Entre funcionarios, regalos y fotografías, la fiesta de los abogados dejó flotando una pregunta incómoda. ¿Quién pagó realmente la función?
Nadie sabe exactamente a qué hora comenzó el prodigio, pero cuentan que aquella noche las puertas de la cena del Foro de Abogados empezaron a ensancharse.
Primero entró un funcionario, después otro, luego un ministro, el vicegobernador y finalmente Marcelo Orrego. Pero las puertas siguieron creciendo. Entraron secretarios, legisladores, dirigentes y funcionarios hasta que algunos matriculados comenzaron a sospechar que el Foro había desarrollado un pasadizo secreto que comunicaba directamente con Casa de Gobierno.
Solo faltaba que apareciera un ordenanza arrastrando el sillón del gobernador.
En San Juan estamos acostumbrándonos a las propiedades sobrenaturales del poder. Marcelo Orrego ha conseguido aquello que durante siglos buscaron santos y alquimistas, la ubicuidad. Está en todas partes, especialmente donde hay fotógrafos.
La cena debía celebrar el Día del Abogado. Los matriculados habían pagado alrededor de cien mil pesos por sus tarjetas. Sin embargo, según testimonios que circulan entre colegas, habría habido cerca de medio centenar, o incluso más, de invitados vinculados al poder.
Las mesas comenzaron entonces a reproducir funcionarios. Uno saludaba a un ministro y detrás aparecía un secretario. Giraba la cabeza y encontraba un legislador. Si levantaba una servilleta existía el riesgo de descubrir un subsecretario. Incluso habría habido invitados que no serían abogados, como Emilio Achem.
Entonces alguien cometió la imprudencia de hacer una pregunta.
¿Quién pagó todo esto?
Porque los matriculados sabían perfectamente quién había pagado sus tarjetas. Ellos. Pero ¿los invitados?
¿Pagaron? ¿Fueron cortesías? ¿Quién decidió semejante cantidad de invitaciones? ¿Las absorbió económicamente el Foro? ¿O existió algún aporte, colaboración o subsidio proveniente del Gobierno provincial para financiar parte de la celebración?
No lo sabemos y precisamente por eso hay que preguntarlo.
Porque si hubiese existido dinero público, la escena adquiriría una dimensión política extraordinaria. El Gobierno colaborando económicamente con una celebración donde después desembarca el propio Gobierno para fotografiarse, entregar premios y exhibir cercanía.
Sería una especie de subsidio a la aceptación.
Propaganda sin cartel de propaganda, servida entre la entrada, el plato principal, el postre y la fotografía oficial.
Pero para afirmar que ocurrió hacen falta documentos. Y allí aparece José Gabriel Salinas.
El presidente del Foro tiene una manera bastante sencilla de terminar con cualquier especulación. Puede publicar cuánto costó la fiesta, cuánto se recaudó, cuántas tarjetas fueron pagadas, cuántas fueron de cortesía, quiénes las recibieron y si existió algún aporte público o privado.
Facturas, números y transparencia. Esa palabra maravillosa que todos pronuncian hasta que alguien pide los comprobantes.
Porque Salinas no es un personaje secundario de esta historia. Orrego pudo querer entrar con medio gobierno, pero alguien abrió la puerta.
Y Salinas tenía las llaves.
Quizás allí exista otra bolilla que todavía no salió en esta cena convertida en bingo de barrio. No tiene número ni entrega un electrodoméstico. Tiene forma de despacho.
Cuando quien conduce una institución que debería conservar independencia frente al Gobierno despliega semejante hospitalidad hacia el poder, aparece inevitablemente otra pregunta.
¿Qué busca Salinas?
Tal vez nada. Tal vez posea una concepción de la autonomía profesional extraordinariamente generosa con Casa de Gobierno. O quizás algún día descubramos que entre tantos premios había uno que no figuraba en el programa.
Un cargo político.
No existe, hasta donde sabemos, evidencia que permita afirmar que Salinas tenga prometido un puesto y por eso no corresponde presentarlo como un hecho. Pero la política tiene memoria. Las fotografías construyen currículum, las cercanías generan vínculos y determinadas lealtades suelen recordarse bastante mejor que los discursos republicanos.
Si alguna mañana futura su nombre apareciera en el Boletín Oficial, muchos recordarían inevitablemente aquella cena y se preguntarían si mientras todos miraban el bolillero el premio mayor ya tenía ganador.
La ironía se vuelve más interesante cuando miramos hacia atrás. Durante los gobiernos justicialistas, el Foro tampoco estuvo a salvo de los intentos de influencia política. Y quienes entonces callaron, toleraron o aprovecharon esas prácticas harían bien en revisar su propia memoria antes de indignarse ahora. Pero los pecados de ayer no convierten en virtudes los de hoy.
Más incómoda todavía resulta la contradicción de quienes se presentaban como republicanos y denunciaban la colonización política del Foro durante el gobierno de Uñac. Parece que la interferencia del poder era intolerable solamente cuando el poder estaba en otras manos.
Antes era aparato, ahora es cercanía. Antes era sometimiento, ahora es institucionalidad. Antes había que defender al Foro del Gobierno, ahora parece que hay que reservarle mesas.
Mientras tanto, Orrego sigue fotografiándose.
Existe malestar en muchos sectores de la sociedad con su gestión. Sin una encuesta representativa reciente no corresponde inventar porcentajes, pero el ruido político existe y la respuesta parece consistir en multiplicar la exposición.
Orrego inaugura, entrega, visita, anuncia y cena. Si mañana alguien festeja un cumpleaños en Rawson, convendría revisar la lista de invitados. Quizás aparezca medio gabinete.
Aquella noche llegaron también los sorteos. Funcionarios del gobierno entregando premios, fotografías y aplausos. Un número, un premio, una foto. Otro número, otro premio, otra foto.
Todos esperaban el premio mayor.
Pero nunca salió.
Era la aceptación.
Esa bolilla no estaba en el bolillero.
Porque la aceptación política posee una característica particularmente desagradable para quienes gobiernan. No se compra. Ni con pauta, ni con regalos, ni con fotografías, y mucho menos ocupando instituciones que deberían conservar autonomía frente al poder.
Terminada la fiesta, los ministros se fueron. Después los secretarios, legisladores y funcionarios. Orrego regresó a Casa de Gobierno con sus fotografías.
Salinas quedó con el Foro.
Y allí terminó el encantamiento y comenzaron las preguntas que ninguna fotografía podía hacer desaparecer.
Quién invitó. Quién pagó. Cuánto costó. Si hubo dinero público. Por qué una institución profesional necesitó semejante desembarco gubernamental para celebrar su propia fiesta.
Quizás no haya existido un solo peso del Gobierno. Que se demuestre. Quizás Salinas no aspire a ningún cargo. Mejor todavía.
Porque las instituciones pueden dialogar con el poder. Lo que nunca deberían hacer es ponerse a su servicio.
Aquella noche Orrego necesitaba otra fotografía. Salinas tenía el escenario. Las puertas se abrieron y el Gobierno entró.
Ahora falta saber quién pagó la función y si, entre tantos premios, alguno todavía está esperando ser entregado.














