En San Juan hemos descubierto finalmente dónde queda el futuro. No estaba en las escuelas, tampoco en los hospitales ni escondido dentro del recibo de sueldo de un trabajador. Estaba en las rutas. Había que buscarlo entre una retroexcavadora, un render y algún funcionario con casco blanco mirando hacia el horizonte como si acabara de descubrir América.
Marcelo Orrego parece decidido a construir todas las carreteras que conducen al futuro, mientras demasiados sanjuaninos continúan buscando un camino bastante más modesto para llegar a fin de mes.
El 6 de octubre, el gobernador anunció la transformación de la Ruta Nacional 20, principal conexión entre la Ciudad de San Juan y Caucete, en una autopista de 24,5 kilómetros. Una obra necesaria. Sería bastante tonto oponerse al progreso únicamente porque lo anuncia un gobierno al que uno critica. San Juan necesita mejores caminos, especialmente si pretende convertirse en esa potencia minera, productiva, logística, tecnológica y, al ritmo de algunos discursos, probablemente interplanetaria.
Pero todavía estábamos tratando de imaginar la autopista a Caucete cuando apareció otra carretera en el álbum familiar. El Gobierno provincial anunció la licitación para transformar en autovía 4,93 kilómetros de la Ruta 40 Norte, entre Chimbas y Albardón, con un presupuesto oficial cercano a los 85.000 millones de pesos.
Casi 85 mil millones para menos de cinco kilómetros.
Uno contempla semejante número y empieza a sospechar que quizá no colocarán solamente asfalto. A ese precio uno espera que algún semáforo dé los buenos días y que en una rotonda, por lo menos, sirvan café.
Porque 85 mil millones de pesos públicos no son una cifra ornamental para colocar debajo de la fotografía de un gobernador. Son 85 mil millones de razones para explicar qué se hará con ellos.
Lo verdaderamente fascinante aparece cuando uno compara el entusiasmo presupuestario de la obra pública con la tristeza franciscana que invade al Estado cuando un trabajador reclama mejores ingresos. Allí la provincia cambia de personalidad. Frente a los docentes, trabajadores de la salud o cualquier sector que pide recomposición salarial, descubrimos un San Juan austero, prudente, responsable y casi monástico. Hay que cuidar las cuentas, preservar el equilibrio fiscal, comprender la situación nacional y hacer un esfuerzo entre todos.
Pero aparece una autopista y el Estado recupera milagrosamente la billetera.
Sé perfectamente que las partidas tienen destinos distintos, que existen diferentes fuentes de financiamiento y que una inversión en infraestructura no puede convertirse alegremente en salarios. No hace falta descubrir la administración pública para entenderlo. El problema no es contable. Es político. Porque cuando un gobierno convierte la austeridad en argumento cotidiano para pedir sacrificios, resulta razonable pedirle que explique con el mismo entusiasmo dónde, cómo y por qué gasta.
San Juan tiene problemas que no entran en un render. Los docentes conocen la distancia exacta entre los porcentajes anunciados y la caja del supermercado. Salud arrastra reclamos. Seguridad enfrenta dificultades que ninguna conferencia de prensa consigue patrullar. El transporte acaba de demostrar que en la provincia del futuro uno todavía puede quedarse esperando el colectivo.
Ahora tendremos autopistas. Quizá podamos utilizarlas para llegar más rápido hasta nuestros problemas.
También está la universidad, reclamando financiamiento y salarios. Allí corresponde no hacer trampa. La responsabilidad principal pertenece al Gobierno nacional y Javier Milei tiene suficientes problemas propios como para que necesitemos regalarle los ajenos. Pero San Juan debería observar la paradoja. Queremos ser potencia minera mundial, recibir inversiones multimillonarias, extraer cobre y oro y convertir la cordillera en una vidriera internacional. ¿Y quién formará a los ingenieros, geólogos, economistas, abogados, investigadores y técnicos que harán posible ese futuro?
Podemos construir una autopista impecable hasta la cordillera y llenarla de carteles que digan desarrollo, inversión y progreso. Pero si debilitamos el conocimiento que deberá recorrerla, terminaremos teniendo excelentes carreteras para transportar nuestra propia mediocridad.
Porque desarrollo no es solamente cemento. También es educación, salud, seguridad, salarios, inversión, instituciones confiables y cuentas públicas suficientemente claras como para que un ciudadano no necesite convertirse en arqueólogo cada vez que quiere encontrar un expediente.
El Gobierno de Orrego posee una formidable capacidad para comunicar aquello que quiere mostrar. Cada anuncio encuentra cámara, título, fotografía, pauta y sonrisa. El problema aparece cuando las preguntas dejan de ser fotogénicas. Cuánto costó, quién pagó, cómo se contrató, cuánto se ejecutó y quién controla. Entonces aquella formidable velocidad para comunicar el anuncio suele volverse bastante más contemplativa para explicar los números.
Y mientras tanto, detrás de las máquinas, los renders y los cascos blancos, comienza a aparecer 2027.
En política las elecciones siempre empiezan mucho antes de que alguien reconozca estar haciendo campaña. Primero llegan los anuncios, después las obras, luego los recorridos y las fotografías señalando hacia el horizonte. Finalmente aparece algún candidato explicándonos, con la inocencia de un recién nacido, que nada de aquello tuvo jamás relación con una elección.
Una vieja costumbre argentina que ya debería ser declarada patrimonio cultural.
Por eso la autopista a Caucete y la autovía de la Ruta 40 deben hacerse. Que sean buenas, que duren décadas, que reduzcan accidentes, mejoren la productividad y sirvan para el desarrollo de San Juan. Pero también que sepamos cuánto cuestan, cómo se financian, quién las construye y quién controla cada peso.
No necesitamos menos obras. Necesitamos menos relato alrededor de ellas.
Porque San Juan parece dividido entre dos provincias. Una vive en los comunicados oficiales, recibe inversiones, inaugura proyectos, viaja por el mundo y avanza inexorablemente hacia un porvenir luminoso. La otra madruga, trabaja, paga impuestos, espera el colectivo, mira los precios del supermercado y todavía no consigue encontrar en Google Maps la entrada a ese futuro maravilloso.
Tal vez cuando terminen las autopistas coloquen un cartel enorme.
“Provincia del futuro. Próxima salida.”
Marcelo Orrego debería procurar que los sanjuaninos lleguen a verla antes de 2027. Porque existe un pequeño inconveniente con construir tantas carreteras cuando las elecciones empiezan a aparecer en el horizonte.
Las autopistas tienen dos manos. Y el día de las elecciones, los votos también pueden utilizarlas para irse en sentido contrario.














