Cuando las instituciones reemplazan los datos por las sensaciones, dejan de representar y comienzan a improvisar.
La gastronomía sanjuanina atraviesa un momento difícil. Nadie que recorra la provincia con honestidad intelectual puede negar la caída del consumo, el aumento de los costos y la preocupación de muchos empresarios que hacen esfuerzos enormes para mantener abiertos sus locales.
Pero una crisis no justifica cualquier declaración.
La Asociación Hotelera Gastronómica de San Juan, a través de su representante del sector gastronómico, Analía Tello, lanzó una frase tan contundente como preocupante:
«Estamos peor que en la pandemia.»
Si semejante afirmación estuviera respaldada por un estudio serio, estadísticas confiables o un relevamiento técnico, merecería toda la atención de la sociedad y de las autoridades.
Sin embargo, posteriormente la propia Analía Tello agregó un dato todavía más llamativo: reconoció que no existen estadísticas, que no hay datos certeros y que recién ahora la institución proyecta realizar un censo para conocer la verdadera dimensión de la crisis.
Entonces surge una pregunta imposible de evitar.
¿Cómo puede una asociación afirmar que el sector está peor que durante la pandemia si admite que todavía no sabe con precisión cuál es la magnitud del problema?
Las instituciones empresariales no están para improvisar diagnósticos. Están para producir información, construir evidencia y representar con rigor a quienes depositan en ellas su confianza.
Porque una dirigente no habla únicamente en nombre propio. Habla por cientos de empresarios, miles de trabajadores y una actividad que constituye uno de los motores del turismo y del comercio provincial.
Por eso sorprende que una entidad de semejante importancia descubra recién ahora la necesidad de realizar un censo.
Los relevamientos no deberían comenzar cuando la crisis ya golpea la puerta. Deberían formar parte del trabajo permanente de cualquier institución seria.
Una asociación profesional debería conocer cuántos establecimientos existen, cuántos cerraron, cuántos empleos se perdieron, cómo evolucionó la facturación, cuál fue el impacto de los costos y cuáles son las principales amenazas para el sector.
Ese debería ser el piso mínimo desde donde hablar.
No al revés.
Una vez más queda demostrado que no alcanza con saber cocinar; también hay que pensar antes de hablar, más aún cuando se representa a un sector tan importante como el de la gastronomía y la hotelería.
Las declaraciones grandilocuentes pueden generar titulares durante un día.
Los datos construyen políticas públicas.
Y cuando una institución llega a una mesa de negociación sin información propia, termina debilitando el reclamo de todos aquellos empresarios que sí viven la crisis todos los días.
Porque la gastronomía sanjuanina merece dirigentes que la defiendan con números, propuestas y planificación, no únicamente con frases de alto impacto.
Representar un sector exige mucho más que ocupar un cargo.
Exige estudiar, medir, anticiparse y hablar con responsabilidad.
De lo contrario, el problema deja de ser únicamente la caída de las ventas.
También comienza a ser la pobreza del debate.
Los empresarios necesitan vender para mantener abiertos sus restaurantes.
Sus dirigentes, en cambio, deberían hacer algo mucho más simple: pensar antes de hablar.
Porque cuando la improvisación ocupa el lugar de la capacidad, el problema ya no está en la economía. Está cocinándose donde debería prepararse la solución.














