Hubo un tiempo en que el mundo estaba dividido en dos y los sueños todavía no sabían de qué lado de la frontera debían quedarse. La Guerra Fría se discutía en los despachos, las dictaduras se instalaban en América Latina y, mientras los poderosos jugaban a repartirse el planeta, una radio encendida podía enseñarnos que la vida también se explicaba con una canción.
En aquellos años, Piero comenzó a formar parte de la memoria de toda una generación. Su voz llegaba desde algún tocadiscos, se mezclaba con el olor del café, las conversaciones familiares y aquellas tardes interminables en las que todavía había tiempo para escuchar una canción sin que nadie sintiera la necesidad de mirar un reloj.
Escuchábamos Mi viejo sin sospechar que algún día seríamos nosotros quienes caminaríamos más despacio. Creíamos que nuestros padres eran eternos, que sus manos podían arreglar cualquier cosa y que detrás de sus silencios no había derrotas. Después llegaron los años, las ausencias y esa incómoda certeza de que el tiempo no perdona ni siquiera a quienes más queremos.
Piero tenía el talento de hablar de cosas enormes sin ponerse solemne. Podía encontrarse con Juan Boliche en cualquier esquina y convertir a un personaje común en parte de nuestra propia historia. También sabía que la vida, pese a sus miserias, conservaba cierta ternura y que a veces bastaba decir Llegando, llegaste para recordar que no todo estaba perdido.
Pero aquellos no eran tiempos para vivir solamente de recuerdos. En nuestro continente sobraban uniformes, discursos patrióticos y hombres convencidos de que la patria les pertenecía. Por eso, cuando Piero cantaba Para el pueblo lo que es del pueblo, no estaba ofreciendo una frase bonita para repetir en una sobremesa. Estaba poniendo música a una exigencia que todavía hoy incomoda, que el poder recuerde de una buena vez a quién pertenece.
Hay una historia musical que siempre me ha fascinado. Alberto Cortez escribió Los americanos en plena Guerra Fría, y Piero también llevó aquella sátira a su repertorio. La canción retrataba con ironía las contradicciones de Estados Unidos, esa potencia que hablaba de libertades mientras América Latina conocía demasiado bien el peso de sus intereses. Era una crítica sin solemnidad, con humor y una inteligencia que podía resultar más corrosiva que cien discursos revolucionarios.
Porque hay algo que los imperios nunca han soportado demasiado bien. Que alguien se ría de ellos. Y aquella canción lo hacía sin pedir permiso, en una época en que cuestionar a Washington podía convertirte en sospechoso y cuestionar a Moscú, en enemigo de otra mitad del mundo. Una generación crecía en medio de esas contradicciones, aprendiendo que la verdad rara vez cabía completa en una bandera.
Piero tampoco escapó a las consecuencias de cantar lo que pensaba. La censura y el exilio atravesaron su vida. Cuando se escuchaba Que se vayan ellos, había algo más que una consigna. Estaba el cansancio de sociedades enteras frente a quienes habían confundido gobernar con mandar y obedecer con amar a la patria.
Han pasado más de cincuenta años. Se cayeron muros, desaparecieron dictaduras y cambiaron las formas de ejercer el poder. También envejecimos nosotros. Perdimos amigos, despedimos a nuestros padres y descubrimos que muchas de las promesas de nuestra juventud terminaron archivadas junto a los discos de vinilo.
Hoy, cuando todo parece exigirnos velocidad, recuerdo que De vez en cuando viene bien dormir, aunque sospecho que nuestro verdadero problema ha sido dormir demasiado frente a las injusticias. Quizás no cambiamos el mundo tanto como imaginábamos. Quizás también nosotros terminamos negociando algunas convicciones con la comodidad de los años. Pero todavía reconocemos una buena canción cuando nos obliga a mirarnos por dentro.
Y mientras escribo estas últimas líneas, estoy terminando mi café. Suena una de mis canciones preferidas de Piero, Tengo la piel cansada de la tarde. Hay algo en esa melodía que siempre consigue detenerme. Tal vez sea la nostalgia, tal vez los años o esa extraña costumbre de la memoria de devolvernos personas, lugares y momentos que creíamos definitivamente perdidos. Miro la taza casi vacía y pienso que también nosotros tenemos un poco cansada la piel de tantas tardes, de tantas despedidas y de tantos sueños que fueron quedándose por el camino.
Sin embargo, todavía queda música. Y mientras una canción sea capaz de devolvernos por unos minutos a quienes fuimos, habrá algo de aquella juventud que se niegue a desaparecer.
Termino el café, dejo que la canción siga sonando y comprendo que algunos artistas no envejecen con nosotros. Simplemente nos esperan en algún rincón de la memoria para recordarnos que alguna vez fuimos jóvenes.
Si vos te vas.
Hasta pronto, Piero.














