cualquiera logra que un pueblo entero, afónico y todo… siga marcando el ritmo.

Y en algún rincón, lejos del ruido pero no de la lucidez —en ese territorio donde la ironía ya no alcanza para disimular la evidencia—, Alfredo Bryce Echenique levanta la vista, saluda a Mario Vargas Llosa y, con una sonrisa que ya no es del todo literaria, murmura:

—Mario… ¿en qué momento se jodió el Perú?

Y esta vez, por primera vez, nadie se ríe.

Artículos relacionados

Cuando el periodismo dejó de leer

Cuando el periodismo dejó de leer

Hay periodistas que saben lo que dijo un ministro esta mañana, pero ignoran que alguien dijo casi lo mismo hace cincuenta años. Conocen el último tuit, la encuesta de la semana, el escándalo que durará hasta mañana y la frase que durante unas horas incendiará las...

Milei y el hombre que recuerda

Milei y el hombre que recuerda

Estaba tomando café cuando apareció Mascarita. No sé exactamente de dónde vino. Tal vez salió de alguna página de El hablador que había quedado abierta sobre la mesa o de esa mala costumbre que tienen ciertos personajes literarios de abandonar los libros cuando...

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Preparé café y me quedé mirando las volutas que ascendían lentamente sobre la taza. No sé por qué pensé en Cuba. O quizá sí lo sé. Hay países que uno conoce antes de conocerlos. Lugares a los que llegamos primero por los libros, las fotografías, las canciones o las...

Accomarca: la novela que no pude terminar

Accomarca: la novela que no pude terminar

A veces pienso que Lituma pudo haber llegado a Accomarca. No el cabo de una novela, exactamente, sino ese peruano desconcertado que Mario Vargas Llosa condenó a recorrer un país que nunca termina de comprender. Lo imagino subiendo por los caminos de Ayacucho,...

Hasta que la costumbre nos separe

Hasta que la costumbre nos separe

Hay matrimonios que terminan mucho antes del divorcio. Algunos incluso tienen la particularidad de continuar durante décadas después de haber terminado. Pensé en eso mientras desenroscaba una cafetera italiana. La llené de agua hasta debajo de la válvula, coloqué el...

La burguesía que aprendió a levantar el puño

La burguesía que aprendió a levantar el puño

Mi discusión con la izquierda comenzó mucho antes de que supiera que estaba discutiendo con ella. Comenzó en la universidad, estudiando Derecho y Ciencia Política, frente a uno de esos gruesos libros de Historia que convierten las revoluciones en capítulos y las...

El cometa que prometió volver

El cometa que prometió volver

En 1986 todavía mirábamos el cielo. No había teléfonos inteligentes que nos obligaran a caminar con la cabeza inclinada, ni redes sociales capaces de convertir cualquier prodigio en un espectáculo de quince segundos. Para saber qué estaba ocurriendo allá arriba había...

El retrato de Marcelo en la buhardilla

El retrato de Marcelo en la buhardilla

Hay políticos que envejecen. Hay otros que solamente retocan el retrato. Oscar Wilde imaginó a un hombre condenado a conservar intacta su belleza mientras un cuadro escondido acumulaba las marcas de sus miserias. Dorian Gray caminaba por los salones con el rostro...

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Los viejos bosques saben guardar secretos. Los castillos, en cambio, apenas consiguen esconderlos. Había una vez, al pie de una cordillera donde las acequias parecían espejos y las viñas crecían obedeciendo al sol, un pequeño reino llamado Pocitolandia. Los viajeros...

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

Hay enfermedades que obligan a cerrar escuelas, aeropuertos y fronteras. Hay otras que dejan todo abierto porque nadie sospecha que son enfermedades. No producen fiebre. No alteran los análisis clínicos. No llenan hospitales. Sin embargo, modifican elecciones,...

Argentina también tiene su Odisea

Argentina también tiene su Odisea

La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner una pregunta sobre la mesa: los pueblos no solo se construyen con victorias, también con la forma en que sobreviven a sus propias derrotas. La historia argentina, vista desde esa perspectiva, parece menos...

Los caminos de un periodista

Los caminos de un periodista

Mientras leía por segunda vez Clases de literatura, hubo un pasaje que dejó de hablarme de escritores para empezar a hablarme de periodistas. No cambió el texto. Cambió el lector. Tal vez porque, después de tantos años recorriendo archivos, expedientes y silencios,...