Hay hombres que necesitan un cargo para hacerse escuchar. Otros necesitan un micrófono, una fotografía junto al gobernador o un lugar reservado en las ceremonias oficiales. Eduardo Garcés necesitaba bastante menos. Le alcanzaban su voz, su carácter y aquel sombrero de ala corta que parecía desafiar, con una insolencia casi campesina, las solemnidades del poder.
Lo imagino caminando entre los viñedos de su querida Chimbas, observando una tierra que conocía desde niño, calculando cuánto faltaba para la cosecha y cuánto dinero terminaría recibiendo por ella. El agua escaseaba, los costos aumentaban y el precio de la uva seguía dependiendo de decisiones tomadas lejos de aquellas fincas. Mientras tanto, en algún despacho oficial, seguramente alguien preparaba un discurso sobre las extraordinarias oportunidades de la vitivinicultura sanjuanina.
Entre esos dos mundos transcurrió buena parte de su lucha.
Eduardo Garcés murió a los 71 años y con él se marcha algo más que un histórico dirigente de los viñateros. Se va una manera de entender la representación gremial, aquella que todavía consideraba que defender a los productores significaba incomodar a quienes decidían cuánto valía su trabajo. Una costumbre cada vez menos frecuente en una provincia donde algunos dirigentes parecen haber descubierto que resulta más conveniente sentarse a la mesa del poder que golpearla cuando las injusticias se vuelven insoportables.
Nieto de inmigrantes valencianos llegados a San Juan en 1910, Garcés pertenecía a esa generación de hombres que aprendieron a conocer la tierra antes que los discursos. Abandonó tempranamente sus estudios para dedicarse a la finca y comprendió que la agricultura tiene una particular crueldad. Un hombre puede dedicarle un año entero a producir una uva cuyo precio terminará decidiendo alguien que jamás tuvo que levantarse de madrugada para cuidar una planta.
Quizá allí comenzó su rebeldía.
Porque Eduardo no fue simplemente un productor que llegó a presidir la Federación de Viñateros y Productores Agropecuarios de San Juan. Fue un hombre que convirtió las dificultades de su oficio en una causa pública. Denunció los precios que las grandes bodegas pagaban por la uva, las demoras en las liquidaciones y aquella vieja paradoja de nuestra vitivinicultura, donde quienes producen la materia prima suelen ser los últimos en participar de la prosperidad que anuncian las estadísticas.
Mientras los funcionarios celebraban exportaciones, inversiones y oportunidades comerciales, Garcés recordaba que detrás de cada botella había un productor haciendo cuentas para saber si podría sobrevivir hasta la siguiente vendimia.
San Juan aprendió a exhibir sus vinos como una expresión de identidad, pero todavía tiene dificultades para reconocer a quienes sostienen esa identidad desde sus fincas. Nos enorgullecemos de las medallas internacionales, de las etiquetas elegantes y de los discursos sobre el potencial vitivinícola. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar cuánto recibió por su uva aquel hombre que hizo posible semejante celebración.
Garcés lo preguntaba. Y lo hacía sin demasiadas preocupaciones diplomáticas.
Su sombrero de ala corta parecía formar parte de esa actitud. No era simplemente una prenda. Era una declaración de personalidad. Había algo profundamente reconocible en aquella figura de barba entrecana y sombrero que aparecía frente a las cámaras para hablar de cosechas, precios, agua y productores endeudados. Uno podía estar de acuerdo o no con sus declaraciones, pero difícilmente podía confundirlo con alguno de esos dirigentes cuidadosamente preparados para no incomodar a nadie.
Eduardo tenía sus asperezas, sus contradicciones y sus equivocaciones. Recordarlo no exige convertirlo en santo. La muerte no debería tener la facultad de borrar los errores de una persona, pero tampoco la injusticia de reducir toda una trayectoria a ellos.
Durante años advirtió sobre la escasez de agua, el deterioro de los sistemas de riego y las dificultades económicas para incorporar tecnología. Sabía que la sequía no era una abstracción meteorológica ni una cifra que pudiera disimularse en un informe oficial. Era una amenaza concreta sobre la vida de miles de familias. Porque cuando una finca deja de producir, no solamente desaparece una actividad económica. También comienza a desmoronarse una historia familiar.
Los gobiernos pasan, los funcionarios cambian, las promesas se renuevan y las campañas electorales encuentran siempre una manera de fotografiarse entre viñedos. Pero la uva continúa teniendo precio, el agua continúa siendo indispensable y el pequeño productor sigue enfrentándose a un mercado donde su capacidad de negociación resulta limitada.
Eduardo Garcés no resolvió todas esas injusticias. Sería absurdo atribuirle victorias que no consiguió. Pero tampoco sería justo ignorar que dedicó buena parte de su existencia a denunciarlas. Hay una diferencia enorme entre perder una batalla y acostumbrarse a la derrota. Él, al menos, se resistió a convertir la resignación en una virtud.
Ahora vendrán las despedidas, los comunicados institucionales y las palabras cuidadosamente escogidas para recordar su trayectoria. Algunos de quienes escucharon sus reclamos sin ofrecer respuestas suficientes encontrarán también una frase apropiada para expresar sus condolencias. La muerte posee esa curiosa capacidad de conseguir consensos que la vida jamás pudo alcanzar.
Imagino su sombrero de ala corta descansando sobre alguna mesa, mientras afuera los viñedos continúan esperando agua, precios justos y una cosecha que permita volver a empezar. Mañana las bodegas seguirán comprando uva, los funcionarios anunciando soluciones y los productores preguntándose si esta vez recibirán lo suficiente para sostener sus fincas.
Pero habrá una ausencia difícil de disimular. Porque en San Juan todavía quedan muchos sombreros dispuestos a inclinarse ante el poder. El de Eduardo Garcés tenía el ala corta, pero nunca necesitó quitárselo para hacerse escuchar.
Yo prefiero despedirlo como solía hacerlo después de nuestras largas conversaciones, cuando ya habíamos discutido de cosechas, injusticias y de esa provincia que tanto le preocupaba.
Hasta pronto, don Eduardo.














