Hay enfermedades que comienzan con fiebre y otras, bastante más peligrosas, que empiezan con una costumbre. El periodismo, sospecho, comenzó a enfermarse cuando dejó de sentir vergüenza por llegar tarde a una historia y empezó a sentir pánico por llegar tarde a un clic.
Gabriel García Márquez decía que era el mejor oficio del mundo. Uno quiere creerle, aunque a estas alturas la frase tenga cierto aire de epitafio. Gabo hablaba de un periodismo en el que había que gastar zapatos antes que adjetivos, caminar una ciudad, sentarse frente a una fuente, escucharla incluso cuando mentía y regresar a la redacción con más preguntas que respuestas. Hoy quizá entraría a cualquier medio, miraría veinte pantallas encendidas, preguntaría dónde están los periodistas y alguien le señalaría el gráfico de audiencia en tiempo real.
—Ahí están. Tenemos tres mil conectados.
Supongo que Gabo pediría un café.
Porque el periodismo no murió. Morirse habría sido demasiado digno. Sigue respirando, publica cada treinta segundos, tiene redes sociales, estadísticas, videos, podcasts y millones de seguidores. Nunca estuvo tan vivo si uno acepta que estar vivo consiste simplemente en moverse.
Rodolfo Walsh probablemente no lo habría aceptado. Operación Masacre nació de una frase que cualquier redacción contemporánea habría convertido inmediatamente en una alerta urgente: “Hay un fusilado que vive”. Walsh hizo algo mucho menos espectacular. Fue a comprobarlo. Buscó nombres, reconstruyó horas, escuchó testimonios y dudó, esa vieja manía que alguna vez tuvimos los periodistas de desconfiar incluso de aquello que deseábamos que fuera cierto.
Walsh conoció un poder que perseguía. El nuestro aprendió otras maneras. A veces pienso que descubrió que perseguir periodistas resulta demasiado escandaloso cuando también se los puede invitar a almorzar. Antes podían clausurar una redacción. Ahora, en ciertos casos, alcanza con que alguien pregunte discretamente cuánto representa determinado anunciante en la facturación del mes.
Nadie ordena nada.
Ni siquiera hace falta.
El periodista mira el teléfono, recuerda quién paga la cena y comprende perfectamente qué pregunta conviene dejar para otra oportunidad.
Tomás Eloy Martínez entendió que escribir bien tampoco era delito. La realidad podía tener música, personajes, silencios, contradicciones. Podía detenerse en unas manos que tiemblan debajo de una mesa mientras su dueño asegura que está tranquilo. El periodismo podía apropiarse de casi todas las herramientas de la literatura salvo una, inventar.
Nosotros perfeccionamos algo distinto. Descubrimos que también se puede mentir sin inventar una sola palabra. Basta elegir una declaración y olvidar la siguiente, publicar una cifra sin explicar de dónde salió, mostrar una fotografía sin contar qué ocurrió cinco segundos antes. La mentira más eficaz suele ser una verdad a la que alguien le amputó cuidadosamente el contexto.
Y así llegamos a esta época extraordinaria en la que tenemos más información de la que cualquier generación anterior habría podido imaginar y, sin embargo, parecemos entender cada vez menos. Podemos saber en segundos qué ocurre a diez mil kilómetros y desconocer lo que sucede detrás de la puerta de nuestro propio despacho.
Martín Caparrós pertenece todavía a esa especie extraña que sale a mirar. La crónica exige una indecencia para estos tiempos; tiempo. Hay que quedarse cuando los demás ya se fueron, escuchar una respuesta que no servirá para ningún titular, caminar una calle sin saber exactamente qué estamos buscando.
Pero mientras uno mira, otro publica.
Mientras uno confirma, otro ya tituló.
Y entonces aparece el miedo más contemporáneo del periodista, llegar segundo.
La redacción se convierte en una cinta transportadora. Publicamos, actualizamos, compartimos, miramos la estadística y volvemos a publicar. Incluso encontramos una palabra capaz de meterlo todo dentro de la misma bolsa; contenido. Una investigación es contenido, una entrevista es contenido, una guerra es contenido y el cadáver de un hombre también es contenido. Después todo compite contra el video de un gato, un influencer indignado o el escándalo que sobrevivirá exactamente hasta mañana por la mañana.
El lector, mientras tanto, dejó de ser alguien a quien queríamos contarle el mundo. Ahora es alguien que no debe irse de la página.
Y desde Perú aparece César Hildebrandt para arruinar definitivamente el almuerzo con una pregunta elemental.
¿Quién paga?
La libertad de prensa queda preciosa en los discursos y bastante menos elegante cuando llega la factura. Alguien paga el papel, los servidores, los salarios y la electricidad. Alguien compra publicidad. Alguien reparte pauta. Y el verdadero examen no llega cuando criticamos al enemigo del dueño del medio, sino cuando debemos investigar a su amigo.
He visto suficiente periodismo como para saber que la censura más eficaz no siempre necesita una llamada. Existe una forma mucho más refinada, saber de antemano qué llamada no conviene provocar. Nadie amenaza. Nadie ordena. Nadie prohíbe. Al día siguiente el diario aparece completo.
Solo falta una noticia.
Ahora, además, tenemos inteligencia artificial y hemos encontrado un nuevo sospechoso. Resulta tentador culpar a las máquinas. Pueden escribir una noticia en segundos, resumir miles de páginas, fabricar una fotografía, reproducir una voz y mostrar a una persona diciendo algo que jamás dijo.
Pero hay un pequeño inconveniente.
La inteligencia artificial no inventó la cobardía periodística.
Tampoco inventó la pauta utilizada como premio y castigo, la operación disfrazada de noticia, el titular tramposo ni al periodista que confunde cercanía con acceso y acceso con amistad. Eso ya existía cuando las máquinas apenas sabían sumar.
Quizá la inteligencia artificial no venga a destruir el periodismo. Quizá venga a quitarnos la última excusa. Si una máquina puede redactar en diez segundos aquello que nosotros tardábamos una hora en escribir, tendremos que demostrar que nuestro oficio consistía en algo más que juntar palabras.
Y ahí empiezan mis problemas, porque resulta muy cómodo escribir sobre los pecados del periodismo como si uno observara la epidemia desde una ventana.
Yo también he tenido prisa.
También he querido llegar primero. También he mirado una estadística esperando que un texto funcionara. También conozco esa pequeña satisfacción del número que sube y ese silencio incómodo cuando nadie parece leer aquello que uno consideraba importante.
Tal vez por eso todavía me gusta pensar en Gabo entrando a aquella redacción imaginaria. Walsh estaría discutiendo algún dato en una esquina. Tomás Eloy corregiría una frase porque la verdad también merece estar bien escrita. Caparrós habría llegado tarde porque se quedó hablando con alguien que aparentemente no tenía nada que decir. Hildebrandt, probablemente, estaría preguntando quién pagó el café.
Y nosotros estaríamos mirando el teléfono.
No creo que el periodismo vaya a desaparecer. Esa sería una tragedia demasiado visible. Me preocupa algo peor, que continúe existiendo perfectamente.














