El mundo confía en San Juan. ¿Y San Juan?

Sep 25, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Marcelo Orrego anunció que “el mundo confía en San Juan y en el futuro que estamos construyendo”. La frase es magnífica. Tiene mundo, confianza, futuro y construcción. Cuatro palabras que funcionan estupendamente en una publicación oficial. El problema comienza cuando uno abandona la propaganda y entra en la letra pequeña.

San Juan colocó US$600 millones de deuda en el mercado internacional. Hubo ofertas por más de US$1.000 millones y el Gobierno presentó esa demanda como una demostración de confianza.

Conviene aclarar algo elemental.

Los mercados financieros no son clubes de admiradores. Prestan dinero para cobrarlo. Y, preferentemente, para cobrar bastante.

El bono vence en 2035, tiene un cupón anual de 9,55%, un rendimiento de colocación cercano al 9,875%, intereses semestrales y amortización del capital concentrada en los últimos tres años. La emisión, además, se realizó bajo legislación de Nueva York.

Eso también debería aparecer cuando se habla del “futuro que estamos construyendo”.

Porque decir solamente que el mundo confía en San Juan es aproximadamente como salir de un banco después de conseguir una hipoteca y anunciar que el gerente confía profundamente en nuestra familia.

Puede ser.

Pero dejó anotadas las cuotas.

El Gobierno sostiene que los recursos serán destinados a infraestructura vinculada al crecimiento productivo, energético y minero. Perfecto. Endeudarse no es necesariamente malo si el dinero genera infraestructura, actividad y recursos suficientes para justificar lo que terminará costando.

Precisamente por eso la discusión importante empieza ahora.

No alcanza con saber cuánto dinero entrará. Hay que saber dónde irá, qué obras se ejecutarán, cuáles serán las prioridades, qué cronograma tendrán, quién controlará los recursos y, fundamentalmente, cómo piensa San Juan devolver una obligación en dólares que llegará hasta 2035.

Porque el dinero prestado tiene una característica bastante antipática; algún día hay que devolverlo.

Y cuando un gobierno toma deuda a nueve años, el futuro deja de ser una palabra electoral y se convierte en una obligación financiera.

El bono sobrevivirá a esta gestión. Sobrevivirá a los discursos, las inauguraciones, las publicaciones en redes sociales y probablemente a varios funcionarios que hoy aparecen celebrándolo.

La deuda seguirá allí.

Esperando.

También convendría desmontar otra confusión. Que inversores extranjeros hayan querido comprar bonos sanjuaninos no significa que estén otorgándole un certificado político al gobernador. Significa que analizaron riesgo, rendimiento y capacidad de pago y consideraron atractiva la operación.

Nada más.

La confianza financiera se mide con tasas, vencimientos y capacidad de repago. La confianza política se mide de otra manera. Se mide cuando un ciudadano pregunta cuánto costó algo y obtiene una respuesta. Cuando puede conocer contratos, gastos y expedientes. Cuando el Gobierno explica no solamente aquello que le conviene comunicar, sino también aquello que preferiría mantener lejos de los titulares.

Por eso a la frase “el mundo confía en San Juan” le falta una pregunta.

¿Y San Juan?

Quizás resulte más sencillo convencer a un fondo extranjero de comprar un bono que convencer al sanjuanino de que esos US$600 millones serán administrados con absoluta transparencia.

Para lo primero existen bancos colocadores, prospectos, abogados y una rentabilidad cercana al 10%.

Para lo segundo hace falta algo bastante más barato y, aparentemente, mucho más difícil de conseguir: información.

El Gobierno celebra que la demanda superó los US$1.000 millones. Bien. Pero la pregunta relevante no es cuántos querían prestarnos.

Es cuánto nos costará que nos hayan prestado.

Una cosa mide el entusiasmo del acreedor. La otra, la responsabilidad del deudor.

Y el deudor no es Marcelo Orrego.

Es San Juan.

Los gobernadores firman, los ministros anuncian, los funcionarios sonríen para la fotografía. Después pasan las elecciones, cambian los gabinetes, terminan los mandatos y aparecen nuevos gobiernos explicando viejos compromisos.

Los ciudadanos permanecen.

Y las deudas también.

Por eso US$600 millones no pueden reducirse a un eslogan. Cuando se agrega una tasa cercana al 10% anual, nueve años dejan de parecer una eternidad y empiezan a parecer una cuenta.

Orrego insiste en hablar del futuro. Tiene sentido. Acaba de comprometer financieramente una parte de él.

Antes de celebrar que el mundo confía en San Juan, entonces, sería conveniente explicar cómo se invertirá cada dólar, cuánto terminará costando la operación y de dónde saldrán los recursos para pagarla.

Después podremos hablar de confianza. La de los mercados ya sabemos cuánto cuesta.

La de los sanjuaninos no cotiza en Wall Street. Cotiza en las urnas.

Y cuando Marcelo Orrego habla del futuro de San Juan queda una última pregunta.

¿San Juan lo ve a él formando parte de ese futuro?

Yo no lo creo.

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